Chapter 5
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La frase de Lucía quedó suspendida sobre la mesa mientras la lluvia continuaba golpeando suavemente los ventanales de la brigada.
El sonido del agua se mezclaba con el zumbido constante de los fluorescentes y con ese murmullo lejano que nunca desaparecía del todo en una comisaría, incluso a primera hora de la mañana.
Durante unos segundos nadie dijo nada. No porque la teoría resultara imposible, sino porque todos estaban intentando encajarla dentro de lo que habían visto durante la madrugada.
Fue Hugo quien terminó rompiendo el silencio.
—Explícate.
Lucía apoyó ambas manos sobre la mesa y dirigió la mirada hacia las fotografías de la escena antes de responder.
—No creo que el asesino quiera simplemente llamar la atención.
Tampoco me parece alguien que esté jugando con nosotros por ego.
Todo lo que vimos en aquel apartamento estaba construido para provocar una experiencia concreta en quien entrara después.
La música, la iluminación, la posición del cuerpo, la frase escrita en la pared e incluso el silencio que había allí dentro parecían formar parte de la misma intención.
Irene no apartó los ojos de ella.
Desde que habían abandonado el apartamento existían sensaciones que seguían moviéndose en algún lugar de su cabeza sin llegar a adoptar una forma clara.
Impresiones difíciles de explicar, detalles que parecían conectados entre sí, aunque todavía no pudiera señalar exactamente cómo.
Cuanto más escuchaba a Lucía, más cerca estaba de ordenar todo aquello.
—Continúa.
La analista deslizó una fotografía hacia el centro de la mesa. Era una ampliación de Elisa Montero sentada frente a la ventana, inmóvil bajo la luz cálida de las velas.
—Intentad mirarlo desde la perspectiva de alguien obsesionado con el simbolismo. La víctima no está expuesta de forma humillante. No hay exhibición. No hay rabia visible. Está colocada como si hubiera llegado al final de algo. Casi como una figura de contemplación.
—Eso sigue siendo un asesinato —dijo Hugo.
—Claro que lo es. Pero no estoy hablando de lo que es. Estoy hablando de cómo cree él que debe ser visto.
Iván dejó escapar un suspiro mientras ocupaba una silla libre.
—Perfecto. Un iluminado.
Irene negó lentamente.
La fotografía permanecía delante de ella mientras la atención regresaba una y otra vez a los mismos elementos: la silla, la ventana, las velas, la serenidad inquietante de la composición.
Cuanto más la observaba, menos encajaba con la imagen habitual de alguien que necesitara provocar impacto inmediato.
—No exactamente. Los iluminados suelen necesitar espectadores desde el primer momento. Quieren ruido, reacción, titulares, gente hablando de ellos. Esto es distinto. Todo parece construido para que alguien permanezca dentro de la escena el tiempo suficiente para interpretarla.
Hugo apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Y quién se supone que debe interpretarla?
La pregunta quedó flotando entre ellos mientras, en algún punto lejano de la brigada, sonaba un teléfono. El ruido atravesó el silencio durante unos segundos antes de desaparecer y devolver la atención a la sala.
Irene se apartó del panel y caminó despacio hasta la ventana.
La ciudad se extendía al otro lado del cristal bajo un cielo gris uniforme donde la lluvia parecía haberse instalado definitivamente.
Los coches avanzaban sobre el asfalto mojado reflejando destellos de luz en cada cruce y las personas caminaban deprisa bajo los paraguas, aferradas a la rutina con la tranquilidad de quienes todavía creen que el mundo sigue siendo exactamente igual que el día anterior.
Ella sabía que no era así.
Lo había sentido la noche anterior al entrar en el apartamento de Elisa Montero y seguía sintiéndolo ahora.
Era una sensación conocida, incómoda y persistente, la misma que aparecía al principio de algunos casos antes de convertirse en una obsesión.
Había aprendido a desconfiar de ella porque siempre terminaba acompañándola más tiempo del que estaba dispuesta a admitir.
—¿Irene?
La voz de Hugo la hizo volver la cabeza.
—La frase.
—¿Qué pasa con ella?
Durante unos segundos observó nuevamente el panel de investigación. Las fotografías de la pared, la caligrafía negra perfectamente trazada sobre el yeso y aquellas palabras que parecían resistirse a abandonar su memoria desde la madrugada.
Bienaventurados los que miran la verdad sin apartar los ojos.
Sintió otra vez el mismo escalofrío leve que había sentido en el apartamento.
—No está escrita para la víctima.
Lucía frunció ligeramente el ceño.
—¿Crees que es para nosotros?
Irene negó despacio.
—No exactamente.
La atención permaneció fija sobre la frase.
Cuanto más la analizaba, menos parecía una provocación dirigida a la policía.
Había algo más personal en ella. Algo que sonaba a invitación, o quizá a reconocimiento.
Como si quien la hubiera escrito estuviera convencido de que, tarde o temprano, alguien llegaría a comprender lo que estaba intentando decir.
—Está escrita para alguien que él cree capaz de entenderla.
El silencio que siguió fue distinto a los anteriores.
Más pesado.
Más difícil de ignorar.
Hugo fue el primero en comprender la dirección de aquel pensamiento.
—No te gusta nada esa idea.
Irene dejó escapar una sonrisa mínima.
—No.
La puerta volvió a abrirse en ese momento y el comisario Gabriel Orduña apareció en el umbral con el abrigo todavía húmedo por la lluvia y un vaso de café en la mano.
Su sola presencia modificó inmediatamente la atmósfera de la sala.
Había algo en él que recordaba constantemente el peso acumulado de los años, los casos sin resolver, las ruedas de prensa interminables y todas las veces que la realidad había terminado imponiéndose a cualquier teoría elegante.
Observó el panel durante unos segundos antes de acercarse.
—Decidme que al menos tenemos algo útil.
—Tenemos un asesino meticuloso, inteligente y probablemente obsesivo —respondió Hugo—. Supongo que depende de cómo definas útil.
Orduña emitió un gruñido apenas audible mientras examinaba las fotografías.
—La prensa ya se está moviendo.
—Clara Montes estuvo anoche en la escena —dijo Iván.
El comisario cerró los ojos durante un instante.
—Por supuesto que estuvo.
Irene observó la reacción sin intervenir.
Orduña llevaba años fingiendo irritación cada vez que Clara aparecía cerca de una investigación importante, aunque ambos sabían perfectamente cuál era el verdadero problema.
Clara tenía una capacidad incómoda para acercarse demasiado a la verdad, y las personas que se acercaban demasiado a la verdad terminaban convirtiéndose en una complicación para todo el mundo.
—Escuchadme bien —continuó el comisario mientras dejaba el café sobre la mesa—. No quiero filtraciones. No quiero símbolos religiosos circulando por televisión y tampoco quiero a media ciudad convencida de que tenemos un asesino ritualista suelto antes de saber qué demonios está pasando realmente.
—Quizá deberíamos preocuparnos de si lo tenemos de verdad — murmuró Lucía.
Orduña la miró.
—¿Qué quieres decir?
La analista sostuvo su mirada apenas un instante.
—Creo que esta escena llevaba mucho tiempo existiendo en su cabeza antes de hacerse realidad. Y creo que probablemente no será la última.
El comisario guardó silencio mientras volvía a observar las fotografías. La lluvia seguía golpeando suavemente los cristales de la brigada y, durante unos segundos, nadie pareció dispuesto a añadir nada más.
—Entonces encontradlo rápido —dijo finalmente—. Porque los asesinos que necesitan construir mensajes siempre terminan queriendo que alguien los escuche.
Cuando salió de la sala, el silencio regresó poco a poco.
Irene volvió a mirar las imágenes de Elisa Montero y tuvo la extraña sensación de que el apartamento seguía observándola desde ellas.
La música apagada, las velas consumidas y la figura inmóvil de la mujer frente a la lluvia regresaron juntas a su memoria, arrastrando con ellas aquella frase escrita sobre la pared que parecía resistirse a desaparecer.
Hugo se acercó hasta colocarse a su lado.
—¿Qué estás pensando?
Irene tardó varios segundos en responder.
—Que anoche alguien no solo mató a una mujer.
La mirada permaneció fija sobre el panel.
—Creo que anoche alguien quiso anunciarse.
Capítulo 4 — La ciudad bajo la lluvia
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Parte 1
Clara Montes abandonó la Brigada Central poco después de las nueve de la mañana, pero la sensación de su presencia continuó flotando en la sala mucho después de que las puertas del ascensor se cerraran tras ella.
Hugo llevaba varios minutos revisando declaraciones de vecinos con una concentración cada vez más escasa cuando levantó la vista y descubrió que Irene seguía observando la puerta por la que la periodista había desaparecido.
Al otro lado de los ventanales, Madrid permanecía cubierta por un cielo bajo y gris que parecía haberse instalado sobre la ciudad para quedarse, difuminando edificios y tejados bajo una luz húmeda que convertía la mañana en una prolongación imperfecta de la noche anterior.
—No entiendo cómo lo hace.
Irene tardó unos segundos en apartar la mirada.
—¿El qué?
—Llegar siempre antes que nadie.
La inspectora rodeó con la mano el vaso de café que descansaba junto al panel de investigación.
El líquido se había enfriado hacía rato, pero apenas lo notó.
Desde la ventana podían verse las fachadas desdibujadas por la humedad acumulada sobre los cristales y las personas que cruzaban la calle bajo paraguas oscuros, apresuradas por una lluvia que parecía detenerse solo el tiempo suficiente para volver a empezar.
—Clara vive pendiente de las grietas —dijo finalmente—. Y los crímenes importantes siempre terminan abriéndolas.
Hugo dejó escapar una sonrisa breve.
—Eso ha sonado inquietantemente poético para estas horas.