Nunca he tenido problemas para mantener el control. Mi trabajo exige precisión, decisiones firmes y la capacidad de sostener un imperio que no admite errores.
En mi mundo, todo tiene un plan y todo ocurre exactamente como debe.
Hasta que Carlos Vicuña aparece.
Llega sin pedir permiso, cuestiona cada uno de mis movimientos y convierte el proyecto más importante de mi carrera en un terreno inestable donde nada parece seguro. No sigue normas, no respeta límites y, lo que resulta más incómodo, no duda en enfrentarse a mí en cada decisión.
Trabajar juntos no es una opción, sino una necesidad. Un acuerdo que debe mantenerse firme para evitar que todo se tambalee. La idea es simple: mantener el control, cumplir los objetivos y no cruzar ninguna línea que complique lo que ya de por sí es arriesgado.
El problema es que Carlos nunca ha jugado según las reglas.
Y cuanto más tiempo paso a su lado, más difícil resulta distinguir entre lo que forma parte del plan… y lo que empieza a escapar de él.
Porque hay decisiones que se pueden controlar.
Y otras que, sin darte cuenta, cambian todo lo que creías tener bajo control.












