El Evangelio del Asesino (Irene Alarcón 1) Chapter 36
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Chapter 36

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La lluvia volvió a caer mientras Irene desplegaba lentamente la primera hoja.

Nadie habló.

Vera permanecía junto al cuerpo de Julián Ferrer esperando a que Policía Científica terminara las primeras fotografías.

Hugo, Lucía, Iván y Clara observaban a Irene desde unos metros de distancia.

Ninguno sentía curiosidad por aquella carta.

Sentían respeto. Comprendían que aquellas palabras no estaban dirigidas a una inspectora de homicidios.

Estaban dirigidas únicamente a ella.

Irene comenzó a leer.

"Nunca busqué una sucesora."

La letra conservaba la misma serenidad que había encontrado en las últimas anotaciones de las carpetas.

No había precipitación.

Ni culpa.

Ni arrepentimiento.

"Durante muchos años creí que Samuel se equivocaba. Pensaba que comprender el sufrimiento de una persona significaba adquirir el deber de conducirla allí donde todavía no era capaz de llegar por sí misma."

La inspectora continuó leyendo en silencio.

"Después comprendí que Samuel jamás intentó conducir a nadie. Escuchaba. Esperaba. Acompañaba. Yo confundí esa paciencia con debilidad. Fue el mayor error de mi vida."

Irene levantó lentamente la vista, el cuerpo seguía suspendido bajo la vieja viga de madera.

Por primera vez no veía al asesino, veía al hombre que había dedicado toda una existencia a demostrar algo que, en el fondo, nunca consiguió demostrar ni siquiera a sí mismo.

Volvió a la carta.

"La primera vez que te vi no estabas dentro de El Umbral."

El corazón le golpeó lentamente dentro del pecho.

"Samuel salió a cerrar la librería aquella tarde de lluvia. Tú permanecías inmóvil frente al escaparate. No mirabas los libros. Ni siquiera mirabas la puerta. Mirabas tu propio reflejo en el cristal con una tristeza que solo tienen quienes todavía creen que podían haber hecho algo más por alguien."

Las imágenes regresaron de pronto.

Aquella tarde.

El caso que no había conseguido olvidar.

La lluvia empapándole el abrigo.

Y la sensación insoportable de haber llegado demasiado tarde para una mujer cuyo nombre apenas recordaba ya.

"Samuel no te invitó a entrar. Nunca hacía eso. Solo dijo una frase antes de volver hacia dentro."

Irene sintió cómo los dedos se cerraban ligeramente sobre el papel.

"Ha permanecido bajo la lluvia más tiempo del necesario. Hay personas que buscan refugio. Ella busca comprender por qué el dolor de otros termina convirtiéndose también en el suyo."

La inspectora cerró los ojos apenas un instante.

Samuel.

Todo había comenzado con Samuel.

No con Julián.

No con los asesinatos.

Con una mirada.

Con un hombre que había sabido ver en silencio algo que ni ella misma era todavía capaz de comprender.

Continuó leyendo.

"Años después encontré aquella anotación entre sus cuadernos. Comencé a seguirte creyendo que Samuel había visto en ti aquello mismo que yo llevaba tanto tiempo buscando."

La siguiente línea aparecía escrita con una presión ligeramente mayor.

"Me equivoqué."

El silencio de la habitación parecía haberse vuelto absoluto.

"Durante años observé cómo permanecías junto a los muertos cuando los demás ya se habían marchado. Creí que hacías lo mismo que yo. Pensé que terminarías comprendiendo que el sufrimiento debía transformarse en algo más."

La letra se volvía ahora más pausada.

Más serena.

"Pero nunca entendí aquello que Samuel había visto antes que yo."

Irene respiró despacio.

Leía muy lentamente, como si necesitara conceder a cada frase el tiempo suficiente para encontrar su lugar.

"Tú no permanecías porque amaras la oscuridad."

Otra pausa.

"Permanecías para que nadie tuviera que quedarse solo dentro de ella."

Las palabras quedaron suspendidas dentro de la habitación.

Irene levantó lentamente la cabeza.

Durante unos segundos contempló otra vez el círculo de sillas donde Samuel había escuchado durante tantos años a personas rotas por el duelo, la culpa o el miedo. Después miró a Julián.

Los dos habían observado exactamente a las mismas personas, habían escuchado las mismas historias y, sin embargo, habían terminado viendo mundos completamente distintos.

La última página era muy breve.

"Si alguna vez llegabas hasta aquí, significaba que Samuel volvió a tener razón."

Solo quedaban dos líneas.

"No permitas que nadie vuelva a convertir El Umbral en un lugar donde el dolor sirva para dominar a otros."

Y, debajo, la despedida.

"Julián Ferrer."

Irene dobló lentamente las hojas.

No sintió alivio y tampoco la satisfacción de un caso resuelto.

Sintió algo mucho más difícil de nombrar, la certeza de que aquella historia nunca había tratado de descubrir quién era un asesino.

Había tratado de demostrar que dos personas podían contemplar exactamente el mismo sufrimiento y llegar a conclusiones completamente opuestas.

Vera se acercó despacio.

—¿Todo bien?

Irene guardó la carta dentro del sobre y la sostuvo unos segundos entre las manos antes de responder.

—Sí.

Después volvió lentamente la vista hacia Julián permaneciendo unos instantes en silencio.

Finalmente habló con una voz tan baja que casi se confundió con el sonido de la lluvia.

—Nunca entendiste a Samuel.

Nadie añadió nada.

Los agentes continuaban trabajando alrededor del cuerpo mientras la vieja librería recuperaba poco a poco el silencio que había conservado durante tantos años.

Irene descendió despacio la escalera.

Al llegar a la puerta negra se detuvo un instante y volvió la vista hacia el interior.

Las estanterías seguían allí.

Los libros.

La lámpara.

El círculo de sillas.

Todo permanecía exactamente igual.

Solo había desaparecido el hombre que llevaba demasiado tiempo confundiendo la compasión con el poder.

Empujó la puerta y la campanilla sonó una última vez.

Después salió a la calle.

La lluvia seguía cayendo sobre Madrid con la misma serenidad con la que había caído el día en que, muchos años atrás, una joven inspectora se detuvo frente a aquel escaparate sin imaginar que un hombre la observaría en silencio y otro comprendería, antes que ella misma, la verdadera razón por la que nunca era capaz de apartar la mirada del sufrimiento ajeno.

Irene levantó el cuello de su cazadora y comenzó a caminar.

Esta vez no volvió la vista atrás.