El Evangelio del Asesino (Irene Alarcón 1) Chapter 5 #2
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Chapter 5 #2

Irene no respondió. La atención había regresado ya al panel de investigación y a las fotografías de Elisa Montero que seguían ocupando el centro de la sala.

Cuanto más tiempo pasaba, más difícil resultaba desprenderse de aquella escena.

No era el cadáver. Después de tantos años, la muerte había dejado de perseguirla al abandonar una habitación.

Lo que seguía acompañándola era otra cosa mucho más difícil de explicar: la sensación de haber entrado en un lugar construido para producir una emoción concreta.

Cada elemento parecía haber sido colocado pensando en quien llegaría después.

La música. La luz de las velas. La posición exacta del cuerpo frente a la ventana.

Incluso el mensaje escrito sobre la pared parecía formar parte de una misma conversación iniciada mucho antes de que ellos aparecieran allí.

El asesino no se había limitado a matar.

Había pensado en la mirada de quienes descubrirían la escena, en el tiempo que permanecerían observándola y en las preguntas que seguirían acompañándolos cuando regresaran a casa.

Eso era lo verdaderamente peligroso.

La puerta se abrió entonces y Lucía Valcárcel apareció en la sala con varios documentos impresos y el portátil todavía abierto bajo el brazo. Tenía el aspecto de quien llevaba demasiadas horas trabajando, aunque en su caso el cansancio parecía afilar todavía más la concentración.

—He terminado de revisar las últimas semanas de Elisa Montero.

Hugo dejó las declaraciones a un lado.

—Dame una alegría.

Lucía lo observó unos segundos.

—No sé si esto entra exactamente dentro de la categoría alegría.

Dejó los documentos sobre la mesa y comenzó a separar varias hojas mientras todos dirigían la atención hacia ellas.

—La víctima modificó bastante su rutina durante el último mes. Canceló algunas clases particulares, dejó de acudir a varios ensayos y redujo el contacto con personas con las que hablaba con frecuencia.

—¿Problemas personales? —preguntó Irene.

—Eso parece. Pero hay algo más.

Lucía extrajo una fotografía impresa procedente de una cámara de seguridad interior de una cafetería cercana al conservatorio donde trabajaba Elisa. La imagen mostraba a la profesora sentada junto a una ventana mientras aparentemente mantenía una conversación con alguien situado fuera del encuadre.

—Esta grabación es de hace nueve días. Según el camarero, Elisa acudió varias veces durante las últimas semanas para reunirse con el mismo hombre.

—¿Lo identificaron?

Lucía negó con la cabeza.

—Siempre se sentaba fuera del ángulo de las cámaras.

—Por supuesto que sí —murmuró Hugo.

Irene tomó la fotografía y permaneció observándola durante unos segundos.

La calidad de la imagen no era especialmente buena, pero aun así había algo en la postura de Elisa que llamó inmediatamente su atención.

No parecía aterrorizada ni tampoco relajada.

Los hombros permanecían ligeramente tensos y las manos descansaban demasiado cerca una de otra, como si aquella conversación la obligara a mantenerse alerta incluso cuando intentaba aparentar normalidad.

—¿El camarero recuerda algo más?

—Dice que el hombre hablaba poco y que casi nunca miraba alrededor. Según él, Elisa escuchaba más de lo que hablaba.

La frase permaneció unos segundos suspendida entre ellos.

Escuchaba más de lo que hablaba.

Irene volvió a mirar la fotografía. La impresión era difícil de definir, pero cuanto más observaba la imagen más tenía la sensación de estar viendo una relación que se había construido lentamente.

No una discusión aislada. No una reunión casual.

Había algo repetido en aquella escena, algo que sugería encuentros anteriores y conversaciones que se prolongaban más allá de lo que mostraba una simple captura de vídeo.

—¿Describió físicamente al hombre?

Lucía asintió.

—Alto. Delgado. Abrigo oscuro. Entre cuarenta y cincuenta años.

—Perfecto. O sea, media ciudad en invierno.

La respuesta de Hugo arrancó una sonrisa cansada a Lucía, pero Irene apenas la escuchó. La mirada seguía fija en la fotografía. Había algo que continuaba molestándole. No en la figura de Elisa. Tampoco en la información sobre el desconocido.

Era otra cosa.

Algo pequeño.

Un detalle que había permanecido oculto hasta entonces.

Se levantó de la silla y caminó despacio hasta la ventana de la sala. La luz gris de la mañana entraba de forma más uniforme allí y permitió inclinar la fotografía hasta encontrar el ángulo adecuado.

Entonces lo vio.

—Espera.

Hugo levantó la vista.

—¿Qué pasa?

Irene señaló el cristal de la cafetería que aparecía detrás de Elisa.

Las gotas de lluvia adheridas al ventanal deformaban gran parte del reflejo de la calle, pero aun así podía distinguirse una figura oscura situada al otro lado.

No estaba junto a la víctima. Ni tampoco parecía formar parte de la escena principal.

Permanecía inmóvil, casi absorbida por el reflejo, observando desde la distancia.

La misma clase de presencia silenciosa que habían encontrado en algunas de las imágenes exteriores del edificio donde apareció el cadáver.

Durante unos segundos nadie dijo nada.

Lucía fue la primera en acercarse.

—¿Crees que es él?

Irene continuó observando la silueta borrosa.

—Creo que lleva más tiempo alrededor de ella del que imaginábamos.

El silencio regresó a la sala mientras la lluvia comenzaba otra vez a golpear los cristales de la brigada. Más allá de las ventanas, la ciudad seguía avanzando bajo el cielo gris de aquella mañana, ajena a la certeza que empezaba a abrirse paso lentamente entre ellos.

Elisa Montero no había sido elegida de forma impulsiva.

Alguien la había observado durante semanas.

Quizá durante más tiempo. Había estudiado sus movimientos, sus hábitos y las pequeñas variaciones de una rutina que para cualquier otra persona habría parecido irrelevante.

Y mientras la mirada permanecía fija en aquella figura oscura reflejada en el cristal de una cafetería cualquiera, comenzó a crecer otra idea todavía más incómoda.

La posibilidad de que Elisa nunca hubiera llegado a comprender que ya formaba parte de aquella historia mucho antes de que la mataran.

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Parte 2

La lluvia regresó poco antes del mediodía y terminó instalándose otra vez sobre los ventanales de la brigada con esa persistencia tranquila que parecía acompañar el caso desde el principio.

Irene seguía observando la fotografía de la cafetería cuando Hugo apareció con otro café entre las manos.

El anterior llevaba más de una hora abandonado junto al panel de investigación y se había convertido en una superficie oscura y fría que nadie recordaba haber dejado allí.

—Si sigues mirando esa imagen así, vas a terminar entrando dentro de ella.

Irene aceptó el vaso sin apartar la vista de la fotografía.

—Ya estaba dentro antes de matar a Elisa.

Hugo observó el reflejo borroso del cristal durante unos segundos.

—Puede ser cualquiera.

Irene negó lentamente.

No porque pudiera demostrarlo todavía, sino porque había algo en aquella imagen que se resistía a ser explicado como una coincidencia.

La fotografía mostraba apenas una silueta deformada por la lluvia y la distancia, pero cuanto más la observaba más difícil resultaba ignorar la sensación de que aquella presencia pertenecía a la escena mucho antes de que alguien decidiera señalarla.

Dejó la fotografía sobre la mesa y apoyó las manos junto al panel de investigación mientras intentaba ordenar aquello que seguía creciendo dentro de su cabeza.

No era exactamente una intuición. Tampoco una conclusión.

Se parecía más a la sensación que aparece cuando varias piezas empiezan a ocupar el lugar correcto antes de que la imagen completa llegue a mostrarse.

—Mira cómo está colocada ella —dijo finalmente—. No parece alguien reunido con un desconocido. Parece alguien acostumbrado a que esa persona forme parte de su entorno.

Lucía levantó la vista del portátil.

—Eso encajaría con un perfil obsesivo progresivo.

—O con manipulación psicológica.

La respuesta hizo que Hugo se acomodara mejor en la silla.

—¿Crees que ya había empezado a influir sobre ella?

Irene tardó unos segundos en responder. La mirada seguía fija en la fotografía de Elisa sentada junto a la ventana mientras recordaba las palabras del camarero, los cambios de rutina, las clases canceladas y aquella sensación constante de tensión contenida que aparecía en cada detalle de las últimas semanas.

—Creo que Elisa llevaba tiempo viviendo dentro de algo que todavía no comprendemos.