Chapter 28
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El silencio dentro del piso superior de la librería se volvió lentamente irrespirable mientras Irene observaba la nueva fotografía bajo la luz amarillenta de la lámpara.
La lluvia seguía golpeando el tejado inclinado y descendiendo por los cristales en largas líneas oscuras, pero la inspectora apenas percibía ya el sonido del exterior. Toda su atención permanecía fija en el rostro parcialmente visible del hombre situado detrás de Clara Montes.
El hombre del paraguas.
La figura que aparecía una y otra vez en las fotografías antiguas, en el funeral de Laura Varela y alrededor de demasiadas escenas vinculadas al caso.
Y ahora estaba allí otra vez.
Más cerca que nunca.
Mirando directamente hacia la cámara.
Irene sintió un escalofrío lento recorriéndole la espalda porque aquella mirada transmitía una sensación profundamente incómoda. No parecía la expresión de alguien sorprendido mientras le hacían una fotografía.
Parecía la de alguien plenamente consciente de estar dejando una imagen para el futuro.
Como si hubiera sabido desde el mismo instante en que el obturador se cerró que aquella fotografía terminaría algún día sobre la mesa donde ellos ahora la contemplaban.
Hugo se inclinó ligeramente intentando distinguir mejor el rostro.
—Joder... estamos muy cerca de verle la cara.
Pero seguía faltando algo.
La lluvia reflejada sobre el objetivo.
Las sombras.
La inclinación del paraguas.
Todo parecía conspirar para mantenerlo siempre justo fuera del alcance completo de la mirada.
Y esa imposibilidad empezaba a resultar insoportable.
Lucía amplió digitalmente la imagen desde el portátil mientras el silencio continuaba asentado alrededor de ellos. El piso superior de la librería parecía hacerse cada vez más pequeño bajo el peso acumulado de fotografías, nombres y años enteros de vigilancia silenciosa.
Entonces Clara habló muy despacio.
—Creo que quiere que lo encontréis.
Nadie respondió inmediatamente.
Porque todos llevaban demasiado tiempo sospechándolo.
El asesino no actuaba como alguien escondiéndose de la policía desesperadamente.
Al contrario.
Cada fotografía.
Cada mensaje.
Cada objeto abandonado deliberadamente.
Todo parecía pensado para mantener viva la investigación, como si perseguirlo formara parte indispensable de aquello que pretendía construir.
Irene seguía observando la imagen.
Y entonces comprendió otra cosa.
No parecía mirar a la cámara.
Parecía mirar a la persona que sostendría aquella fotografía años después.
La sensación fue tan incómoda que apartó lentamente la vista durante un instante.
La lluvia seguía cayendo sobre Madrid mientras el olor a café reciente continuaba flotando tenuemente por la habitación. Aquello seguía perturbándola profundamente. El café significaba presencia.
No una presencia antigua.
Una presencia reciente.
Alguien había estado allí hacía muy poco.
Quizá incluso observándolos entrar desde algún rincón invisible de la librería.
La inspectora levantó lentamente la cabeza y dejó que la mirada recorriera otra vez el piso superior.
Las estanterías antiguas cubrían casi todas las paredes y entre ellas se abrían pequeños pasillos donde apenas alcanzaba la luz de la lámpara principal.
Cuanto más observaba el lugar, más evidente resultaba que el espacio era mayor de lo que parecía desde abajo, como si detrás de aquella librería estrecha existiera otra arquitectura cuidadosamente escondida.
Entonces lo oyó.
Fue apenas un sonido.
Muy leve.
No un crujido de madera.
Algo distinto.
Como el roce delicado de una página al pasar lentamente.
Irene permaneció completamente inmóvil.
No necesitó mirar a Hugo para saber que él también lo había escuchado.
—Irene...
La voz del subinspector apenas fue un susurro.
La inspectora ya observaba el fondo de la habitación.
Entre dos estanterías parcialmente sumidas en sombra parecía abrirse un corredor estrecho que ninguno de ellos había advertido al subir. La oscuridad era allí más espesa y la luz amarillenta apenas conseguía rozar el comienzo del pasillo.
El sonido volvió a repetirse.
Suave.
Lento.
Como alguien pasando cuidadosamente las páginas de un libro.
No había precipitación.
No había nerviosismo.
Solo la tranquilidad de quien continúa leyendo porque sabe que nadie llegará antes de que él quiera.
El corazón de Irene comenzó a latir con más fuerza.
No por miedo.
Sino porque aquella serenidad le resultaba mucho más inquietante que cualquier carrera o cualquier intento de huida.
Avanzó despacio entre las mesas cubiertas de documentos.
Hugo caminó inmediatamente detrás de ella sin apartar la vista del corredor, mientras Lucía y Clara permanecían unos metros más atrás observándolos en silencio.
La lluvia seguía golpeando la librería.
Y cuanto más se acercaba Irene a aquel pasillo oculto, más intensa se volvía la sensación de presencia.
No era una intuición.
Era algo físico.
Como cuando uno entra en una habitación donde alguien acaba de levantarse de la silla y el aire todavía conserva la memoria de esa compañía.
Llegó finalmente hasta la entrada del corredor.
El suelo de madera crujió apenas bajo sus botas.
Al fondo distinguió una puerta antigua de madera negra entreabierta apenas unos centímetros.
Desde el interior escapaba una luz tenue.
Y también otro olor más intenso ahora a café recién hecho.
Irene permaneció inmóvil varios segundos contemplando aquella puerta.
Había llegado demasiado lejos para seguir creyendo en las casualidades.
Nada de lo ocurrido desde el principio del caso parecía responder al azar.
Las fotografías.
La librería.
Su nombre escrito años atrás.
Las carpetas.
Todo había ido conduciéndola lentamente hasta aquel lugar.
Y, por primera vez desde que comenzó la investigación, comprendió con absoluta claridad que ya no estaba siguiendo únicamente las huellas del asesino.
Estaba caminando exactamente por el recorrido que él había imaginado para ella desde hacía mucho tiempo.