Un sueño en Coral DOS
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DOS

La mansión de Coral Gables exhala un aroma a jazmín y a historia mal digerida. Es mi hogar —o lo fue durante veinticinco años— y, sin embargo, cada vez que cruzo la verja de hierro forjado con el escudo de los Portela, siento que me interno en una embajada aliada en tiempos de paz tensa.

La luz del atardecer tiñe de rosa las columnas blancas de la fachada.

Los jardineros se afanan en regar los macizos de hibiscos antes de que aparezca el último invitado; Beatriz Portela detesta el sonido del agua corriendo durante una cena.

Sostiene que el ruido distrae la conversación.

Mi madre tiene teorías para clasificar absolutamente todo, incluso lo imperceptible.

Ernesto, el mayordomo que lleva en la casa desde que yo usaba pañales, me abre la puerta con su habitual parsimonia.

—Señorita Lara. Los señores la esperan en el salón azul. El invitado acaba de llegar.

—¿Puntual? —inquiero, entornando los ojos.

—Cinco minutos antes de la hora, señorita.

Mala señal. Los consultores puntuales suelen ser hombres que piensan demasiado.

Avanzo por el pasillo de mármol. El retrato al óleo de mi abuelo, con su perenne mirada de tiburón, me vigila desde la consola.

Mis tacones de aguja repican contra el suelo como metrónomos de alta gama.

Alcanzo el salón azul, llamado así por sus paredes tapizadas en damasco índigo y no porque el ambiente sea melancólico.

Los Portela no somos tristes; somos funcionales, implacables y, cuando la ocasión lo requiere, letales.

Lo que sucede al entrar me toma exactamente dos segundos procesarlo.

Mi padre permanece de pie junto a la chimenea apagada, con una copa de whisky en la mano, riendo a mandíbula batiente.

Mi madre, entronizada en su butaca de terciopelo crema, mueve su abanico con una lentitud victoriosa.

Y el tercer hombre de la estancia, de espaldas a mí, viste un traje azul noche que le sienta demasiado bien para pertenecer a un consultor.

Tiene el cabello ligeramente desordenado, con ese aire de quien acaba de despojarse de un casco.

Se gira.

Sus ojos marrones se clavan en los míos. Durante una fracción de segundo detecto sorpresa en su rostro. Luego, ese destello se transforma en algo que se parece peligrosamente al regocijo.

—Lara, mi vida —exclama mi padre, ajeno al estruendo del universo derrumbándose a mi alrededor—, te presento a Carlos Vicuña. Nuestro nuevo consultor estratégico.

No puede ser. Simplemente, es imposible.

Mi cerebro, adiestrado para gestionar simultáneamente tres hojas de cálculo y una crisis con inversores, se bloquea ante la evidencia. Es el hombre de la Vespa. El del batido de mango. El mismo que me llamó «capitana» con una familiaridad irritante.

Carlos Vicuña da un paso hacia mí. Mantiene esa sonrisa ladeada, pero ahora sé leerla: no es pura arrogancia, es la expresión de alguien que hace esfuerzos titánicos para no carcajearse frente a su nueva jefa.

—Señorita Portela —dice, tendiéndome la mano—. Un auténtico placer conocerla. Por fin.

Ese «por fin» es un puñal envuelto en seda.

Le devuelvo el saludo. Mi padre sigue concentrado en servir más whisky, pero mi madre ha detenido el abanico a un cuarto de su recorrido.

Me observa con esa expresión que reserva para cuando una jugada le sale incluso mejor de lo previsto.

Lo mira a él, me mira a mí y retoma el movimiento del encaje.

«Lo sabe. Ella lo sabe todo».

—Encantada, señor Vicuña —respondo, activando mi registro de junta de accionistas. Fría, medida, milimétrica. Estrecho su mano con firmeza y la retiro un segundo antes de lo que dictaría la cortesía—. Tiene usted un estilo de conducción… difícil de olvidar.

Él ni siquiera parpadea.

—Y usted posee unos reflejos admirables ante los imprevistos de la vida.

—¿Os conocíais ya? —pregunta mi padre, captando al fin la tensión ambiental.

—Brevemente —sentencio yo.

—De pasada —añade él al unísono.

Mi madre deja escapar un leve clac con el abanico. Sonríe como un felino que acaba de localizar un canario particularmente suculento.

—Qué coincidencia tan encantadora —murmura—. Miami es un pañuelo.

—Miami es un campo minado —corrijo, sentándome frente a ella con una parsimonia diseñada para retomar el mando—. Y me gustaría saber cuándo se decidió la contratación del señor Vicuña, papá. Según recuerdo, nuestra última charla sobre consultoría externa fue en enero.

—Fue tu madre quien lo localizó —admite mi padre mientras me ofrece una copa de vino blanco—. Insistió mucho. Y tras revisar su trayectoria… bueno, hija, este hombre tiene un currículum que habla por sí solo.

—Papá, me habría gustado analizar el dossier antes de este encuentro.

—Ya lo ha hecho el consejo esta mañana —interviene mi madre con una dulzura letal—. Por unanimidad.

Unanimidad. Eso implica que mi tío, mi prima —que ocupa el sillón que por derecho me pertenece—, el consejero sueco y los primos que siempre votan lo que ella dicta han dado luz verde a la presencia de Carlos Vicuña en mi empresa. Me han tendido una emboscada en toda regla.

Miro a Carlos. Él sostiene mi mirada sin sombra de disculpa. Hay algo mucho más molesto en sus ojos: una diversión paciente. Como si pudiera escuchar los engranajes de mi mente planeando su despido antes de llegar al postre.

—Señor Vicuña —anuncio—, antes de continuar, necesito cambiar unas impresiones con usted. En el estudio, si los señores nos lo permiten.

Mi padre frunce el entrecejo.

—Lara, la cena se sirve en diez minutos.

—Serán cinco, papá.

Me pongo en pie y él me sigue. Mi madre despliega el abanico con una floritura satisfecha, acomodándose para disfrutar del segundo acto de la función.

Camino hacia el estudio sin volver la vista.

Escucho sus pasos tras de mí: largos, tranquilos, de alguien que no siente la necesidad de correr.

Esa calma me enfurece más que el propio batido.

Cierro la puerta del despacho y me encaro con él. Está a escasa distancia, con las manos en los bolsillos, observándome con esa serenidad que ya sospecho que es su arma más letal.

—Señor Vicuña —comienzo, bajando la voz lo justo para que no trascienda a las paredes de la casa—, no sé qué pretendía con su actuación de esta tarde, pero le garantizo algo: mañana a las nueve en punto firmará la rescisión de su contrato.

Se marchará de Portela International con una indemnización generosa a cambio de olvidar este incidente.

Él ladea la cabeza, como si analizara una curiosidad botánica.

—Una oferta interesante. ¿Me permite una contrapropuesta?

—No.

—Se la daré de todos modos. —Acorta la distancia con medio paso.

Lo justo para que note el contacto inminente de mi espalda con la madera de la puerta—.

Mañana a las nueve estaré en su oficina con el proyecto Wynwood revisado, con tres mejoras estructurales que elevarán la rentabilidad un doce por ciento y con un café que usted aceptará porque, aunque no me soporte, sabe interpretar un balance de resultados.

—No necesito sus consejos.

—Sí los necesita. —Lo dice sin elevar el tono, manteniendo esa sonrisa que me eriza la piel—.

Lo del batido fue un accidente fortuito.

Lo lamento, aunque confieso que me he reído después.

Pero mi presencia aquí no tiene nada de accidental.

Su madre me contactó hace tres semanas tras leer mis artículos en Architectural Review .

Estudió mi dossier de ochenta páginas y me contrató porque sabe que su proyecto de Wynwood necesita a alguien que se atreva a decirles cuándo se están equivocando.

—Wynwood no es un error.

—Lo es. Y no necesito planos para saberlo. Lo están enfocando como una extensión de Brickell y Wynwood es el futuro distrito cultural del sur del país. Van a levantar un bloque de oficinas de lujo que asfixiará la zona en menos de dos años.

Guardo silencio. No por falta de argumentos, sino porque ninguno de los que tengo preparados es superior a la lógica que acaba de desplegar en cuarenta segundos. Para mí, esto es una derrota insufrible.

—Señor Vicuña —respondo al fin, suavizando el tono—, lo que usted ignora es que yo ya soy consciente de todo eso.

Por primera vez, detecto un atisbo de sorpresa genuina en sus ojos.

—¿Lo sabe?

—Lo sé. Y también sé que, si presento esa objeción ante mi padre sin un respaldo externo, la desestimará en un suspiro. Mi madre, que es bastante más astuta que todos nosotros, lo ha traído para proporcionarme ese flanco de defensa. Así que, técnicamente, estamos en el mismo bando.

—Me complace escucharlo.

—No se confíe. No suelo trabajar con gente que me rocía con batidos desde una Vespa. Si pretende durar más de tres semanas, las reglas las dicto yo. Aquí y ahora.

—Soy todo oídos.

—Primero: no volverá a llamarme «capitana». Jamás. Segundo: su vínculo con esta familia pasa exclusivamente por mi despacho. Si mi madre lo invita, declina. Si mi padre lo llama, me informa. Y tercero: en este proyecto usted propone y yo decido. Nunca al revés.

Carlos me estudia durante un silencio eterno. Entonces, extrae la mano del bolsillo y me la ofrece.

—Trato hecho, señorita Portela. Con una única matización.

—No admito correcciones.

—Esta sí. —Su sonrisa se vuelve más afilada—. Cuando usted se equivoque, se lo diré. No ante sus padres ni ante el consejo, sino a solas. Lo diré una vez; si decide no escuchar, será su responsabilidad. Pero no me pagan por callar lo que pienso.

Observo su mano. Es grande, de dedos largos, con una pequeña cicatriz en el nudillo del índice. Uñas limpias, de alguien que trabaja con planos y maquetas. Se la estrecho. Esta vez, corto el contacto en el momento exacto que marca el protocolo.

—Trato hecho. Y ahora, si me disculpa, nos esperan para cenar ceviche. Mi madre le preguntará dónde nació, si está casado y qué opina del matrimonio. Sobreviva como pueda.

—¿Algún consejo de supervivencia?

—Mienta en la última pregunta. Nos facilitará la noche a todos.

Salgo al pasillo sin esperarlo. Mientras camino hacia el comedor, con el pulso todavía acelerado, me repito tres verdades.

Una: Carlos Vicuña durará lo que yo determine. Dos: no me ha afectado lo más mínimo que me hablara a escasos centímetros de la cara. Tres: mañana tendré mi propio café sobre la mesa antes de que él cruce la puerta.

Sé que ninguna de las tres es cierta, pero las necesito para entrar en el comedor con la cabeza bien alta.

Y entro.