El Evangelio del Asesino (Irene Alarcón 1) Chapter 35
98%

Chapter 35

──────── ✠ ────────

La llamada llegó poco después del mediodía.

Irene acababa de abandonar el despacho del comisario cuando el teléfono comenzó a vibrar dentro del bolsillo de su cazadora. Reconoció inmediatamente la voz de Hugo.

No necesitó muchas palabras.

—Han abierto la librería.

La inspectora permaneció unos segundos en silencio.

—¿Quién?

—Nadie lo sabe. Un vecino llamó hace diez minutos. Dice que la puerta estaba completamente abierta y que las luces del piso superior llevaban encendidas desde primera hora de la mañana.

Irene levantó lentamente la vista hacia el cielo gris que cubría Madrid.

Había dejado de llover.

Pero el aire conservaba todavía esa humedad pesada que siempre parecía quedarse suspendida sobre la ciudad después de una tormenta larga.

—Voy para allá.

Las calles del centro aparecían extrañamente tranquilas cuando el coche se detuvo frente a El Umbral .

La verja metálica permanecía levantada.

La puerta negra estaba completamente abierta.

Y, por primera vez desde que conocía aquel lugar, Irene sintió que la librería no la esperaba.

Simplemente había dejado de ocultar aquello que llevaba demasiado tiempo guardando.

Hugo descendió del vehículo al mismo tiempo que ella.

Vera, Iván, Lucía y varios agentes uniformados terminaban de acordonar discretamente la entrada para mantener alejados a los curiosos.

Nadie hablaba demasiado.

Todos parecían comprender que aquella escena pertenecía ya al final de una historia que había comenzado muchos años antes.

Irene cruzó lentamente el umbral, el olor seguía siendo el mismo.

Papel.

Madera.

Café.

Y una calma antigua que parecía haberse instalado definitivamente entre aquellas paredes.

Subió despacio la escalera.

Cada peldaño crujía exactamente igual que la noche en que encontraron a Alicia Berenguer.

Pero esta vez no existía la sensación de llegar tarde.

Existía otra muy distinta.

La de que alguien había decidido esperar.

La sala de reuniones apareció lentamente al final del pasillo, las sillas continuaban formando el mismo círculo, los libros permanecían abiertos sobre la mesa y la lámpara amarillenta seguía encendida.

En el centro de la habitación, colgando de una de las viejas vigas de madera, estaba Julián Ferrer.

El cuerpo permanecía inmóvil.

Las manos caían relajadas junto al torso.

No había señales de lucha ni violencia.

Solo una serenidad profundamente incómoda que hacía pensar más en una decisión cuidadosamente preparada que en una muerte desesperada.

Nadie pronunció una palabra.

Irene permaneció varios segundos observándolo.

No sentía satisfacción, tampoco rabia, solo una inmensa tristeza.

Porque comprendía que aquel hombre llevaba muchos años muerto por dentro antes de decidir colgar aquella cuerda de la viga.

Vera avanzó lentamente hacia el cuerpo.

Observó la escena con la misma calma de siempre antes de comenzar su trabajo.

Después levantó apenas la vista hacia Irene.

—Todo indica que se quitó la vida hace pocas horas.

La inspectora asintió despacio.

Lo intuía incluso antes de escuchar la confirmación.

Aquella habitación no hablaba de una huida.

Hablaba de un desenlace.

Mientras los técnicos comenzaban a trabajar, Iván recorrió lentamente la estancia revisando cada rincón con la paciencia que lo caracterizaba. Apenas habían transcurrido unos minutos cuando se detuvo junto al cuerpo.

—Irene.

La inspectora se acercó.

Iván señalaba discretamente el bolsillo interior de la americana de Julián.

—Hay algo aquí.

Vera asintió antes de intervenir.

—Podéis retirarlo. No altera el examen.

Iván introdujo cuidadosamente la mano y extrajo un sobre blanco perfectamente doblado.

Solo llevaba un nombre escrito con aquella caligrafía serena que Irene había aprendido a reconocer durante las últimas semanas.

IRENE ALARCÓN.

La inspectora sostuvo el sobre entre las manos durante unos segundos.

El papel estaba completamente seco, como si Julián hubiera querido protegerlo incluso después de la muerte.

Respiró despacio.

Después rompió cuidadosamente el cierre.

Dentro solo había varias hojas escritas a mano.

La primera comenzaba con una única frase.

"Si estás leyendo esto, significa que Samuel volvió a elegir mejor que yo."

Irene permaneció inmóvil, el silencio de la sala parecía haberse vuelto todavía más profundo.

Levantó lentamente la vista hacia el cuerpo suspendido bajo la vieja viga de madera.

Por primera vez desde que comenzó la investigación comprendió que Julián no había preparado aquella carta para justificar sus crímenes.

La había escrito para responder a la única pregunta que todavía quedaba pendiente.

¿Por qué ella?

Volvió lentamente la vista hacia la primera página.

Y comenzó a leer.