El Evangelio del Asesino (Irene Alarcón 1) Chapter 32
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Chapter 32

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La madrugada comenzaba a abrirse paso lentamente sobre Madrid cuando Irene abandonó la librería con la carta de Samuel Echevarría cuidadosamente guardada dentro de una carpeta de pruebas.

La lluvia había perdido intensidad y ahora descendía sobre la ciudad con la misma paciencia con la que habían ido apareciendo las respuestas durante las últimas horas.

No sentía alivio.

Solo una claridad distinta.

Durante demasiado tiempo había perseguido a un hombre creyendo que caminaba detrás de él.

Ahora comprendía que, en realidad, llevaba semanas recorriendo el camino que ese hombre había preparado muchos años antes.

El trayecto hasta la Brigada transcurrió casi en silencio.

Hugo conducía con la vista fija en la carretera mientras Lucía repasaba una y otra vez las fotografías encontradas en la librería. Clara permanecía inmóvil junto a la ventanilla observando cómo las primeras luces del amanecer comenzaban a diluir lentamente la oscuridad.

Nadie parecía tener prisa por hablar.

Habían descubierto demasiado y, todavía necesitaban comprender cómo encajaban todas aquellas piezas.

Poco antes de las siete de la mañana, la sala de reuniones de Homicidios volvió a llenarse.

Sobre la mesa descansaban ya las carpetas de Samuel, las fotografías recuperadas en la librería, las cartas personales y los informes que Iván había terminado de clasificar durante la noche.

La pared donde durante semanas habían ido apareciendo nombres, fechas y conexiones parecía distinta ahora.

No porque hubiera más información.

Sino porque, por primera vez, comenzaba a existir un centro alrededor del cual todo podía ordenarse.

Irene permanecía de pie frente al panel.

Observó durante unos segundos la fotografía de Samuel Echevarría.

Después la de Laura Varela.

La de Alicia.

La de Clara.

Y, finalmente, la suya.

Entonces habló.

—Nos hemos equivocado desde el principio.

El silencio se instaló inmediatamente en la sala.

Hugo levantó la vista.

—¿En qué?

Irene permaneció unos segundos observando las fotografías antes de responder.

—Llevamos semanas buscando a un hombre que reclutaba víctimas.

Negó lentamente con la cabeza.

—No hacía eso.

Cogió una de las cartas de Samuel.

—Él ya conocía a esas personas antes que ellas supieran que iban a formar parte de su vida.

Lucía frunció ligeramente el ceño.

—¿Cómo?

Irene dejó la carta sobre la mesa.

—Porque también estuvo sentado en esa librería.

Nadie dijo nada.

La inspectora continuó.

—No llegó después de Samuel, llegó con él.

Aquellas palabras cambiaron inmediatamente el sentido de toda la investigación.

Iván comprendió antes que nadie hacia dónde se dirigía el razonamiento.

—Era uno de los asistentes.

—Sí.

Irene asintió despacio.

—No era un visitante ocasional, era uno de los habituales.

Comenzó a caminar lentamente alrededor de la mesa.

—Escuchó durante años hablar del dolor, de la culpa, del duelo, de la necesidad de acompañar a las personas sin imponerles respuestas.

Hizo una breve pausa.

—Y mientras todos los demás aprendían a comprender, él aprendía otra cosa.

La sala permanecía completamente en silencio.

—Aprendía cómo puede entrar una persona en la intimidad de otra.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.

Porque explicaban mucho más que cualquier perfil psicológico elaborado hasta entonces.

El asesino no improvisaba conversaciones.

No manipulaba porque fuera especialmente inteligente.

Lo conseguía porque llevaba años observando a Samuel hacer exactamente lo contrario.

Había estudiado la confianza y el consuelo.

Había estudiado la forma en que una persona abre lentamente aquello que lleva demasiado tiempo escondiendo.

Y después había utilizado ese conocimiento para construir una mentira.

Lucía comenzó a revisar de nuevo varias fotografías.

Entonces se detuvo.

—Irene...

La inspectora se acercó.

La analista había colocado sobre la mesa tres imágenes distintas.

En todas aparecía Samuel.

En las tres podía verse, ligeramente apartado del grupo, al mismo hombre joven.

No destacaba ni hablaba, tampoco ocupaba nunca el centro. Simplemente escuchaba, siempre en el mismo lugar y con la misma expresión tranquila.

Irene inclinó lentamente la fotografía bajo la luz.

Por primera vez el rostro aparecía lo bastante nítido.

Sintió cómo el corazón golpeaba una vez con fuerza.

No lo conocía.

Jamás lo había visto durante la investigación.

No pertenecía a la policía ni aparecía en los expedientes de las víctimas, tampoco figuraba en ninguna de las fotografías recientes.

Había desaparecido mucho antes de que comenzaran los asesinatos y precisamente por eso había conseguido permanecer invisible.

Iván comenzó a revisar inmediatamente los documentos recuperados de la librería.

Pasó varias carpetas, después otras, hasta que encontró una ficha antigua escrita por Samuel.

Solo contenía una fotografía tamaño carnet y unos pocos datos.

Nombre: Julián Ferrer.

Profesión: Profesor de Filosofía.

Primera asistencia a El Umbral: marzo de 1998.

Observación personal de Samuel:

"Escucha más de lo que habla. Extraordinariamente inteligente. Todavía confunde comprender con controlar."

Nadie respiró durante unos segundos.

Irene sostuvo lentamente aquella ficha.

No necesitó leer nada más.

Samuel lo había visto veintiocho años antes, había comprendido el peligro cuando todavía nadie más era capaz de verlo.

Pero ya era demasiado tarde.

Porque Julián Ferrer había aprendido exactamente lo que había ido buscando durante todos aquellos años.

No necesitaba copiar a Samuel.

Le bastaba con parecerse a él el tiempo suficiente para que las personas equivocadas terminaran confiando en él.

De pronto, todos los asesinatos dejaron de parecer la obra de un fanático.

Empezaron a parecer el intento desesperado de un hombre por demostrar que había sido el único discípulo capaz de comprender verdaderamente al maestro.