Chapter 26 #3
Cuanto más avanzaban, más evidente resultaba que aquellas personas no habían sido reunidas al azar.
Había pérdidas, duelo, aislamiento.
Profesiones donde el dolor ajeno acababa convirtiéndose también en una carga propia.
Policías.
Médicos.
Psicólogos.
Profesores.
Periodistas.
Personas acostumbradas a convivir demasiado tiempo con heridas que nunca les pertenecían del todo y que, aun así, terminaban formando parte de ellas.
—Esto parece una selección.
El comentario de Hugo quedó suspendido entre las estanterías.
Irene levantó lentamente la vista hacia él.
—No.
El subinspector frunció ligeramente el ceño.
La inspectora dejó pasar unos segundos antes de continuar.
—Parece una búsqueda.
La diferencia cayó pesadamente entre todos mientras la lluvia seguía golpeando los cristales.
Porque Hugo había hablado como un investigador que busca un criterio para elegir víctimas.
Pero Irene empezaba a comprender algo mucho más inquietante.
El hombre detrás de todo aquello no parecía recorrer el mundo buscando personas vulnerables para manipularlas.
Parecía convencido de que determinadas personas existían precisamente porque estaban destinadas a comprender algo que el resto jamás llegaría siquiera a percibir.
Esa convicción convertía todo el caso en algo mucho más peligroso que una simple obsesión criminal.
Clara permanecía quieta junto a las estanterías observando las carpetas abiertas con una expresión cada vez más cansada. Hacía tiempo que había dejado de mirar aquella habitación como una escena del crimen.
Ahora la contemplaba como quien empieza a reconocer lentamente una lógica emocional de la que ya no consigue apartarse por completo.
—Laura me habló una vez de esto.
Irene volvió despacio la cabeza hacia ella.
—¿De qué exactamente?
La periodista tardó unos segundos en responder.
No parecía buscar información.
Parecía buscar el valor necesario para confiar en un recuerdo que durante mucho tiempo había considerado insignificante.
—Me dijo que había personas que pasan la vida sintiendo que algo no termina de encajar dentro de ellas..., como si miraran el mundo desde un lugar distinto al resto y nunca encontraran a nadie capaz de entenderlo.
Irene sintió un escalofrío.
Aquellas palabras se unían sin esfuerzo a las notas manuscritas de las carpetas, a los mensajes encontrados durante toda la investigación y a la manera en que Alicia Berenguer describía al hombre que había conseguido entrar poco a poco en su vida.
“No se acercaba desde el miedo.”
“Ni desde el carisma.”
Se acercaba desde la comprensión y, precisamente por eso resultaba mucho más difícil resistirse a él.
Lucía pasó otra hoja.
Entonces se detuvo.
—Irene...
La analista había encontrado una fotografía antigua doblada cuidadosamente entre varias páginas.
La extrajo con la misma delicadeza con la que se sostiene un documento demasiado frágil y la dejó sobre la mesa bajo la luz amarillenta.
El corazón de Irene golpeó lentamente dentro del pecho.
La imagen mostraba el interior de la propia librería muchos años atrás.
Varias personas permanecían sentadas formando un pequeño círculo entre las estanterías mientras un hombre aparecía de pie junto a una mesa cubierta de libros abiertos.
La fotografía había perdido nitidez con el paso del tiempo. Los bordes estaban oscurecidos y parte de la imagen aparecía velada por antiguas manchas de humedad, pero aun así podían distinguirse varias cosas con claridad.
Nadie parecía discutir y tampoco tomaban apuntes, tan solo todos escuchaban.
Y detrás del hombre, dibujado sobre una pared envejecida por los años, aparecía el mismo símbolo del círculo atravesado por aquella línea imperfecta.
El umbral de la mirada.
Hugo se inclinó inmediatamente sobre la mesa.
—¿Es él?
Irene permaneció varios segundos observando la figura.
El rostro seguía oculto por la escasa calidad de la fotografía y por la sombra proyectada desde la lámpara del techo, pero había algo profundamente inquietante en aquella postura tranquila y en la forma en que el resto dirigía la mirada hacia él.
No parecía un profesor y tampoco un líder.
Se parecía más a alguien que hablaba de algo que los demás ya habían empezado a experimentar dentro de sí mismos.
Como si no estuvieran escuchando una explicación, sino poniendo nombre a una verdad que llevaban demasiado tiempo intentando comprender.
—No lo sé...
La respuesta apenas fue un susurro.
Y entonces lo vio.
En una esquina de la fotografía, casi oculta entre las personas sentadas alrededor del círculo, una mujer joven permanecía ligeramente apartada del resto.
No miraba al hombre.
Miraba directamente al objetivo de la cámara.
Irene sintió cómo algo se tensaba inmediatamente dentro de ella.
Reconoció aquel rostro incluso antes de entender por qué.
Laura Varela.
Pero no era solo eso.
Había algo en su expresión que la dejó completamente inmóvil, no parecía asustada ni confundida, solo sonreía apenas.
Con una serenidad pequeña, casi imperceptible.
Como si, en el instante exacto en que aquella fotografía fue tomada, creyera sinceramente haber encontrado por fin el lugar donde alguien era capaz de comprenderla.