Un sueño en Coral
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PRÓLOGO
El aire acondicionado de mi oficina, situada en la planta cincuenta de la Torre Portela, zumba con una eficiencia clínica, casi gélida.
Es el único sonido que tolero en este espacio.
Fuera, tras el cristal reforzado que me protege del caos de Brickell, Miami hierve.
El asfalto exhala vaho bajo el sol de las dos de la tarde y el reflejo cegador del Atlántico trepa por las fachadas acristaladas de la competencia.
Aquí dentro, a diecinueve grados exactos, el mundo permanece bajo mi control.
Observo mi reflejo en el ventanal. Mi traje de sastre de Victoria Beckham, de un blanco tan puro que resulta agresivo, no exhibe una sola arruga.
Llevo el cabello recogido en una coleta tan tirante que sospecho que me ayuda a pensar con mayor nitidez.
Soy la encarnación del orden en la ciudad de la improvisación.
El teléfono, sobre el escritorio de mármol de Carrara, vibra. Es él. El León de Coral Gables. Mi padre.
—Papá, dime que tienes buenas noticias sobre los terrenos de Wynwood —suelto nada más descolgar, omitiendo cualquier preámbulo. En mi mundo, los rodeos son para quienes tienen tiempo que perder.
—Lara, mi vida… —La voz de Alberto Portela retumba, cargada de esa autoridad innata que logra que los senadores se enderecen la corbata cuando él entra en una habitación—.
Los inversores de Chicago se están poniendo nerviosos.
Dicen que el precio es ridículo. Que nadie paga eso por un solar que hace diez años era un cementerio de grafitis.
Camino hacia la mesa y deslizo el índice por el borde afilado de una carpeta de cuero. Es un gesto que repito desde los veintidós años; aprendí pronto que acariciar superficies duras me ayuda a modular la voz y mantener la calma.
—Diles que, en una década, ese cementerio será el núcleo cultural del hemisferio sur. Si no pueden costearlo ahora, que regresen a Illinois a construir almacenes de grano. No cedas ni un centavo, papá. Eres Alberto Portela. El hombre que levantó la mitad de este horizonte.
Escucho un suspiro profundo al otro lado de la línea.
Lo imagino con total nitidez: sentado en su estudio forrado de caoba, rodeado de trofeos de golf y fotografías con alcaldes, luciendo su Patek Philippe como una pieza de su armadura.
Ante el público, mi padre es un titán. Un hombre de hierro que desayuna clavos y escupe rascacielos.
Sin embargo, yo conozco la realidad. Distingo el leve crujido de una bolsa de plástico de fondo.
—¿Estás comiendo chicharrones, papá?
—¡Solo uno, Lara! Beatriz me tiene a base de zumos verdes que huelen a césped recién cortado. Me estoy muriendo de hambre en mi propia casa.
Sonrío a mi pesar. Esa es la verdadera dinámica de los Portela. Mi padre domina la ciudad, pero en la mansión de Coral Gables es un refugiado político que intenta contrabandear comida frita entre los cojines del sofá.
—Si mamá te pilla, no podré ayudarte —le advierto—. Posee un instinto especial para detectar las grasas trans. Y recuerda, esta noche tenemos la cena con el nuevo consultor que has contratado. ¿De verdad es necesario? Puedo manejar la estrategia de la fase dos yo sola.
—Es imprescindible, hija. El negocio crece a un ritmo que empieza a asustarme y necesito a alguien externo, alguien con una visión fría. Además, Beatriz insiste en que necesitas… ayuda.
—¿Ayuda? —Me tenso de inmediato. Esa es la palabra clave que mi madre utiliza cuando quiere decir «un marido»—. Papá, si esto es otra emboscada para presentarme a un heredero aburrido con un yate y el coeficiente intelectual de una palmera, te juro que…
Un sonido seco corta mi frase.
Clac.
Aun a través del auricular, el estruendo del abanico de seda de mi madre al cerrarse de golpe me eriza la piel. Es el sonido de la ejecución definitiva. El fin de toda democracia en los dominios de los Portela.
—Tengo que colgar, Lara. Tu madre acaba de entrar en el estudio y… ha visto la bolsa de chicharrones.
—Buena suerte, soldado —susurro antes de que la comunicación se corte.
Dejo el teléfono y me permito un segundo de debilidad al apoyar las palmas sobre el mármol frío.
La gente cree que soy la heredera afortunada, la Princesa de Brickell.
No entienden que mantener la fachada de poder de mi padre requiere un esfuerzo sobrehumano.
Él es el rostro, el rugido. Yo soy los cálculos, las cláusulas de rescisión y quien se asegura de que sus miedos no escapen de las cuatro paredes de su mansión.
Y mi madre… Dios, Beatriz Portela. Ella es la verdadera arquitecta. No necesita alzar la voz ni firmar contratos. Le basta con ese abanico y un silencio capaz de congelar el sol de Miami en pleno agosto. Ella es quien ha decidido que hoy entre un extraño en nuestro ecosistema. Un tal Carlos Vicuña.
El nombre me suena a película italiana de serie B. No me gusta nada.
Consulto mi reloj. Son casi las tres. Debo cruzar la ciudad para una reunión antes de la cena familiar. Me aliso la chaqueta, reviso mi labial en el espejo —un rojo tan intenso que parece sangre de inversor— y recojo las llaves.
Salgo de la oficina con el paso firme de quien sabe que el mundo es un escenario y ella posee el papel principal. Los empleados se apartan a mi paso, bajan la mirada y murmuran saludos de cortesía. Me agrada ese murmullo. Es el sonido del respeto mezclado con un saludable matiz de terror.
Bajo al garaje, donde mi Mercedes Clase G negro me espera como un tanque de lujo. Me acomodo en el asiento, cierro la puerta y el silencio vuelve a envolverme. Este es mi santuario. Aquí mando yo.
Arranco el motor. El rugido me resulta reconfortante.
Mientras me incorporo a las calles congestionadas de Miami, experimento esa adrenalina familiar.
El calor golpea el parabrisas y el tráfico de la I-95 se perfila como una pesadilla de metal, pero nada logra empañar mi ánimo.
Tengo el contrato de Wynwood casi cerrado, a mi padre bajo control y a mi madre satisfecha porque asistiré a su cena.
«Todo está exactamente donde debe estar».
No tengo la menor idea de que, en algún lugar de esta ciudad húmeda y ruidosa, un hombre sobre una Vespa está a punto de dinamitar mi trayectoria con un poco de zumo de mango y una sonrisa de absoluta insolencia.
No sé qué hoy es el último día en que seré la dueña absoluta de mi propio destino.
Ajusto mis gafas de sol, meto la marcha y me lanzo al tráfico de Miami.
Que empiece el juego.