CINCO
Accedo a la Torre Portela a las siete y veintitrés.
El guardia de seguridad escruta mi tarjeta provisional con el ceño fruncido. Consulta una lista en pantalla, asiente con desgana y me indica el ascensor.
Subo a la planta cincuenta. Durante los cincuenta segundos de ascenso silencioso, frente a mi reflejo en el espejo, me concedo un último pensamiento lateral: Mateo me envió un audio anoche, a las dos de la madrugada.
Lo único que se oía, tras diez segundos de ruido ambiente de bar, era: «No te enamores de la clienta, Vicuña, que te conozco esa cara desde el colegio». Lo borré sin contestar.
Mateo tiene razón y, a la vez, no la tiene. La expresión es la misma, sí. La decisión de ignorar su advertencia es estrictamente mía.
Las puertas se deslizan hacia un pasillo de mármol níveo. La recepción es una superficie curva de madera oscura tras la cual se halla Esther, una mujer de unos cincuenta años, vestida de negro riguroso, que anoche me examinó con la misma cara con la que se observa un virus bajo el microscopio.
—Señor Vicuña. Bienvenido. —Me tiende una credencial—. Su tarjeta de acceso provisional. Habilita los ascensores, las salas de reuniones de esta planta y la cafetería. No da acceso a la caja fuerte, a los archivos clasificados ni al despacho del señor Portela. La señorita Portela lo aguarda.
—¿Ha llegado ya?
—Desde las siete en punto, señor.
Esther esboza una sonrisa milimétrica. Si ayer le resultaba antipático, esta mañana he descendido varios peldaños en su estima. Es la guardiana de su jefa.
Me dirijo al despacho. En el trayecto rebaso cuatro cubículos vacíos —los empleados rasos llegarán a las nueve— y la puerta entreabierta de una sala de juntas donde una cafetera Nespresso ronronea en solitario.
Reconozco el sonido. La señorita Portela prepara su propia dosis de cafeína.
Eso me confirma que prefiere la soledad en sus rituales matutinos.
Llego a su puerta. Golpeo dos veces con los nudillos.
—Adelante.
Entro.
Permanece de pie frente al ventanal, de espaldas, con la taza entre las manos.
Hoy viste de negro. Negro absoluto. Ni rastro del blanco o el gris.
La coleta vuelve a estar impecablemente tirante.
La única joya a la vista es un pequeño pendiente de oro en el lóbulo derecho.
De frente, lucirá el gemelo en el izquierdo. No se gira de inmediato.
—Buenos días, señor Vicuña —saluda al cristal—.
Su mesa está a la izquierda. Hay café preparado en la consola lateral y agua en la nevera integrada.
Si requiere acceso a la impresora, Sofía acudirá en diez minutos para facilitarle el código.
Las ventanas son estancas, el aire acondicionado está fijado en diecinueve grados y, en caso de emergencia, la salida se encuentra al fondo del pasillo, a la derecha.
Es el discurso de una azafata de vuelo. Lo recita sin concederme una mirada.
—Gracias —respondo—. Buenos días para usted también.
Se gira, por fin.
Lleva el labial rojo de batalla. El del primer encuentro.
Hoy no es un tono ejecutivo neutro; es color de guerra.
Registro la diferencia con la minuciosidad con la que un arquitecto analiza los materiales de una fachada diseñada para perdurar siete décadas.
No se me escapa que la elección del carmín se debe a mi presencia en este despacho.
No haré nada con esa información. Todavía.
—Su mesa.
Señala con un gesto seco. Me vuelvo y la encuentro: una superficie de cristal, de dimensiones más discretas que la suya, coronada por una lámpara arquitectónica de vanguardia y una silla de cuero negro.
El equipo ya está instalado. Doble pantalla, cableado de red, una libreta blanca sin logotipos y un bolígrafo negro.
Alguien ha montado este puesto entre anoche y esta mañana. Seguramente el equipo de mantenimiento, o quizá Sofía a las seis y media bajo la supervisión telefónica de Lara desde el gimnasio. Me acerco, deposito el portátil y la carpeta. Me quito la americana y la cuelgo en el respaldo.
—Instalado —anuncio.
—Perfecto. —Se encamina a su escritorio, se sienta y despliega el ordenador—.
A las nueve tengo videollamada con los proveedores de fachada.
A las once, reunión presencial con el equipo de licencias municipales.
A la una, almuerzo con el señor Khoury, inversor del Golfo, en el Casa Tua.
Por la tarde estudiaremos sus propuestas.
Puntos uno y dos hoy; el tercero, mañana.
—De acuerdo.
—Una cosa más, señor Vicuña.
—Dígame.
—Durante las próximas dos semanas, en este entorno, mantendremos el tratamiento de usted. Incluso en la más estricta intimidad profesional. Creo firmemente en las formas.
Yo también creo en ellas. Pero, sobre todo, estoy convencido de que las formas son una herramienta magistral para acumular tensión. Asiento en silencio, tomo asiento y compruebo la ergonomía de la silla. Es correcta.
Las dos horas siguientes transcurren en un silencio laborioso.
Cada uno absorto en su mesa. Ella redacta correos y gestiona llamadas; yo reviso mis anotaciones y doy instrucciones a mi asistente para que prepare la documentación técnica y las cartas de intención de los estudios creativos.
El despacho mantiene esos gélidos diecinueve grados, el zumbido del aire es apenas un susurro y detecto cada vez que ella levanta la vista hacia el ventanal por el rabillo del ojo.
A las nueve y diez entra Sofía con dos tazas humeantes y una bandeja de medialunas. Me dedica una mirada de curiosidad —soy el elemento extraño en este ecosistema— y se retira sin mediar palabra. Lara se lo agradece con un gesto indolente, sin despegar los ojos del monitor.
A las nueve y cuarto me pongo en pie. Me acerco a la bandeja, tomo una medialuna, la coloco sobre una servilleta y la deposito en el margen derecho de su escritorio. Regreso a mi puesto.
No digo nada. Ella tampoco.
Diez minutos después, de soslayo, observo cómo sus dedos —uñas cortas, esmaltadas en el mismo rojo mate que sus labios— toman la pieza de bollería y se la llevan a la boca sin desviar la atención de su trabajo.
Me adjudico, para mis adentros, el primer tanto de la jornada.
A las once, cuando debe ausentarse para la reunión de licencias, se levanta, recoge una carpeta y se encamina a la salida. Con la mano ya en el pomo, se detiene y se vuelve.
—Señor Vicuña.
—Dígame.
—La medialuna era excelente. Pero no repita el gesto sin consultar. En este despacho, antes de traerme nada, me preguntará.
Asiento.
—Entendido. Aunque debo advertirle, señorita Portela: soy de los que preguntan lo que les apetece y dejan que usted responda lo que considere. Ese es el protocolo que yo manejo.
—Aquí el protocolo lo dicto yo.
—El protocolo aquí —replico, bajando el tono no por provocación, sino por instinto— lo estamos negociando en tiempo real. Con cada gesto, con cada mirada, con cada medialuna. Y usted es tan consciente de ello como yo.
Durante tres segundos, el silencio es absoluto.
Luego, abre la puerta y sale sin mirarme.
Sin embargo, justo antes —y esto lo percibo con total nitidez— se humedece el labio inferior con la punta de la lengua. Un gesto mínimo, automático, de quien intenta calibrar un factor que no esperaba tener que gestionar tan pronto.
Me quedo solo durante cuarenta minutos. Aprovecho para trabajar.
Envío directrices, llamo a los ingenieros para urgir el informe y contacto con Martín Kopec, dueño de un estudio de arquitectura local con el que deseo contar.
Martín accede a firmar la carta de intención; le enviaré el borrador de inmediato.
Al colgar, descubro que estoy sonriendo.
Me levanto y camino hacia el ventanal. Contemplo la ciudad.
Ayer por la noche tenía un problema llamado Lara Portela. Hoy la situación persiste, pero con una certeza nueva: ella también me tiene a mí como un problema. Y eso, por primera vez en tres años, me resulta fascinante.
«Me resulta fascinante, Mateo. Lo siento. Voy a enamorarme de la clienta».
Probablemente.
Pero primero concluiré las mejoras, aseguraré las cartas de intención y elevaré el proyecto al consejo con mi firma junto a la suya. Me encargaré de que, cuando ocurra lo inevitable, no sea ella quien deba abonar el peaje profesional. Ese es, hoy por hoy, mi único código de honor.
Lo demás —los cafés, las atenciones, las frases a media voz— son tácticas. En las próximas dos semanas aprenderé cómo respira Lara Portela cuando cree que nadie la observa. Y ella, mucho me temo, hará lo propio conmigo.
Regreso a mi escritorio. Son las once cincuenta y uno. Regresará en nueve minutos.
Es hora de prepararle la siguiente emboscada.