El Evangelio del Asesino (Irene Alarcón 1) Chapter 4
15%

Chapter 4

──────── ✠ ────────

El amanecer llegó cubierto por un cielo gris que parecía haberse quedado suspendido sobre Madrid durante toda la noche.

A las siete y media de la mañana la lluvia se había convertido en una llovizna persistente que difuminaba los contornos de los edificios al otro lado de los ventanales de la Brigada Central de Homicidios, mientras la ciudad comenzaba lentamente a recuperar el movimiento.

Dentro de la comisaría, sin embargo, nadie tenía la sensación de haber llegado a un nuevo día.

El cansancio seguía adherido a las paredes, mezclado con el olor del café recalentado, los documentos acumulados sobre las mesas y esas horas sin dormir que terminan instalándose en los gestos mucho antes que en los ojos.

Las fotografías de Elisa Montero ocupaban el centro del panel improvisado en la sala de reuniones.

Irene llevaba varios minutos observándolas sin moverse apenas, dejando que la mirada regresara una y otra vez a los mismos detalles mientras el resto de las imágenes permanecía alrededor como piezas todavía incapaces de encajar entre sí.

Las capturas de las cámaras exteriores, las ampliaciones de la frase escrita en la pared y las fotografías de la escena parecían distintas bajo la luz fría de la mañana.

La noche tenía la capacidad de deformar ciertas cosas y envolverlas en una incertidumbre que a veces resultaba engañosa; el día era menos indulgente.

Eliminaba parte del misterio superficial y obligaba a quedarse únicamente con la intención.

Y allí había demasiada intención.

La posición exacta de las manos de Elisa.

El ángulo de la cabeza. Las velas distribuidas con una simetría tan medida que resultaba imposible atribuirla al azar.

Cuanto más tiempo permanecía observando la escena, más evidente se volvía que el asesino había pasado allí dentro el tiempo necesario para construirla.

No había señales de urgencia ni la sensación de alguien obligado a improvisar sobre la marcha.

Todo transmitía tranquilidad, control y una ausencia de miedo que resultaba mucho más inquietante que cualquier error encontrado en el apartamento.

Hugo apareció junto a ella con dos vasos de café y dejó uno sobre la mesa antes de mirar también el panel.

—El de la máquina vuelve a saber a gasolina. Empiezo a pensar que quizá nos odia personalmente.

Irene rodeó el vaso con las manos sin llegar a probarlo.

—Eso implicaría que todavía tiene sentimientos.

La sonrisa breve de Hugo desapareció casi tan rápido como había aparecido.

Después ocupó una de las sillas cercanas y abrió una carpeta mientras observaba las fotografías de la víctima.

Tenía el rostro marcado por una noche demasiado larga y la barba oscurecida por varias horas sin descanso, pero seguía conservando esa capacidad de contemplar el conjunto cuando ella se quedaba atrapada en los detalles.

—Lucía está revisando antecedentes y conexiones de la víctima. De momento no aparece nada especialmente raro. Profesora bien valorada, pocos problemas económicos y una vida bastante discreta.

—¿Familia?

—Padres fallecidos. Un hermano viviendo en Valencia. Separada desde hace tres años.

Irene asintió mientras la atención regresaba involuntariamente a la fotografía principal.

La escena seguía provocando la misma sensación incómoda que durante la madrugada.

No era solo el asesinato. Era el tiempo invertido en él.

La mayoría de homicidas dejaban huellas de precipitación tarde o temprano.

Incluso algunos asesinos organizados terminaban revelando prisas, nervios o errores provocados por la adrenalina.

En el apartamento de Elisa Montero no había nada de eso.

Solo la calma de alguien convencido de que nadie iba a interrumpirlo porque estaba exactamente donde deseaba estar.

—No me gusta —murmuró.

Hugo levantó la vista de la carpeta.

—¿Qué parte?

Irene mantuvo los ojos sobre la fotografía unos segundos más antes de responder.

—La paciencia.

No hizo falta añadir nada más.

El silencio que siguió confirmó que Hugo había llegado a la misma conclusión mucho antes de escucharla en voz alta.

La puerta de la sala se abrió entonces y Lucía Valcárcel apareció sujetando una tableta electrónica contra el pecho.

El cansancio parecía afectar a la mayoría de las personas reduciendo su capacidad de concentración; en ella producía exactamente el efecto contrario.

Cuanto menos dormía, más afilada parecía volverse su atención, como si todas las distracciones desaparecieran dejando únicamente aquello que consideraba importante.

—He encontrado algo.

Lucía dejó la tableta sobre la mesa y abrió varias imágenes digitalizadas mientras todos dirigían la atención hacia la pantalla.

—La frase escrita en la pared no aparece literalmente en ningún evangelio canónico.

He estado revisando textos apócrifos y comentarios teológicos antiguos.

Hay expresiones parecidas relacionadas con la confesión, la purificación y la idea de la verdad como algo que debe ser contemplado, aunque resulte doloroso.

Hugo dejó escapar un suspiro.

—Perfecto. Ya tenemos religión de por medio.

—No necesariamente religión —respondió Lucía—. Puede ser alguien utilizando referencias religiosas como estructura simbólica.

Irene apoyó una mano sobre el borde de la mesa mientras observaba los documentos.

—¿Qué tipo de estructura?

Lucía tardó unos segundos en responder.

—La idea de que la verdad salva. De que existe algo tan importante que merece ser mirado incluso cuando hacerlo resulta insoportable.

Las palabras permanecieron unos instantes suspendidas en la sala.

La mirada de Irene regresó a la ampliación de la frase escrita sobre la pared.

Bienaventurados los que miran la verdad sin apartar los ojos.

Durante la madrugada había sonado como una provocación dirigida a la policía. Ahora, observada bajo la luz gris de la mañana y acompañada por el resto de elementos de la escena, empezaba a adquirir el tono incómodo de una declaración de principios.