Chapter 6
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Cuando Sergio Montero abandonó la brigada, la lluvia había vuelto a intensificarse sobre Madrid y el cielo parecía haberse oscurecido varias horas antes de tiempo.
Irene permaneció unos segundos dentro de la sala de entrevistas después de que la puerta se cerrara tras él, observando la silla vacía al otro lado de la mesa metálica mientras las últimas palabras de la conversación seguían resonando en algún lugar de su memoria.
Parecía estar estudiándola para otra cosa.
La frase no sonaba como el miedo habitual de una mujer acosada.
Tampoco como la sospecha de alguien que se siente vigilado.
Había algo diferente en ella. Algo más difícil de definir.
Como si Elisa hubiera percibido una intención que nunca llegó a comprender del todo, una sensación persistente que se había instalado lentamente en su vida mucho antes de que apareciera el cadáver frente a la ventana.
Hugo fue el primero en moverse. Se apartó de la pared junto a la puerta y se frotó el rostro con ambas manos mientras dejaba escapar un suspiro cansado.
—No me gusta nada esto.
Irene levantó la vista hacia él.
—A mí tampoco.
—Porque ya no estamos hablando de un tipo obsesionado sin más.
Ella asintió lentamente.
Aquello iba mucho más allá de una fijación emocional corriente.
Lo inquietante no era únicamente la vigilancia alrededor de Elisa Montero, sino la paciencia que había detrás de ella.
La forma gradual en que aquel hombre parecía haber entrado en su vida sin necesidad de forzar nada todavía, como alguien que construye una presencia antes de revelar sus verdaderas intenciones.
—Quiero revisar todos sus movimientos del último mes —dijo mientras se levantaba—. Cafeterías, trayectos, llamadas, clases particulares... cualquier sitio donde ese hombre pudiera haber aparecido.
Hugo la observó durante unos segundos antes de responder.
—Estás entrando muy rápido dentro del caso.
Irene tomó la carpeta de Elisa de la mesa y la sostuvo entre las manos mientras caminaba hacia la puerta.
—Porque él ya estaba dentro antes de matarla.
La frase dejó un silencio breve entre ambos.
Hugo conocía aquella expresión. La había visto otras veces.
La concentración absoluta. La forma en que el resto del mundo comenzaba a perder importancia cuando una investigación conseguía atraparla por completo.
No era algo que ocurriera con todos los casos, pero cuando sucedía resultaba imposible detenerlo.
—Solo te digo que tengas cuidado.
Irene sostuvo su mirada unos segundos.
—Lo dices como si todavía supiéramos cómo hacerlo.
Salieron juntos al pasillo.
La brigada había recuperado ya su actividad habitual.
Teléfonos sonando, agentes cruzando documentos de una mesa a otra, conversaciones interrumpidas por llamadas urgentes y televisores encendidos en silencio donde los informativos locales avanzaban todavía ajenos al asesinato de Lavapiés.
Irene sabía que aquello no duraría mucho.
Casos así siempre terminaban encontrando el camino hacia la prensa.
Eran demasiado extraños, demasiado visuales y demasiado fáciles de transformar en una obsesión pública.
Cuando regresaron a la sala principal encontraron a Clara Montes sentada sobre una esquina del escritorio de Iván Requena como si llevara allí toda la mañana.
Sostenía un vaso de café entre las manos y deslizaba el dedo por la pantalla del teléfono con una tranquilidad que resultaba casi provocadora dentro de una brigada de homicidios.
Iván, por su parte, parecía haber alcanzado ese estado de resignación absoluta que solo aparece cuando alguien entiende que discutir ya no sirve de nada.
—Dime que no ha estado aquí todo este tiempo —murmuró Hugo.
—Ha traído cruasanes —respondió Iván sin apartar la vista de la pantalla—. La brigada me obligó moralmente a tolerarla.
Clara levantó los ojos al ver entrar a Irene.
—Buenos días otra vez, inspectora.
—¿No tienes una redacción a la que volver?
—La tengo. Pero de momento prefiero estar donde ocurren las cosas interesantes.
Hugo dejó escapar una risa seca.
—Eres como una maldición elegante.
La periodista sonrió apenas. Sin embargo, la expresión desapareció en cuanto observó con atención el rostro de Irene.
—¿Qué ha pasado?
Irene dejó la carpeta sobre la mesa.
—La víctima llevaba semanas siendo observada.
Clara apoyó lentamente el vaso de café.
—¿Confirmado?
—Su hermano habló de un hombre que aparecía constantemente cerca de ella. Cafeterías, librerías, la salida del conservatorio...
La periodista permaneció en silencio durante unos segundos mientras procesaba la información.
—¿Ella sabía que la seguía?
—Lo intuía.
Clara bajó la vista hacia la mesa antes de volver lentamente la atención hacia las fotografías del apartamento.
—Entonces no eligió la escena por casualidad.
Irene frunció ligeramente el ceño.
—¿A qué te refieres?
Clara se levantó y caminó hasta el panel donde seguían colocadas las imágenes de Elisa Montero. La lluvia golpeaba suavemente los ventanales de la brigada mientras la periodista permanecía observando la fotografía principal.
—A la ventana.
Nadie dijo nada.
La respuesta parecía demasiado simple y, al mismo tiempo, demasiado precisa.
—La colocó frente a la lluvia. Frente a la calle. Frente a la ciudad. Como si quisiera que siguiera mirando incluso después de morir.
El silencio que siguió fue incómodo porque la idea tenía sentido.
Clara permaneció unos segundos contemplando la imagen antes de añadir en voz más baja:
—No creo que quisiera esconder el cuerpo. Creo que quería conservar una imagen.
Irene sintió de nuevo aquella sensación que llevaba acompañándola desde el comienzo del caso.
Algo que se movía bajo la superficie de todos los detalles sin llegar todavía a mostrarse por completo.
El asesino no parecía actuar desde el impulso, ni desde la rabia, ni siquiera desde el placer evidente de matar.
Todo transmitía una necesidad emocional deformada, como si estuviera intentando construir algo mucho más grande que un simple homicidio.
O demostrarlo.
—Lucía encontró referencias religiosas parecidas a la frase de la pared —dijo Hugo, intentando devolver la conversación a un terreno más tangible—. Textos antiguos relacionados con confesión y purificación.
Clara levantó lentamente la vista hacia él.
—Entonces quizá no está buscando víctimas.
La frase produjo un silencio inmediato.
Irene sintió un leve escalofrío incluso antes de escuchar el final del pensamiento.
—Quizá está buscando personas que considere capaces de ver.
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Parte 2
La frase de Clara quedó suspendida en mitad de la brigada mientras la lluvia seguía golpeando los ventanales y el mediodía avanzaba lentamente sobre una sala llena de expedientes abiertos, pantallas encendidas y vasos de café abandonados sobre las mesas.
Durante unos segundos nadie habló. Irene mantenía la mirada fija en las fotografías del apartamento de Lavapiés mientras intentaba evitar precisamente aquello que más detestaba cuando una investigación comenzaba a profundizar demasiado: la necesidad de acercarse a la lógica del asesino para comprender lo que tenía delante.
Y, sin embargo, ya estaba ocurriendo.
Porque cuanto más tiempo dedicaba a observar aquella escena, más difícil resultaba ignorar una idea profundamente incómoda. Elisa Montero no había sido elegida únicamente por quién era. Había sido elegida por lo que representaba dentro de un razonamiento que todavía permanecía oculto para ellos.
—¿Personas capaces de ver qué? —preguntó Hugo finalmente.
Clara tardó unos segundos en responder.
—La verdad que él cree haber descubierto.
Iván dejó escapar un suspiro cansado mientras se reclinaba en la silla.
—Perfecto. Ya tenemos filósofo homicida.
La frase arrancó una sonrisa fugaz a Lucía, pero Irene no sonrió.
Porque, detrás de la ironía, había algo que encajaba demasiado bien con todo lo que habían visto hasta entonces.
La escena del crimen no estaba construida alrededor del odio.
Ni siquiera alrededor de la violencia. Todo parecía girar alrededor de una revelación íntima que solo existía en la mente del asesino, una idea que había terminado ocupando tanto espacio que necesitaba convertir a otras personas en parte de ella.
Y eso hacía que el caso resultara mucho más peligroso.
Lucía apareció entonces desde el fondo de la sala con el portátil todavía abierto entre las manos.
—Acaba de llegar algo del Anatómico.
La atención de todos se desplazó inmediatamente hacia ella.
—Vera ya tiene los primeros resultados de la autopsia.
Irene se acercó mientras Lucía colocaba varias imágenes médicas sobre la mesa. La lluvia continuaba deslizándose por los cristales y, durante un instante, el sonido del agua pareció acompañar el silencio con el que todos esperaban la información.
—La causa de la muerte es una combinación de sedantes y asfixia controlada. No hay señales importantes de lucha.
Hugo levantó la vista.
—¿Qué significa exactamente controlada?
—Que, según Vera, el asesino mantuvo a la víctima consciente durante buena parte del proceso.
Las palabras permanecieron unos segundos suspendidas en el aire.
Nadie respondió inmediatamente.
Porque todos parecían haber llegado ya a la misma pregunta.
¿Para qué?
Irene volvió la vista hacia la fotografía de Elisa sentada frente a la ventana.
La imagen permanecía inmóvil sobre el panel y, sin embargo, cuanto más la observaba más difícil resultaba verla como el resultado de una violencia impulsiva.
La música. Las velas. La posición del cuerpo.
La lluvia descendiendo detrás del cristal.
Todo parecía formar parte de algo que había comenzado antes de la muerte y que continuaba existiendo después de ella.
—Quería que viera algo.
La frase salió antes de que terminara de ordenarla del todo.
Clara cruzó los brazos.
—¿La escena?
Irene negó lentamente.
—No. Algo más.
Durante unos segundos permaneció en silencio mientras la memoria regresaba una vez más al apartamento de Lavapiés.
La música sonando suavemente en algún rincón de la habitación.
La ciudad difuminada por la lluvia. Las velas consumiéndose poco a poco mientras Elisa permanecía sentada frente al cristal.
Cuanto más volvía a aquella escena, menos parecía un castigo y más una preparación.
Como si el asesino hubiera intentado conducir a la víctima hacia algún lugar que solo existía dentro de su propia mente.
—Hay otra cosa —añadió Lucía en voz más baja.
Abrió una nueva imagen procedente de la autopsia y amplió una zona concreta de las manos de la víctima.
—Vera encontró restos recientes de cera.
Hugo frunció el ceño.
—¿De las velas?
—Probablemente.
La mirada de Irene permaneció fija sobre la pantalla.
Y poco a poco una nueva pieza comenzó a ocupar su lugar.
—Las encendió ella.
Iván levantó la vista.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Porque si él hubiera querido únicamente decorar la escena, habría encendido las velas después. No necesitaría que la cera terminara en sus manos.
El silencio regresó a la brigada.
Esta vez más pesado.
Más difícil de ignorar.
Porque la conclusión que empezaba a dibujarse resultaba inquietante incluso antes de expresarla en voz alta.
El asesino no se había limitado a colocar el cuerpo una vez terminada la muerte.
Había construido algo junto a ella mientras todavía estaba viva.
Había compartido con la víctima una parte de aquel proceso.
Una especie de ceremonia.
Un ritual privado.
Clara fue la primera en verbalizar lo que todos estaban pensando.
—Dios...
Nadie añadió nada.
No hacía falta.
Desde el otro extremo de la brigada llegó entonces el sonido de un televisor encendiéndose. Uno de los agentes había aumentado ligeramente el volumen y la voz del presentador atravesó el ruido habitual de la comisaría.
—"...fuentes policiales investigan la muerte de una mujer hallada esta madrugada en el barrio de Lavapiés..."
Hugo cerró los ojos durante un instante.
—Y ya empezó el circo.
Clara sacó el móvil del bolsillo, aunque no para grabar ni llamar a nadie. Se limitó a observar la pantalla unos segundos antes de volver la vista hacia Irene.
—Esto va a crecer muy rápido.
—Lo sé.
La periodista dudó apenas un instante.
—Y cuando la frase de la pared se filtre, todo el mundo empezará a construir teorías.
Aquello era inevitable.
Irene permaneció inmóvil unos segundos antes de caminar hacia la ventana principal de la brigada.
La lluvia descendía por el cristal deformando los edificios del exterior y convirtiendo la ciudad en una sucesión de formas borrosas que parecían moverse bajo el agua.
Durante un instante distinguió su propio reflejo sobre el vidrio húmedo: el cabello rojizo ligeramente desordenado, las sombras del cansancio bajo los ojos y esa expresión que comenzaba a aparecer siempre que una investigación conseguía instalarse demasiado profundamente dentro de ella.
Fue entonces cuando recordó algo.
No una teoría.
No una conclusión.
Un detalle.
Giró lentamente hacia el resto de la brigada.
—El papel.
Hugo frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué papel?
—El que encontramos entre los dedos de Elisa.
Ella también miró.
El silencio regresó inmediatamente a la sala.
Lucía fue la primera en comprender la dirección de aquel pensamiento.
—Crees que se refiere a otra víctima.
Irene sostuvo su mirada.
La lluvia seguía golpeando los cristales.
Las fotografías permanecían sobre el panel.
Y la sensación de estar observando apenas el comienzo de algo mucho más grande regresó con una claridad desagradable.
—Creo que Elisa Montero no fue la primera persona a la que intentó enseñar algo.