Chapter 27
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La lluvia seguía cayendo sobre Madrid mientras el silencio se asentaba lentamente alrededor de la fotografía extendida sobre la mesa.
Laura Varela aparecía mucho más joven, varios años antes de su desaparición.
Sentada entre aquellas personas desconocidas dentro de la librería El Umbral , observaba directamente hacia la cámara con una expresión imposible de interpretar del todo.
Irene permanecía inmóvil contemplando la imagen bajo la luz amarillenta de la lámpara.
El aire del piso superior seguía impregnado de humedad, polvo y café reciente, y aquella mezcla terminaba de convertir la habitación en un lugar suspendido fuera del tiempo, como si cada objeto hubiera permanecido esperando exactamente a que alguien volviera a mirarlo después de años de silencio.
Hugo apoyó lentamente ambas manos sobre la mesa.
—Laura estuvo aquí.
La frase sonó extraña incluso después de todo lo que ya habían descubierto.
Porque aquello desplazaba otra vez el centro mismo de la investigación.
Laura ya no parecía únicamente una mujer atrapada por el asesino después de conocerlo por azar. La fotografía demostraba que había formado parte de aquel lugar mucho antes de desaparecer y, probablemente, mucho antes de empezar a sentir miedo.
Lucía observaba la imagen con una concentración casi absoluta mientras ampliaba digitalmente varios detalles desde el portátil.
—No parece incómoda.
Irene levantó apenas la vista hacia ella.
Sabía exactamente a qué se refería.
Laura no mostraba miedo.
Ni ansiedad.
Ni esa tensión contenida que Irene había aprendido a reconocer en tantos rostros durante años de investigación.
Parecía escuchar.
Como escuchaban también las demás personas sentadas alrededor del círculo.
La inspectora volvió lentamente la atención hacia la figura masculina situada al fondo de la imagen.
El rostro seguía parcialmente oculto por las sombras y la mala calidad de la fotografía, pero cuanto más tiempo lo observaba, más difícil resultaba ignorar una sensación incómoda de familiaridad.
No conseguía reconocerlo.
Y, sin embargo, había algo extrañamente conocido en su manera de permanecer de pie, tranquilo, mientras el resto parecía reunirse alrededor de sus palabras.
No transmitía autoridad.
Transmitía calma.
Una calma tan serena que terminaba volviéndose peligrosa.
Clara permanecía apoyada contra una de las estanterías sin apartar la vista de la fotografía.
—No era una librería.
La lluvia golpeó suavemente los cristales inclinados del tejado mientras el silencio volvía a instalarse entre ellos.
Porque, una vez más, Clara acababa de poner voz a una idea que Irene llevaba varios minutos sintiendo sin llegar todavía a formularla.
Aquello nunca había sido únicamente una tienda de libros.
La disposición de las mesas.
Las carpetas.
Las fotografías.
Los archivadores.
Las reuniones.
Nada respondía a la lógica de un negocio.
Todo parecía construido para otra cosa.
Para reunir personas alrededor de una misma idea.
—¿Qué crees que era entonces? —preguntó Hugo.
Clara tardó unos segundos en responder.
Mantenía todavía la mirada sobre la fotografía de Laura.
—Un lugar donde encontrar gente como ellos.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire mientras Irene volvía lentamente la vista hacia las estanterías.
Por primera vez dejó de ver libros.
Empezó a ver trayectorias.
Personas que habían llegado hasta allí desde heridas distintas y que, sin embargo, parecían haber encontrado una explicación común para todas ellas.
No sabía si aquello había sido una organización.
Tampoco una secta.
Quizá era algo mucho más difícil de definir.
Un lugar donde determinadas personas terminaban convenciéndose de que existía otra forma de mirar el mundo.
Y una vez aceptada esa mirada, ya no era posible regresar exactamente al lugar del que habían partido.
Lucía continuaba revisando documentos mientras la lluvia seguía resbalando lentamente por los cristales.
Entonces se detuvo.
—Irene...
La inspectora volvió despacio la cabeza hacia ella.
La analista sostenía otra fotografía encontrada dentro de la misma carpeta.
Mucho más reciente.
Irene sintió inmediatamente cómo el corazón comenzaba a latir con más fuerza incluso antes de cogerla.
La imagen mostraba la entrada de la Brigada Central de Homicidios una noche de lluvia.
En primer plano aparecía Clara Montes saliendo del edificio con varios documentos bajo el brazo.
Pero no estaba sola.
Apenas unos pasos detrás de ella, parcialmente oculto entre los reflejos húmedos de la calle y las sombras proyectadas por las farolas, aparecía el mismo hombre del paraguas oscuro.
El anillo metálico brillaba débilmente en la mano izquierda.
Y esta vez el rostro estaba mucho más cerca.
Todavía no lo suficiente para distinguirlo por completo.
Pero sí lo bastante para comprender algo profundamente inquietante.
El hombre no estaba mirando a Clara.
Ni siquiera parecía interesado en la Brigada.
Miraba directamente al objetivo de la cámara.
Como si supiera, desde el mismo instante en que aquella fotografía fue tomada, que algún día terminaría sobre aquella mesa y que serían ellos quienes la contemplarían.