TRES
El loft huele a café recalentado y a pintura fresca.
Llevo dos semanas enfrascado en la pared del fondo, tratando de lograr un azul que, según mi hermana, es azul Klein, y según mi propio criterio es un azul cualquiera.
Son las once y media de la noche. Acabo de regresar de la cena en Coral Gables y todavía visto la camisa que me recomendó mi asistente para impresionar a los Portela.
No me la pondré nunca más; me roza el cuello y me hace parecer, en palabras exactas de Beatriz Portela, «tan formal como un embajador noruego».
La cocina abierta fluye hacia el salón, y este desemboca en un ventanal de cinco metros desde el que las luces de Miami se recortan contra el firmamento negro.
Lo compré por esa vista. Todo lo demás —las paredes blancas, la mesa de madera recuperada, la única planta que he logrado mantener viva dos años— es simple atrezo. El ventanal es mi pieza maestra.
Me sirvo un vaso de agua del grifo. Abro la nevera.
La cierro sin extraer nada. Doy dos pasos hacia el cristal y me quedo contemplando la ciudad.
No es un gesto sentimental; lo hago cuando un problema me ronda la cabeza y no sé por dónde abordarlo.
El ventanal actúa como una pizarra en blanco: me permite ordenar el caos.
El problema, esta noche, se llama Lara Portela.
Y no me refiero al desafío profesional, que veo con absoluta nitidez.
Tengo un proyecto de desarrollo urbano en Wynwood mal planteado, una familia con el capital necesario para enderezarlo, una madre con criterio que me ha contratado para lograrlo y un patriarca de la vieja escuela al que tendré que convencer con una calculadora en lugar de una maqueta.
Y luego está la heredera, que es, sin exagerar, la ejecutiva más brillante que me he cruzado en seis años en Miami.
Lara no es una niña rica con un cargo de adorno; procesa la información más rápido que la mayoría de los hombres con los que negocié en Barcelona y lo hace, además, vestida como si fuera a una audiencia papal.
Esa es la parte técnica. Tengo el cuadro completo. Lo que se me escapa es todo lo demás.
Porque esta tarde, cuando esa mujer bajó la ventanilla del Mercedes en la MacArthur Causeway y me lanzó esa mirada de desprecio glacial tras sus gafas de sol, experimenté algo que llevaba tres años sin sentir.
No fue una simple atracción. Fue algo más preciso y perturbador: fue interés.
Interés real, del que desbarata cualquier agenda.
Ha habido mujeres en este tiempo, por supuesto.
Miami desborda belleza y yo no soy ni un monje ni un necio.
Pero desde lo de Barcelona, desde que Diego firmó en solitario el proyecto que levantamos juntos durante dos años y se quedó con el nombre, con el estudio y con la mujer que yo creía mía, algo se apagó en el apartado de la confianza.
No en el del deseo, sino en el de la fe en el otro.
Y el deseo sin confianza no es más que una noche breve. He tenido bastantes de esas.
Sin embargo, observar a alguien y pensar «quiero saber qué se le pasa por la cabeza cuando se queda sola» pertenece a otra categoría.
Eso es exactamente lo que me ocurrió esta tarde cuando esa mujer de traje blanco, empapada en mango, me gritó que me iba a matar desde el coche.
Se me antojó que me gustaría descubrir cómo maldice cuando no tiene público.
Es una idea peligrosa.
Suelto una carcajada breve en mitad del salón, sintiéndome un poco idiota. Doy un trago al agua.
—Carlos —me digo en voz alta, una costumbre que mantengo en soledad—, acabas de buscarte una complicación innecesaria.
La complicación es la siguiente: Beatriz Portela, que me contrató por teléfono hace tres semanas y a la que hoy he conocido en persona, lo ha captado todo.
Ha presenciado cómo su hija entraba en el salón azul y cómo yo procesaba que la mujer del batido era la vicepresidenta.
Ha visto a Lara asimilar que yo era el nuevo consultor y ha cerrado el abanico en el segundo exacto en que las piezas encajaron.
Durante la cena, mientras Lara intentaba acorralarme con tecnicismos, Beatriz me sirvió una segunda copa de vino y me preguntó, con una suavidad que me puso sobre aviso, si mis padres seguían en Barcelona o se habían mudado con mis hermanos a Argentina. Lara casi se atraganta con el ceviche.
Esa mujer es temible. Y su hija lo es todavía más, aunque por razones distintas.
Me hundo en el sofá y saco el móvil. Tengo tres mensajes de mi hermana desde Buenos Aires y uno de Mateo, mi mejor amigo aquí, preguntándome por la cena. Le respondo a él primero.
«Bien. Complicada. Mañana te cuento».
El indicador de escritura parpadea durante diez segundos.
«¿Complicada de las buenas o de las malas?».
Lo medito un instante.
«De las que se acuerda uno dentro de veinte años».
Envío el mensaje y dejo el teléfono boca abajo sobre la mesa.
Levanto la vista y el ventanal me devuelve mi propio reflejo: barba de tres días, el cabello aplastado por el casco y ojeras.
Tengo treinta y cinco años y hace cuatro horas he conocido a una mujer que me ha dedicado los últimos quince minutos de la cena familiar mirándome como si fuera una errata en un contrato.
Y, sin embargo…
Cuando la vi entrar en el salón azul, con el cabello suelto sobre los hombros —porque esta tarde en la Causeway lo llevaba recogido, sí, me fijé— y ese vestido verde esmeralda que le sentaba como una segunda piel, durante dos segundos exactos deseé que lo del batido no hubiera sido un accidente.
Ojalá todo esto —Miami, Wynwood, los Portela, mi presencia en esta ciudad— tuviera el propósito subterráneo de que ella y yo acabáramos chocando hoy.
Pasados esos dos segundos, volví a la madurez.
Hay dos obstáculos insalvables. El primero es jerárquico: es mi jefa.
No estrictamente, pues soy consultor externo vinculado a Alberto por contrato, pero Lara es la interlocutora de cada decisión.
El éxito de los próximos siete meses depende de que nos entendamos.
Si empiezo a ver a Lara Portela de otra forma que no sea profesional, el proyecto se irá al traste.
El segundo problema es más incómodo: es exactamente el tipo de mujer que, tras lo sucedido en Barcelona, representa una pésima idea.
Lara es control. Es apellido. Es una estructura familiar con tres generaciones de peso y un consejo de administración implacable.
Es todo lo contrario a lo que debería atraer a un tipo que lleva tres años huyendo de los despachos con nombres de linaje en la puerta.
Y, a pesar de todo, me atrae.
No es un capricho. Me atrae cómo se plantó en el despacho de su padre para decirme, con esa voz baja y gélida, que ella dictaría las normas.
Me atrae que no parpadeara cuando le devolví el envite.
Me atrae el momento en que estreché su mano y la retiró justo cuando marcaba el protocolo: ni un instante antes, ni uno después.
Lo hizo para demostrarme que no estaba nerviosa, lo cual es la prueba definitiva de que sí lo estaba.
Me pongo en pie y me sirvo un dedo de whisky en la cocina, algo inusual en mí a estas horas. Regreso al sofá, me quito la camisa de embajador por la cabeza y me quedo en camiseta. Así respiro mejor.
Abro el portátil sobre las rodillas. Debo preparar la jornada de mañana.
Le prometí a la señorita Portela —hay que pronunciarlo con una mezcla de reverencia y sorna— que llegaría a las nueve con tres mejoras estructurales, el dossier revisado y un café.
Es la única promesa honesta que puedo hacerle.
Cualquier otra sería una trampa para mí mismo.
Me sumerjo en el proyecto Wynwood. Páginas y páginas de plantas, secciones y presupuestos. El diseño es correcto, pero la concepción es errónea. Es un Lamborghini con motor de tractor: funciona, pero no para cumplir su destino.
Trabajo durante dos horas. Logro desterrar a Lara de mi mente, o al menos a su versión personal.
Me concentro en la profesional, calculando cómo presentarle los cambios sin que los rechace por puro instinto territorial.
Lara necesita sentir que ha llegado a la conclusión antes que yo.
Debo redactar las propuestas de modo que parezca que se las estoy mostrando para su validación, no imponiéndolas.
A las dos menos cuarto doy por terminada la tarea. Cierro el portátil y voy al dormitorio. Me desplomo en la cama sin deshacer y clavo la vista en el techo.
Entonces sí, durante un minuto y medio, permito que Lara Portela regrese.
Pienso en la mujer de la Causeway. En su expresión cuando el batido impactó en su hombro.
En la boca entreabierta, los ojos estupefactos tras las gafas y ese segundo de incredulidad absoluta antes de que se activara su modo de furia corporativa.
Pienso que las mujeres como ella no se dejan querer; se dejan conquistar. Y yo no tengo la menor idea de cómo se conquista a alguien que ya está convencida de poseerlo todo.
Pero mañana a las nueve estaré en su oficina con un café en la mano. Eso sí puedo cumplirlo.
Apago la lámpara. El sueño me vence en cinco minutos.
Lo último que cruza mi conciencia, ya en la penumbra del sueño, es que la próxima vez que compartamos una habitación, me aseguraré de estar yo más cerca de la puerta que ella.
Porque cuando sintió mi cercanía en el estudio de su padre, su respiración se aceleró.
Lo noté perfectamente, aunque no hizo ni un solo gesto.
Y si ella aún no sabe que el pulso la delata, no seré yo quien se lo diga. Todavía.