Un sueño en Coral CUATRO
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CUATRO

A las ocho y cincuenta y cinco de la mañana ya tengo el café en la mano.

No es mi pedido habitual. Suelo encargarle a Sofía un flat white de la cafetería de la planta baja, pero hoy me he levantado a las seis y diez.

He bajado al gimnasio del edificio, he corrido cuarenta minutos a un ritmo que habría hecho palidecer a mi entrenador, me he duchado dos veces y he llegado al despacho a las ocho en punto con un café doble preparado por mí en la máquina italiana de la sala de juntas.

Nadie va a traerme nada hoy. Ni siquiera el azar.

Visto un traje de sastre gris marengo, no blanco.

Es una decisión que tomé a las siete y veinte, frente al vestidor, y que he preferido no someter a escrutinio.

El gris es un tono profesional, neutro, incontestable.

Si el blanco de ayer fue una declaración de principios —«nadie me ensucia»—, el gris de hoy es puramente estratégico: «no te concederé la oportunidad de intentarlo».

Son dos gestos distintos; el primero nace del orgullo, el segundo del cálculo.

Y desde que he abierto los ojos esta mañana, no he dejado de calcular.

A las ocho y cincuenta y nueve, llaman a la puerta.

—Adelante.

Carlos Vicuña entra con un café en la mano.

Por supuesto que lo hace. Viste camisa blanca, vaqueros y una americana azul marino que le sienta bien, aunque no logra evitar que parezca exactamente lo que es: un hombre que considera el código de vestimenta corporativo como una sugerencia opcional.

Bajo el brazo sujeta una carpeta de cartón con una goma elástica. De cartón.

En este santuario estético de mármol de Carrara, cristal y titanio cepillado, ese objeto es casi una ofensa.

—Buenos días, señorita Portela. —Deposita el vaso en el borde de mi escritorio sin pedir permiso.

Es un café de una cafetería de Wynwood que yo jamás frecuento.

En la tapa hay un corazón dibujado con rotulador—.

He descubierto que usted no toma café azucarado, así que le he traído uno solo, sin leche; lo más parecido a una amenaza caliente que despachan en esa calle.

Observo el vaso. Luego el mío: el italiano, el correcto, el que he elaborado yo misma.

—Ya tengo café, señor Vicuña.

—Lo veo. El mío es un refuerzo. Cuando el suyo se enfríe —y se enfriará, porque esa expresión suya significa que no se permitirá ni tres sorbos en la próxima hora—, hágamelo saber. Empezamos con mal pie, pero sostengo que dos cafeteros con criterio siempre hallan un terreno común.

—No soy cafetera.

—Lo es. Créame.

Se acomoda en la silla frente a mi escritorio sin aguardar invitación alguna. Respiro hondo. Una, dos veces.

—Señor Vicuña.

—Carlos.

—Señor Vicuña —insisto—. Son las nueve y un minuto.

Dispone de treinta minutos para presentarme las tres mejoras estructurales que prometió anoche.

A las nueve y treinta y uno tengo otra reunión.

Si logra convencerme de alguna, discutiremos el siguiente paso.

De lo contrario, formalizaremos la rescisión de su contrato esta misma mañana con una indemnización que ambos consideraremos justa.

Él asiente sin inmutarse. Abre la carpeta y extrae tres folios impresos. Ni diez, ni cien. Tres.

Los deposita frente a mí, orientados en mi dirección.

Es un detalle profesional. Lo habitual es que los hombres coloquen los documentos mirando hacia ellos mientras leen el resumen en voz alta, como si yo careciera de comprensión lectora.

Él no. Las tres hojas lucen un formato impecable, con la tipografía oficial de mi empresa y los márgenes ajustados a nuestro estándar interno.

Ha dedicado la noche a estudiar cómo se presentan los documentos en Portela International.

Admito que no es un mal comienzo.

—Primero —comienza—. El coeficiente de ocupación del solar permite cuatro plantas más de las proyectadas.

No en la torre principal, que presenta el problema de carga que ya le habrán señalado sus ingenieros, sino en un volumen anexo que actualmente han planificado como aparcamiento cubierto.

Si trasladan el aparcamiento al subsuelo y levantan cuatro niveles de uso mixto en ese anexo —planta baja comercial y tres de despachos o estudios—, la rentabilidad del conjunto aumentará entre un ocho y un doce por ciento, según el mix final. Aquí tiene la tabla de proyección.

Analizo la tabla con detenimiento. Es más que correcta; es brillante. Es un análisis que mis propios técnicos realizaron hace meses y que descarté por un motivo que ahora no alcanzo a recordar con claridad, y que sospecho que fue puramente arbitrario.

—Continúe —ordeno, sin despegar la vista del papel.

—Segundo: los materiales. Están contratando cemento tradicional de una cantera de Pensilvania.

Es caro, la logística es lenta y, a partir del próximo ejercicio, con las nuevas normativas de sostenibilidad de Florida, les restará beneficios fiscales.

Le adjunto tres proveedores locales de hormigón reciclado, dos con planta en Doral y uno en Hialeah.

Certificación LEED garantizada. El coste es un diecisiete por ciento inferior y el incentivo fiscal compensa por sí solo mis honorarios.

Repaso los nombres de los proveedores. Reconozco dos. El tercero me resulta ajeno. Levanto la mirada.

—Esa empresa, Conmat Recycling… ¿tiene referencias directas?

—Conozco al propietario desde hace tres años. Colaboramos en el centro cultural de la calle Veintiocho. Son impecables. Su hijo es ingeniero estructural por el MIT. Si contactan con ellos de mi parte, les aplicarán un cuatro por ciento adicional de descuento.

—No llamamos de su parte. Llamamos de parte de Portela International.

—Me parece bien. Se lo diré yo a él y el descuento será el mismo.

Me cuesta un esfuerzo sobrehumano no sonreír. Me muerdo el interior de la mejilla para mantener la compostura.

—Tercero —prosigue, ignorando mi reacción o fingiendo no haberla notado—.

El plan comercial se orienta a tecnológicas de primer nivel.

Entiendo el razonamiento: rentas altas y prestigio.

Pero Wynwood no será Brickell dentro de un lustro; será el distrito cultural.

Si instalan tres plantas de Apple o Google en esa esquina, asfixiarán el ecosistema que otorga valor al suelo.

Propongo un equilibrio: dos plantas corporativas, tres para medianas empresas creativas —arquitectura, agencias, productoras— y dos destinadas a residencias temporales para artistas.

El capital lo aportan las primeras; la identidad, las segundas.

Así, el apellido Portela quedará vinculado al barrio que transformó Miami, no al edificio que lo destruyó.

Se hace el silencio. Un silencio denso, prolongado.

Carlos no intenta rellenarlo. Eso es lo que más me impacta de los últimos minutos, y me duele admitirlo. Los consultores mediocres suelen hablar sin tregua tras una presentación. Resumen, repiten, insisten. Es el miedo al vacío y es, casi siempre, el momento en que echan a perder una negociación.

Este hombre ha terminado, ha cerrado la boca y me observa como si yo le debiera una respuesta, otorgándome todo el tiempo necesario para formularla.

Miro el vaso de cartón en el borde de mi mesa. Aún emite calor. Mi propio café lleva trece minutos enfriándose. Alargo la mano, desplazo el recipiente italiano a un lado y tomo el de Wynwood. Retiro la tapa y pruebo el contenido.

Es un café excelente.

No pienso decírselo.