El Evangelio del Asesino (Irene Alarcón 1) Chapter 29
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Chapter 29

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La puerta permanecía entreabierta.

La luz que escapaba desde el interior era cálida, tenue, completamente distinta a la penumbra inmóvil que envolvía el resto de la librería.

Irene permaneció unos segundos observándola sin moverse mientras el olor a café recién hecho llegaba hasta el corredor mezclado con el de la madera antigua y el papel envejecido.

Aquella combinación resultaba profundamente desconcertante.

Había algo doméstico en ella, casi acogedor, y precisamente por eso producía una inquietud mucho mayor que cualquier escenario de violencia.

Detrás de aquella puerta alguien había estado allí hacía apenas unos minutos.

No era una intuición.

Todo el lugar parecía decirlo.

El calor de la luz.

El aroma del café.

El leve silencio que quedaba después de una presencia humana reciente.

Hugo se acercó hasta colocarse a su lado.

—Voy delante.

Irene negó despacio.

—No.

El subinspector volvió la cabeza hacia ella.

—No sabemos quién hay dentro.

—Precisamente por eso.

Durante un instante ninguno de los dos añadió nada más. Se entendían demasiado bien para necesitar explicaciones largas. Hugo sabía que no conseguiría convencerla y ella sabía que él no permitiría que cruzara aquella puerta completamente sola.

Lucía y Clara permanecían unos pasos más atrás sin apartar la vista del corredor.

La lluvia seguía golpeando el tejado inclinado de la librería y el sonido del agua descendiendo por los cristales parecía llegar amortiguado hasta allí, como si el edificio entero respirara con una lentitud ajena al resto de la ciudad.

Irene apoyó lentamente la mano sobre la madera.

La puerta cedió con un leve crujido.

No había resistencia.

Se abrió despacio, dejando que la luz inundara el corredor con una claridad cálida y serena.

La habitación era pequeña.

Más pequeña de lo que había imaginado.

Las paredes estaban cubiertas por estanterías repletas de libros cuidadosamente ordenados y, junto a una de las ventanas, una mesa de madera ocupaba casi todo el espacio libre.

Sobre ella descansaban varias carpetas abiertas, una pluma estilográfica, una cafetera italiana todavía caliente y dos tazas de porcelana.

De una de ellas seguía ascendiendo un hilo fino de vapor.

Irene sintió cómo algo se contraía lentamente dentro de ella.

Habían llegado demasiado tarde.

Otra vez.

Pero esta vez la diferencia no eran horas.

Ni siquiera media hora.

Eran apenas unos minutos.

Entonces la vio.

Alicia Berenguer permanecía sentada frente a la mesa con las manos descansando suavemente sobre una carpeta abierta.

El cuerpo aparecía ligeramente inclinado hacia delante, como si hubiera terminado de leer una última página antes de quedarse dormida.

No había signos visibles de violencia. Ningún gesto de lucha. Ninguna expresión de terror.

Solo un rostro sorprendentemente tranquilo.

Una serenidad que resultaba mucho más inquietante que cualquier mueca de sufrimiento.

Clara dejó escapar el aire de golpe al reconocerla.

—Irene...

La inspectora avanzó despacio.

Cada paso parecía resonar con una claridad insoportable sobre el viejo suelo de madera.

Cuando llegó junto a Alicia permaneció unos segundos inmóvil observándola.

Recordó a la mujer que había conocido en la iglesia, con las manos temblorosas por la culpa y el miedo.

Aquella necesidad desesperada de comprender por qué seguía pensando en él, incluso después de haber descubierto el monstruo que escondía detrás de aquella voz tranquila.

La mujer sentada ahora frente a ella parecía otra persona.

No porque hubiera desaparecido el miedo sino porque ya no quedaba ninguna lucha.

Irene apoyó dos dedos sobre el cuello de Alicia.

La piel conservaba todavía parte del calor.

Después levantó lentamente la vista hacia la taza de café.

El vapor seguía elevándose en espirales finísimas antes de perderse en el aire inmóvil de la habitación.

—Hace muy poco...

Su propia voz apenas fue un susurro.

Iván no estaba allí para confirmarlo.

No hacía falta.

La escena hablaba por sí sola.

El asesino había abandonado aquella habitación pocos minutos antes de que ellos cruzaran la puerta negra.

No había huido.

Había esperado exactamente el tiempo necesario para que Irene llegara demasiado tarde.

Como llevaba haciendo desde el principio del caso.

Lucía se acercó lentamente hasta la mesa.

La carpeta abierta permanecía frente a Alicia.

Sobre la cubierta aparecía escrito su nombre con aquella caligrafía limpia que Irene empezaba ya a reconocer demasiado bien.

ALICIA BERENGUER

La inspectora abrió despacio la carpeta.

Las primeras páginas contenían observaciones antiguas.

Fechas.

Conversaciones.

Pequeños cambios de comportamiento.

En la última hoja, escrita con una tinta que todavía conservaba un brillo apenas perceptible, aparecía una única anotación.

"Alicia Berenguer ya comenzó a ver la oscuridad sin temerla."

Irene permaneció inmóvil contemplando aquella frase.

No parecía la conclusión de un expediente, parecía la última línea de un proceso cuidadosamente seguido durante años, como si alguien acabara de cerrar un libro después de terminar su lectura.

La lluvia continuaba golpeando el tejado de la librería.

Nadie hablaba.

El silencio se había convertido en otra presencia más dentro de aquella habitación.

Entonces Irene levantó lentamente la vista.

Sobre la silla situada frente a Alicia, al otro lado de la mesa, permanecía una segunda taza de café todavía caliente.

Y la silla seguía ligeramente separada de la mesa.

Como si quien la había ocupado se hubiera levantado apenas unos minutos antes al escuchar sus pasos subir por la escalera.

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Parte 2

Durante unos segundos nadie se movió.

La habitación permanecía envuelta en un silencio tan profundo que el leve golpeteo de la lluvia sobre el tejado parecía formar parte de la propia escena. Irene seguía contemplando la silla situada frente a Alicia mientras el hilo de vapor continuaba ascendiendo lentamente desde la taza de café.

Aquello no era una huida.

Era un mensaje.

Había querido que vieran exactamente aquello.

Que comprendieran que había permanecido sentado frente a Alicia hasta el último instante y que había abandonado la habitación solo cuando supo que ellos ya estaban entrando en la librería.

Hugo fue el primero en romper el silencio.

—Voy a llamar a científica.

Irene asintió sin apartar la vista de la mesa.

—Que suban solo los imprescindibles. Nadie toca nada hasta que llegue Vera.

El subinspector salió rápidamente de la habitación mientras Lucía permanecía junto a la ventana observando el interior con una mezcla de desconcierto y tristeza.

Clara seguía inmóvil detrás de Irene. Había dejado de mirar el cuerpo de Alicia.

Ahora contemplaba únicamente la silla vacía situada al otro lado de la mesa.

—Estuvieron hablando.

Irene volvió lentamente la cabeza hacia ella.

—¿Cómo lo sabes?

Clara tardó unos segundos en responder.

—Porque preparó dos cafés.

El comentario quedó suspendido en la habitación.

No hacía falta añadir nada más.

No existía ninguna otra explicación razonable.

Aquella escena no había sido improvisada.

El asesino había permanecido allí conversando con Alicia hasta pocos minutos antes de su llegada.

La pregunta ya no era cuánto tiempo habían hablado.

La pregunta era sobre qué.

Casi treinta minutos después, el silencio de la librería comenzó a llenarse lentamente de nuevas presencias.

La doctora Vera Salcedo cruzó la puerta negra con la misma serenidad contenida que Irene le había visto mantener en decenas de escenas del crimen.

Tras ella entró Iván Requena acompañado por dos técnicos de Policía Científica que comenzaron inmediatamente a fotografiar cada rincón de la habitación antes de mover un solo objeto.

Vera permaneció unos segundos observando la escena sin acercarse todavía al cuerpo.

Era una costumbre que Irene conocía bien.

Antes de examinar a una víctima, la forense siempre dejaba que la habitación hablara primero.

La posición de las sillas, la distancia entre los objetos, la luz.

Los pequeños detalles que desaparecen para siempre en cuanto comienza el trabajo técnico.

Finalmente se aproximó a Alicia.

Se colocó los guantes y apoyó cuidadosamente dos dedos sobre el cuello de la mujer.

Después observó los ojos, las manos y la taza situada frente a ella.

No necesitó mucho más.

—Lleva muy poco tiempo fallecida.

Irene sintió cómo aquella respuesta confirmaba lo que ya intuía.

—¿Cuánto?

Vera levantó despacio la cabeza.

—Entre quince y veinte minutos como máximo. Lo confirmaré después de la autopsia, pero difícilmente más.

La inspectora permaneció unos segundos en silencio.

Habían llegado.

Simplemente habían llegado demasiado tarde.

Otra vez.

Vera continuó observando el cuerpo con la misma calma profesional.

—No encuentro signos de violencia evidentes. Tampoco lesiones defensivas.

Miró la taza de café.

—Necesitaré analizar su contenido, pero ahora mismo diría que murió sin luchar.

Aquella frase dejó un peso todavía mayor sobre la habitación.

Porque reforzaba la idea más inquietante de todas.

Alicia no había sido asesinada mientras intentaba escapar.

Había permanecido sentada frente a él hasta el final.

Mientras tanto, Iván comenzó a revisar cuidadosamente la carpeta de Alicia.

No buscaba únicamente documentos.

Observaba el orden.

La forma de clasificar las hojas.

Las marcas de uso.

Las distintas tintas.

Después de varios minutos pasó lentamente varias páginas y frunció ligeramente el ceño.

—Irene.

La inspectora se acercó hasta la mesa.

—¿Qué has encontrado?

Iván separó cuidadosamente varias hojas escritas a mano.

—Estas páginas son distintas.

Lucía se inclinó también sobre la carpeta.

La diferencia resultaba evidente.

La mayor parte del expediente, estaba escrito con aquella caligrafía limpia y serena que aparecía en todas las anotaciones del caso.

Pero, aproximadamente a mitad de la carpeta, comenzaban a aparecer otras hojas redactadas por una mano diferente.

Más antigua y más pausada.

La tinta había perdido intensidad con el paso de los años.

Iván leyó despacio la primera anotación.

—"El conocimiento nunca debe imponerse. Solo puede ofrecerse. Si alguien necesita ser empujado hacia la verdad, todavía no está preparado para verla."

La habitación quedó en silencio.

Irene intercambió una breve mirada con Lucía.

Aquello no sonaba como el asesino.

Continuó leyendo.

—"El Umbral no existe para transformar personas. Existe para acompañar a quienes ya han comenzado su camino."

Pasó otra hoja.

—"Quien utilice el dolor como herramienta terminará adorando el sufrimiento en lugar de comprenderlo."

Iván levantó lentamente la vista.

—Estas páginas no pueden ser del mismo autor.

Irene sintió cómo las piezas comenzaban, por fin, a desplazarse hacia su lugar.

El hombre de la librería, el que ella recordaba leyendo bajo la lámpara muchos años atrás, quizá nunca había pretendido crear aquello, solo había fundado un lugar donde personas heridas pudieran encontrarse y comprenderse unas a otras.

Entonces Iván pasó la última hoja escrita con aquella caligrafía antigua.

Abajo aparecía una firma.

Breve y sencilla.

Casi borrada por el tiempo.

Samuel Echevarría.

Nadie habló.

El nombre permaneció suspendido en el aire mientras la lluvia seguía golpeando suavemente la vieja librería.

Irene contempló aquella firma durante varios segundos.

Por primera vez desde el comienzo de la investigación, el hombre que había permanecido escondido detrás del símbolo dejaba de ser una sombra sin identidad.

Ya tenía un nombre y una certeza mucho más inquietante.

Alguien había tomado el legado de Samuel Echevarría y lo había deformado, hasta convertir una búsqueda de comprensión en una religión construida alrededor del miedo, la manipulación y la muerte.

La verdadera investigación acababa de cambiar de dirección.

Ya no necesitaban descubrir quién había fundado El Umbral .

Necesitaban averiguar quién había decidido convertirlo en el escenario perfecto para sus asesinatos.