Chapter 2 #2
Clara se había acercado sin hacer ruido. No invadió el espacio de Irene, pero quedó lo bastante cerca para ver la medalla bajo la lámpara.
—¿Qué pone?
—Aún no lo sabemos —dijo Iván—. Pero si me dejáis trabajar y dejáis de hacer tertulia junto a las pruebas, quizá antes de mi jubilación pueda averiguarlo.
Clara inclinó la cabeza para observar mejor el grabado.
—No parece una medalla común.
Irene la miró de reojo.
—¿Conoces muchas?
—Las suficientes para saber que la gente no suele dejar objetos religiosos debajo de un tocadiscos por accidente.
Hugo cruzó los brazos.
—Brillante. Apúntalo, Iván.
—Lo pondré en mayúsculas.
Irene dejó la medalla de nuevo en la bolsa y se la devolvió a Iván.
—Quiero origen, material, posibles inscripciones y cualquier marca identificable.
—También quiero dormir, pero uno aprende a vivir sin ciertas cosas.
Iván regresó hacia el pasillo.
Clara no se movió.
Seguía observando el tocadiscos.
Irene siguió su mirada. El disco detenido reflejaba la luz de la lámpara en una curva negra y brillante.
La aguja permanecía levantada, separada de la música, como si alguien hubiera interrumpido la escena justo después de que cumpliera su función.
Elisa Montero había sido profesora de música.
En su casa había partituras, discos, anotaciones, instrumentos pequeños, fotografías de conciertos.
El asesino había elegido el tocadiscos porque pertenecía a ella.
Porque tenía sentido allí. Porque podía convertir una parte de su vida en parte de su muerte.
Eso no era solo cuidado.
Era conocimiento.
—La conocía —dijo Irene.
La frase salió antes de que terminara de ordenarla.
Hugo se volvió hacia ella.
—¿Por la medalla?
Irene negó despacio.
—Por lo que no tocó.
Clara bajó la mirada hacia la taza de la cocina, después hacia los estantes de partituras.
Vera se acercó unos pasos, interesada.
Irene no explicó enseguida. Todavía estaba mirando la habitación.
La casa de Elisa Montero no parecía invadida por un extraño que hubiera tenido que descubrirla a oscuras.
Parecía atravesada por alguien que ya sabía moverse en ella.
La silla colocada frente a la ventana no obstaculizaba el paso.
Las velas no estaban donde un torpe las habría puesto para impresionar.
La música no era una elección neutra. Incluso la luz de la lámpara parecía haber sido elegida para no deformar el rostro de la víctima.
—No vino a improvisar una escena —continuó Irene—. Vino a terminar algo que ya había imaginado aquí dentro.
La habitación recibió la frase sin devolverla.
Clara volvió a mirar la pared.
—Entonces Elisa ya formaba parte de esto antes de morir.
Irene no contestó.
Porque esa era la parte que más pesaba.
La muerte de Elisa no empezaba en la silla. No empezaba con las velas ni con la frase escrita. Había empezado antes, en un lugar todavía invisible, quizá en una conversación, en una mirada repetida, en un gesto que la víctima no supo interpretar a tiempo.
Vera guardó sus notas en una carpeta.
—Me llevo lo último al Anatómico. Cuando tenga algo sobre causa de muerte, os llamo.
—¿Alguna impresión? —preguntó Hugo.
Vera miró hacia la silla vacía. El gesto fue mínimo, pero Irene lo vio. Un leve endurecimiento alrededor de la boca.
—Que no quiso destruirla.
Nadie dijo nada.
—Eso no lo hace menos cruel —añadió la forense—. Solo más peligroso.
Después salió hacia el pasillo.
Durante unos segundos, la habitación pareció quedarse más grande. O quizá más vacía. El cuerpo ya no estaba, Vera acababa de marcharse y los técnicos se movían en silencio en las estancias contiguas. Pero la escena seguía allí, sosteniéndose con sus propios objetos.
Clara permanecía junto a la ventana, no tocaba nada, tampoco escribía nada, tan solo miraba.
Irene se acercó hasta quedar a su lado. Desde allí se veía la calle Salitre deformada por los reflejos de los coches patrulla, las fachadas estrechas, las cortinas que se apartaban apenas cuando alguien creía que nadie lo veía.
Madrid parecía más baja desde aquel segundo piso. Más cercana. Más culpable.
—¿Por qué has venido? —preguntó Irene.
Clara tardó unos segundos en responder.
—Porque alguien me llamó.
Irene volvió la cabeza hacia ella.
—Eso ya lo imaginaba.
Clara mantuvo la mirada en la calle.
—No fue una filtración policial.
—¿Entonces?
La periodista apretó los dedos alrededor de la libreta que llevaba bajo el brazo. Fue un gesto breve, casi imperceptible, pero bastó para que Irene comprendiera que no todo en Clara era seguridad.
—Anónimo. Una voz masculina, me dijo que en la calle Salitre había una mujer que había mirado demasiado.
Hugo, que estaba detrás de ellas, dejó de moverse.
Irene no apartó los ojos de Clara.
—¿A qué hora?
—A las dos y cuatro.
El dato quedó entre ellas.
A las dos y cuatro.
Antes de que la noticia pudiera correr.
Antes de que Clara pudiera enterarse por vecinos, agentes o radios mal cerradas.
Antes de que la escena dejara de pertenecer al asesino.
—¿Grabaste la llamada? —preguntó Irene.
Clara negó despacio.
—Entró como número oculto y duró menos de veinte segundos.
—¿Y decides venir sola?
—He venido a escenas peores por menos.
—Eso no es una respuesta.
Clara la miró entonces. La luz de la lámpara no alcanzaba del todo su rostro, y por un instante Irene vio en ella algo que no solía mostrar cuando estaba rodeada de policías: cansancio verdadero. No el cansancio físico de la madrugada, sino otro más antiguo.
—Dijo mi nombre.
Hugo se acercó un paso.
—¿Qué?
Clara tragó saliva.
—No dijo “llame a la prensa”. No dijo “avise a alguien”. Olo dijo: Clara Montes, si quiere entenderlo, venga sola.
Irene sintió que la habitación cambiaba de temperatura.
No de verdad.
No físicamente.
Pero algo se desplazó dentro de la escena, como si la frase de la pared hubiese encontrado una nueva dirección.
Miró otra vez la silla vacía, la medalla, el tocadiscos, la pared y después a Clara.
Por primera vez desde que la periodista había entrado, Irene dejó de verla como una intrusa.
Y empezó a verla como parte del mensaje.
—No vas a publicar nada —dijo.
Clara soltó una risa seca, sin alegría.
—Buenos días a ti también, inspectora.
—No era una petición.
—Lo sé.
Irene sostuvo su mirada.
—Si te ha llamado él, esto ya no es solo una escena. Es contacto.
Clara no respondió enseguida. Sus ojos fueron de nuevo hacia la pared, hacia aquellas palabras que parecían menos quietas desde que había contado la llamada.
—No estoy segura de que quisiera contactar conmigo.
—Te llamó por tu nombre.
—Sí.
La periodista guardó silencio un instante.
—Pero creo que no quería que yo viniera para mirar.
Irene esperó.
Clara volvió hacia ella con la expresión de alguien que preferiría no haber entendido algo.
—Creo que quería que tú supieras que me había llamado.
Nadie habló.
En el pasillo, una radio policial soltó una interferencia breve y luego volvió a apagarse. Desde algún punto del edificio llegó el crujido viejo de una tubería. La lámpara del salón siguió iluminando la silla vacía con la misma calidez indecente.
Irene miró de nuevo la frase escrita en la pared.
Bienaventurados los que miran la verdad sin apartar los ojos.
Y por primera vez desde que había entrado en aquel apartamento, tuvo la sensación de que la escena no estaba únicamente detrás de ella.
También acababa de abrirse hacia delante.