El Evangelio del Asesino (Irene Alarcón 1) Chapter 3
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Chapter 3

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La llamada permaneció entre ellos mucho después de que Clara terminara de hablar.

No porque hubiera dicho demasiado. En realidad, apenas eran unas pocas palabras.

Una voz anónima. Una dirección. Una invitación.

Sin embargo, Irene había aprendido hacía años que algunas frases tenían la capacidad de alterar una habitación entera.

No hacían más ruido que las demás. No eran más largas ni más inteligentes.

Simplemente encontraban un lugar donde quedarse.

Clara seguía junto a la ventana.

Desde donde estaba, la luz de la lámpara apenas alcanzaba una parte de su rostro.

El resto quedaba mezclado con los reflejos del cristal y las sombras suaves del salón.

No parecía asustada. Tampoco tranquila. Había algo en su forma de sostener la libreta bajo el brazo que le recordó a Irene a algunos testigos.

Personas que aún no sabían si lo que acababan de ver terminaría siendo importante o no.

—¿Y viniste sola? —preguntó Hugo.

Clara apartó la vista de la calle.

—Sí.

—No parece una gran idea.

Ella dejó escapar una sonrisa cansada.

—Si esperara a tener grandes ideas para moverme, nunca llegaría a ninguna parte.

Hugo iba a responder algo, pero terminó guardándose el comentario. Quizá porque la conocía demasiado bien. Quizá porque aquella noche nadie parecía tener demasiadas ganas de discutir.

Irene volvió a recorrer la habitación con la mirada.

La silla continuaba ocupando el centro invisible de la escena.

Resultaba extraño cómo un objeto tan común podía adquirir tanto peso después de una muerte.

Antes habría sido simplemente una silla junto a una ventana.

Ahora parecía contener todavía el recuerdo de la mujer que había permanecido sentada allí durante horas sin que nadie supiera que ya estaba muerta.

Sobre una de las estanterías descansaban varias partituras abiertas.

Algunas tenían esquinas dobladas. Otras conservaban pequeñas anotaciones escritas a lápiz.

Nada extraordinario. Solo rastros de uso, señales de una vida que había seguido un curso normal hasta que alguien decidió convertirla en otra cosa.

Se acercó a una de ellas, pero no la tocó.

Observó únicamente la caligrafía inclinada en el margen inferior. Una corrección musical. Una fecha. Un recordatorio escrito deprisa.

Pensó en Elisa Montero sentada allí cualquier tarde, corrigiendo ejercicios o preparando una clase mientras sonaba música en el tocadiscos.

Aquella mujer había existido mucho antes de convertirse en una víctima.

Era una idea sencilla y, sin embargo, la investigación solía empeñarse en borrarla demasiado pronto.

—¿Qué sabes de ella? —preguntó Clara.

Irene levantó la vista.

—Muy poco todavía.

La periodista observó las partituras.

—Da la impresión que vivía aquí de verdad.

Nadie respondió enseguida.

Porque era una frase extraña.

Y porque todos comprendieron lo que significaba.

Habían entrado en demasiados apartamentos convertidos en escenarios.

Lugares donde la vida parecía suspendida, provisional, como si sus propietarios hubieran estado esperando algo durante años.

Allí no ocurría eso. Había hábitos. Rutinas.

Objetos elegidos sin intención de impresionar a nadie.

La presencia tranquila de alguien que pensaba regresar al día siguiente.

Irene se acercó a la pequeña fotografía que descansaba junto a la lámpara.

Era una imagen sencilla. Nada espectacular. Elisa aparecía sentada frente a un piano junto a varios alumnos adolescentes. Sonreía, pero no a la cámara, a alguien que estaba detrás de ella.

La inspectora sostuvo la fotografía unos segundos más de lo necesario.

Después la dejó exactamente dónde estaba.

—La conocía —dijo.

La frase salió casi en voz baja.

Hugo levantó la cabeza desde la mesa.

—¿El asesino?

Irene asintió despacio y no añadió nada más, porque todavía no era una conclusión. Era una sensación que llevaba creciendo desde que cruzó la puerta.

La música, las velas, la posición de la silla, la elección de la ropa, incluso la ausencia de violencia visible.

Nada de aquello parecía construido por alguien que hubiera descubierto a Elisa esa misma noche.

Todo transmitía una familiaridad inquietante. Como si el asesino hubiera dedicado mucho tiempo a observarla antes de decidir qué hacer con ella.

Clara siguió la dirección de su mirada.

—Yo también lo creo.

No hubo necesidad de explicar por qué, la habitación lo sugería por sí sola, ya que a veces los espacios hablaban con más claridad que las personas.

Desde el dormitorio llegó el sonido de unos cajones cerrándose. Después apareció Iván con una caja de cartón bajo el brazo y varias fotografías antiguas en la mano.

Las dejó sobre la mesa con cuidado.

—He encontrado esto en un armario.

Hugo se acercó primero.

Irene fue detrás.

Las fotografías mostraban actuaciones musicales, reuniones de alumnos, grupos de profesores y pequeños conciertos celebrados años atrás. Algunas estaban fechadas. Otras no.

Clara tomó una de ellas.

Permaneció observándola más tiempo que las demás.

—¿Qué ocurre? —preguntó Irene.

La periodista le tendió la imagen.

La fotografía mostraba a un grupo numeroso de estudiantes delante de un edificio antiguo. Algunos sonreían. Otros parecían incómodos ante la cámara. En el centro había un hombre de edad indefinida, demasiado serio para una fotografía escolar.

En la parte inferior alguien había escrito unas palabras con tinta negra:

“El Primer Invierno .”

Irene sostuvo la fotografía unos segundos. No sabía por qué, pero aquellas palabras le produjeron una sensación difícil de precisar. No parecían un título, tampoco una fecha.

Sonaban más bien como el nombre de algo que los presentes ya entendían sin necesidad de explicaciones.

—¿Reconoces a alguien? —preguntó Hugo.

—No.

Irene continuó observando la imagen. Los rostros, las posturas, la forma en que algunos alumnos parecían mirar hacia el mismo lugar fuera del encuadre. A veces las fotografías conservaban cosas que nadie había querido dejar en ellas.

Iván recogió varias imágenes más.

—Las revisaré todas.

—Quiero nombres —dijo Irene.

—Lo suponía.

La inspectora dejó la fotografía sobre la mesa: El Primer Invierno.

Las palabras permanecieron un instante más en su cabeza antes de desaparecer bajo otras preocupaciones.

Volvió a mirar a Clara.

La periodista parecía menos interesada en las fotografías que en la llamada. No porque hablara de ella, sino porque seguía pensando en la voz.

Irene lo percibió en pequeños detalles. En los momentos en que dejaba de mirar la habitación. En la forma en que sus dedos buscaban inconscientemente el borde de la libreta. En los silencios que aparecían entre una respuesta y la siguiente.

—Hay algo más —dijo.

Clara levantó la vista, pero no parecía sorprendida. Como si hubiera sabido que aquella pregunta acabaría llegando.

—Sí.

La inspectora esperó.

La periodista observó unos segundos la frase escrita en la pared antes de responder.

—Antes de colgar, dijo una cosa.

La lámpara proyectaba una luz suave sobre las letras negras.

Durante un instante pareció que toda la habitación escuchaba.

—¿Qué dijo?

Clara tardó un momento en responder.

—Que algunas personas pasan toda la vida mirando sin llegar a ver nada.

Nadie hablo, no porque la frase resultara en especial amenazadora, era otra cosa. La misma sensación que transmitían las palabras escritas en la pared, la impresión de estar escuchando a alguien que llevaba demasiado tiempo pensando en lo mismo.

Irene volvió lentamente la vista hacia la silla vacía, después hacia el tocadiscos y también hacia la ventana.

La habitación seguía conservando la forma que el asesino había elegido para ella y, por primera vez desde que había llegado a la calle Salitre, tuvo la sensación de que aquella escena no terminaba en Elisa Montero. La mujer era el centro, pero no era el final.

Había algo más allá de la silla, de las velas y de las frases cuidadosamente escogidas. Algo que todavía permanecía oculto detrás de todo aquello, igual que la ciudad seguía existiendo detrás de las ventanas iluminadas que apenas alcanzaban a verse desde el segundo piso.

Cuando volvió a mirar la pared, las palabras seguían allí.

Inmóviles y pacientes. Como si no tuvieran ninguna prisa por revelar lo que significaban realmente.