El Evangelio del Asesino (Irene Alarcón 1) Chapter 5 #3
20%

Chapter 5 #3

La frase quedó suspendida en el aire justo cuando sonó el teléfono de la sala. Iván fue quien respondió desde la mesa del fondo y, mientras escuchaba, el cansancio de su rostro fue dejando paso a una atención inmediata que no pasó desapercibida para nadie.

—Sí... entendido.

Colgó despacio.

—Tenemos visita.

Hugo levantó una ceja.

—Por favor, dime que no es la prensa.

—El hermano de la víctima.

La sala quedó en silencio.

Irene cerró la carpeta que tenía delante y tomó el abrigo del respaldo de la silla.

La lluvia continuaba golpeando los cristales mientras cruzaba el pasillo de la brigada acompañada por el ruido lejano de teléfonos, conversaciones y pasos apresurados.

A esas horas la comisaría había recuperado ya su ritmo habitual, pero para ella seguía existiendo una extraña sensación de continuidad entre el apartamento de Lavapiés y todo lo que ocurría allí dentro.

Como si una parte de aquella habitación hubiera viajado con ellos y permaneciera instalada entre las mesas, los informes y las fotografías.

La sala dos se encontraba al final del corredor.

Cuando abrió la puerta encontró a un hombre sentado frente a la mesa metálica con las manos entrelazadas y la espalda ligeramente inclinada hacia delante.

Debía rondar los cuarenta años y compartía con Elisa el mismo tono oscuro de ojos, aunque en él parecían más cansados, como si durante las últimas horas hubiera envejecido varios años de golpe.

—Señor Montero.

El hombre levantó la vista.

—¿Usted es la inspectora Alarcón?

Irene asintió antes de sentarse frente a él.

—Sergio Montero.

La voz sonó áspera y quebrada, la voz de alguien que todavía no había conseguido aceptar del todo la noticia que acababa de recibir.

—Me llamaron hace dos horas. Dijeron que Elisa había muerto, pero nadie me explica qué ha pasado realmente.

Aquella era siempre una de las partes más difíciles del trabajo. No la escena del crimen. No el cadáver. Ni siquiera la investigación. Lo más difícil era sentarse frente a alguien cuya vida acababa de dividirse en dos mitades sin haber tenido tiempo de prepararse para ello.

—Estamos intentando averiguarlo —dijo con calma—. Pero necesito que me ayude a entender algunas cosas sobre su hermana.

Sergio asintió despacio.

—¿Habían hablado últimamente?

—Hace unos días.

—¿La notó preocupada?

La pregunta pareció obligarlo a rebuscar entre recuerdos recientes.

—Sí.

—¿Por qué?

Sergio bajó la vista hacia sus propias manos antes de responder.

—Porque intentaba fingir que todo estaba bien.

La respuesta llegó casi en un susurro.

—Elisa siempre hacía eso. Cuando algo la asustaba, prefería convencer a los demás de que podía manejarlo sola.

Irene permaneció en silencio.

Aquello encajaba demasiado bien con la imagen que habían empezado a reconstruir de la víctima.

—¿Le habló de alguien en concreto?

El hombre tardó unos segundos en responder.

—Había un hombre.

La lluvia continuaba golpeando suavemente los cristales de la sala.

—¿Qué hombre?

—No lo sé. Nunca me dijo su nombre. Pero hace unas semanas empezó a mencionarlo de vez en cuando.

Irene no apartó la vista de él.

—¿Qué decía exactamente?

Sergio respiró hondo.

—Que aparecía demasiado.

La respuesta produjo una quietud inmediata dentro de la habitación.

—¿En qué sentido?

—Coincidía con él en distintos sitios. Una cafetería. La salida del conservatorio. Una librería donde iba a veces. Al principio pensó que era casualidad.

Irene percibió el leve movimiento de Hugo junto a la puerta. No hizo falta mirarlo para saber que había llegado a la misma conclusión.

—¿Y después?

Sergio permaneció unos segundos observando la mesa antes de continuar.

—Después empezó a decir que el hombre parecía saber cosas sobre ella.

El cansancio desapareció de golpe bajo una claridad fría y desagradable.

—¿Qué tipo de cosas?

—Detalles personales. Música que le gustaba. Lugares donde había vivido. Recuerdos de infancia. Cosas que ella no recordaba haber contado.

Durante unos segundos nadie habló.

La lluvia siguió golpeando los cristales y el sonido lejano de la brigada llegó amortiguado desde el otro lado de la puerta, pero dentro de aquella sala todo parecía haberse detenido alrededor de esas palabras.

—¿Llegó a denunciarlo?

Sergio negó con la cabeza.

—Porque no sabía qué denunciar exactamente. Decía que el hombre nunca hacía nada amenazante. Solo aparecía. La observaba. Hablaba con ella como si la conociera desde hacía años.

La imagen de la figura inmóvil al otro lado de la calle regresó inmediatamente a la memoria de Irene. La silueta bajo la lluvia. La paciencia. La distancia. La sensación de alguien acostumbrado a esperar sin necesidad de acercarse demasiado.

Entonces Sergio levantó lentamente la vista.

—Inspectora.

—¿Sí?

El hombre tragó saliva antes de continuar.

—La última vez que hablé con Elisa me dijo algo que no he conseguido quitarme de la cabeza.

Irene percibió cómo Hugo dejaba de moverse junto a la puerta.

—¿Qué le dijo?

Sergio permaneció unos segundos en silencio.

Cuando finalmente habló, su voz apenas fue un murmullo.

—Me dijo que tenía la sensación de que aquel hombre no estaba intentando enamorarse de ella.

La frase quedó suspendida entre ellos.

Nadie dijo nada.

—Decía que parecía estar estudiándola para otra cosa.