UNO
El tráfico de Miami es una entidad viva.
Una bestia de metal y monóxido de carbono que exhala su aliento fétido sobre el asfalto ardiente de la MacArthur Causeway.
Estoy atrapada en sus entrañas. Mi Mercedes Clase G es un búnker de lujo, pero ni siquiera el aislamiento doble de los cristales logra acallar el rugido de frustración que me golpea el pecho.
Consulto el reloj del salpicadero: las tres y cuarto.
Mi reunión en South Beach con los inversores rusos comienza en quince minutos y me encuentro a tres kilómetros de distancia, rodeada de turistas en coches de alquiler que desconocen la existencia de los intermitentes y camiones de reparto que bloquean cualquier escapatoria.
—Mueve ese trasto, imbécil —le exijo al conductor del sedán plateado que me precede, aun sabiendo que mis palabras mueren contra el parabrisas.
Golpeo el volante con la palma de la mano, con la precaución justa para no comprometer mi manicura.
Fuera, el termómetro marca treinta y seis grados con una humedad del noventa por ciento; ese clima sofocante que transforma el aire en una sopa densa.
Sin embargo, en mi refugio climatizado, el traje blanco permanece impoluto.
Es mi declaración de guerra, mi orden personal contra el caos del mundo.
De pronto, un zumbido agudo rasga el murmullo del tráfico.
Por el retrovisor lateral distingo una mancha de color crema que se desliza entre las hileras de vehículos con una agilidad que me resulta insultante.
Es una Vespa. Una motocicleta vintage, ridícula y pretenciosa, conducida por un hombre que parece carecer de una sola preocupación sobre la faz de la tierra.
Se detiene justo a la altura de mi ventanilla cuando un camión de mudanzas le corta el paso. Se sube la visera del casco y, por un segundo, me quedo sin aliento.
No es el tipo de hombre que uno esperaría encontrar sobre una moto pequeña. Posee unos hombros anchos bajo una camisa de lino azul claro, remangada con un descuido demasiado perfecto para ser fortuito, y una mandíbula tan afilada que podría cortar los cables de acero de este puente.
Él me mira. No, me escruta. Sus ojos, de un marrón intenso que centellea bajo el sol de Florida, recorren la carrocería de mi coche, se detienen en mi traje y finalmente se clavan en mis pupilas, ocultas tras unas gafas de sol de mil dólares.
Entonces, hace lo impensable: sonríe. Es una mueca ladeada, cargada de una arrogancia que me enciende la sangre. Algo en mi estómago se tensa de una forma que me niego a reconocer.
Bajo la ventanilla. El bochorno de Miami invade mi búnker como una bofetada húmeda, pero no me amilano. Necesito que me escuche.
—¿Te parece divertido? —le pregunto, con la voz impregnada de ese veneno aristocrático que he perfeccionado con los años.
Él apoya un pie en el asfalto, manteniendo el equilibrio del vehículo con una gracia exasperante.
—Divertido no es la palabra, Reina del Hielo —responde. Su voz es profunda, con un acento español que no logro ubicar y un tono burlón que me eriza la piel—. Pero observar a alguien tan… tensa, en un coche tan grande mientras la vida le pasa de largo, tiene su punto cómico.
—Estás bloqueando el paso —replico, ignorando el dardo—. Si conduces ese juguete es para moverte, no para quedarte ahí admirando el paisaje. Algunos tenemos reuniones de importancia.
—Ah, reuniones. —Repite el término como si yo acabara de mencionar un festival de marionetas—. El mundo se acaba si llegas tarde a firmar un papel, ¿verdad? Por cierto, tienes una mancha en el cuello.
Instintivamente, me llevo la mano a la solapa.
No hay nada. Cuando recupero el contacto visual, su sonrisa se ha ensanchado.
Es un truco de patio de colegio y he caído como una principiante.
Siento el calor escalando por mis mejillas.
Lo peor es que no sé si se trata de rabia o humillación.
Lo peor, en realidad, es que sospecho que no es ninguna de las dos cosas.
—Eres un imbécil arrogante —espeto.
—Y tú tienes un coche demasiado limpio para una ciudad tan sucia. —Señala con el pulgar hacia el frente—. El camión avanza. Tu turno, capitana.
«Capitana». Lo dice como si fuera una confidencia, un secreto compartido entre los dos. Como si ya me conociera.
En ese instante, el tráfico da un tirón brusco.
El hombre de la Vespa arranca, pero se ve obligado a maniobrar rápido para evitar un Jeep que intenta cambiar de carril sin señalizar.
En el soporte de su moto descansa un vaso de plástico grande, uno de esos batidos de mango que despachan en la Calle Ocho, de un color naranja casi fluorescente.
Al esquivar el Jeep, el vaso —cuya tapa no debía de estar bien ajustada— sale despedido.
Todo sucede en una macabra cámara lenta. Observo el arco naranja dibujarse en el aire. El tiempo se detiene mientras el batido vuela hacia mi ventanilla abierta. El impacto es certero.
El líquido espeso y pegajoso aterriza directamente sobre mi hombro izquierdo, salpicándome el cuello, el cabello y dejando un rastro viscoso sobre el cuero napa blanco del asiento.
El aroma a mango dulce satura el habitáculo.
Me quedo paralizada, con el pulso errático y las manos soldadas al volante.
Siento el frío del batido filtrándose por la seda de mi camisa, pegándose a mi piel como una traición.
El tipo de la Vespa se detiene un segundo. Analiza el desastre. Luego me mira a mí. Por un breve instante, detecto una chispa de sorpresa genuina en su rostro, pero desaparece con la misma rapidez con la que llegó, sustituida por esa maldita diversión.
—Lo siento —grita por encima del estruendo de los motores—. Te mando la factura de la tintorería si me das tu número.
—¡Te voy a matar! —grito, recuperando por fin el habla—. ¡Vuelve aquí ahora mismo, pedazo de animal!
Pero él ya ha acelerado. Zigzaguea entre los coches con una pericia criminal, desvaneciéndose en el mar de metal antes de que yo logre siquiera plantearme salir del vehículo.
Me quedo allí, sola, empapada de fruta, con el corazón martilleando contra las costillas.
Bajo la vista hacia mi hombro. El traje blanco parece ahora el lienzo de un artista abstracto en plena crisis nerviosa.
La reunión con los rusos es historia. Mi imagen de mujer de hierro se ha disuelto en puré de mango.
Cojo el teléfono con los dedos pegajosos y marco el número de mi asistente.
—Sofía, cancela a los rusos.
—Señorita Portela, están… están esperándola en el hotel. Ya llevan veinte minutos de retraso.
—Pues diles que me ha atropellado un cretino en Vespa y que, si se marchan ahora, les firmaré un uno por ciento menos de comisión en el próximo acuerdo. —Respiro hondo—. Y pide cita urgente con Manolo en la tintorería de Aventura. O esta chaqueta sobrevive, o rodará una cabeza.
Cuelgo. Observo mi reflejo en el retrovisor. Una gota de mango desciende por mi cuello como si fuera sangre tropical. Y lo peor de todo, lo verdaderamente insoportable, es que no puedo desterrar de mi mente la sonrisa ladeada de ese imbécil.
Sus ojos marrones analizándome como si yo fuera un edificio en ruinas que necesitara una reforma integral. Esa palabra, «capitana», pronunciada con un acento que no termino de ubicar pero que, por alguna razón absurda, se me ha instalado entre las costillas.
Aprieto el volante con fuerza. Respiro con lentitud. Soy Lara Portela. Tengo treinta y un años, un despacho en la planta cincuenta y una regla inquebrantable: nadie ensucia mi traje blanco.
Acaban de romper las tres.
No sé si es el calor, la humillación o el azúcar pegajoso que me recorre el pecho, pero presiento que algo ha cambiado.
Un engranaje ha girado un grado en una dirección que yo no he autorizado.
Pongo el aire acondicionado al máximo y reanudo la marcha.
Tengo una cena familiar en tres horas. Un consultor nuevo al que triturar.
Una madre a la que enfrentar. Un padre al que proteger de sí mismo.
Lo primero: una ducha, un traje de repuesto y un lápiz de labios aún más rojo. Lo segundo: olvidar al imbécil de la Vespa. Lo haré. Por supuesto que lo haré. Lara Portela nunca olvida nada, pero sí decide qué merece ser recordado.
Y a ese cretino pienso borrarlo de mi cabeza antes de cruzar los límites de Coral Gables.
Eso es lo que me digo mientras abandono la MacArthur Causeway oliendo a puesto callejero. Es lo que me repito durante los veinte minutos que tardo en llegar a mi ático y lo que me aseguro a mí misma bajo el agua de la ducha, mientras los restos anaranjados desaparecen por el desagüe.
Lo que no me atrevo a decirme —porque eso supondría claudicar— es que, por primera vez en cuatro años, hay un hombre en mis pensamientos que no trabaja para mí, que no invierte conmigo y que no me debe absolutamente nada.
Y eso, para una Portela, ya representa un peligro catastrófico.