Un sueño en Coral SEIS
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SEIS

Los primeros tres días de convivencia laboral con Carlos Vicuña transcurren con la cortesía gélida de dos embajadores de naciones que acaban de romper relaciones diplomáticas, pero que aún comparten edificio en las Naciones Unidas.

Hablamos lo imprescindible, trabajamos en paralelo y rubricamos cada correo con nuestros apellidos completos, a pesar de encontrarnos a escasos cuatro metros de distancia.

El aire acondicionado mantiene el despacho a diecinueve grados exactos y, aun así, me paso las mañanas con la extraña sensación de tener la nuca encendida.

El jueves, cuarto día de esta convivencia forzosa, la situación estalla.

Son las once menos cuarto cuando Sofía me entrega el informe trimestral de proveedores.

Lo abro con el índice, sin apartar la vista de la pantalla.

A los treinta segundos me detengo en la página siete.

Regreso a la tres. Comparo. Vuelvo a la siete.

Dejo caer el informe sobre el escritorio con una parsimonia que es, en sí misma, una amenaza.

—Señor Vicuña.

Carlos levanta la vista. Hoy viste una camisa gris clara remangada hasta los codos y luce unas gafas de ver que rescató anteayer de su mochila; le sientan, para mi desgracia, insoportablemente bien.

—La escucho.

—Acabo de recibir el informe trimestral de proveedores que solicité revisar internamente antes de aprobar nada. En la página siete figura, ya incorporado como proveedor preferente, Conmat Recycling. La empresa de su conocido. Usted y yo aún no hemos ratificado esa decisión.

Carlos se quita las gafas con calma y las deposita sobre la libreta blanca de su mesa que, a estas alturas, ha dejado de ser un objeto inmaculado.

—Conversé con el equipo de compras hace dos días tras una consulta técnica informal. Les facilité las tres cotizaciones. Ellos optaron por introducirlos en la lista de preferentes a título provisional, sujetos a su firma. No está aprobado, Lara. Solo evaluado.

—Señorita Portela.

Él cierra los ojos un instante, como quien acepta una corrección que ya preveía.

—Señorita Portela. Reitero: no está aprobado. Está en fase de evaluación.

—Usted ha contactado con un departamento de mi compañía sin pasar por mi supervisión.

—Respondí a una llamada del equipo de compras; me consultaban sobre los datos técnicos de los tres proveedores que yo había sugerido.

No les pedí que incluyeran a Conmat en ninguna lista.

Cuando me enteré ayer tarde por un correo interno, me disponía a comentárselo, pero usted regresó de su almuerzo con el señor Khoury.

—Pero omitió decírmelo.

—Así es. Lo omití.

Me pongo en pie. Rodeo el escritorio con la serenidad de quien se dispone a pronunciar una sentencia y me detengo a un metro de su mesa.

—¿Y por qué, señor Vicuña, conociendo perfectamente las normas de este despacho, decidió no mencionarlo ayer tarde?

Él me sostiene la mirada. Tarda en responder más de lo que esperaba y, cuando lo hace, su voz desciende un tono por debajo de su timbre habitual.

—Porque ayer por la tarde usted estaba agotada. Porque llevamos cuatro jornadas de tensión. Porque juzgué que lo hablaríamos esta mañana, en cuanto tuviera el informe sobre la mesa, tal y como estamos haciendo ahora. Tres minutos después de que usted lo haya abierto.

—Eso no es potestad suya.

—No, señorita Portela. Eso fue decisión de usted.

Fue usted quien instaló en este despacho a un consultor al que deseaba ver trabajar antes de concederle su confianza.

Yo no solicité este asiento. Pero si debo ocuparlo y si he de informarle de cada movimiento en tiempo real, necesito que comprenda que el equipo de compras cumple con su deber con la información que yo aporto.

Y eso seguirá ocurriendo mientras compartamos este espacio.

Siento que la temperatura de mi rostro asciende un grado. No es pudor; es algo más afilado: la sospecha de que este hombre, contratado hace apenas noventa y seis horas, acaba de sostener un pulso profesional sin un solo titubeo. Entorno los ojos.

—Le responderé, señor Vicuña, con la misma contundencia que usted ha empleado conmigo.

Primero: no vuelva a aludir a mi nivel de cansancio como criterio para posponer una comunicación.

Yo decidiré si estoy agotada y lo haré en la esfera privada, no ante su escritorio.

Segundo: si compras vuelve a incorporar a un proveedor sin mi rúbrica, el director del departamento rendirá cuentas y usted estará presente en esa conversación.

Tercero: a partir de hoy, cualquier contacto con cualquier área de esta empresa me será reportado al finalizar el día, por escrito, en un correo de dos líneas.

No me interesa el contenido, sino saber que se ha producido.

—¿Un correo diario?

—Diario.

—Entendido. ¿A qué hora?

—Antes de las siete de la tarde.

—Señorita Portela, le advierto de algo. Mi tarifa profesional cubre mi jornada hasta las siete. Después de esa hora, el uso que yo haga de mi teléfono no es objeto de fiscalización por parte de mi cliente.

Por un momento, temo perder el control de mi tono. No sucede.

—De acuerdo —concedo con un esfuerzo que nadie valorará—. Antes de las seis y media.

—Hecho. Antes de las seis y media.

Durante cinco segundos, ninguno de los dos rompe la posición.

Él permanece sentado, observándome desde su silla con esa calma que me crispa los nervios.

Yo sigo de pie, con una mano apoyada en el borde de su mesa.

Noto el latido de una vena en mi cuello.

Entonces, Carlos hace algo inesperado: se levanta.

Lo hace sin dramatismo, como quien necesita desentumecerse tras horas de trabajo. Pero el gesto lo sitúa cuarenta centímetros por encima de mí, reduce el espacio a menos de un metro y me obliga a cuadrar los hombros para no ceder terreno ni dar un paso atrás.

—Señorita Portela —su voz es ahora baja, uniforme—. Seré muy honesto con usted un instante. No porque me lo haya pedido, sino porque llevamos cuatro días trabajando en dieciocho metros cuadrados y creo que ahorrará tiempo. ¿Me lo permite?

—Adelante.

—Usted es mucho más eficaz como ejecutiva cuando no está a la defensiva.

No se lo digo como un cumplido, sino como un diagnóstico.

El episodio de Conmat lo hemos zanjado en siete minutos porque he reconocido el error de inmediato y porque usted ha impuesto protocolos razonables.

Pero al inicio de la conversación me ha hablado como si yo fuera un traidor.

Y usted sabe, porque cala a la gente mejor que nadie en esta torre, que no lo soy.

—Señor Vicuña…

—Permítame concluir.

Asiento, muy a mi pesar.

—El motivo por el que usted, pese a saberlo, me trata como a un traidor, tiene más que ver con lo que sucedió el lunes en la cena de Coral Gables que con Conmat Recycling.

Acepto con el mayor respeto profesional las consecuencias que decida extraer de aquel encuentro.

Pero no acepto que el peso de Conmat caiga sobre mí.

Aquello es un error de procedimiento menor; lo del lunes sigue siendo el verdadero asunto de negociación pendiente entre nosotros.

El despacho parece perder diez grados de golpe.

—Es usted un arrogante —replico, y mi voz adquiere un filo que me recuerda al de mi madre.

—Lo soy. Lo admito. Aunque, en mi defensa, diré que la arrogancia es lo único que queda cuando a uno le arrebatan la cortesía, el humor y las ganas de no arruinar un contrato.

Lo observo durante tres segundos interminables. Después, porque no soy necia y porque ese tiempo me basta para evaluar el tablero, ejecuto un movimiento que lo desconcierta. Me doy la vuelta, regreso a mi escritorio y me siento. Abro el ordenador.

—Señor Vicuña.

—Soy todo oídos.

—A las seis y veinticinco de hoy espero en mi bandeja de entrada ese correo de dos líneas. Sin resúmenes ni justificaciones.

—Entendido.

—Y otra cosa.

—Prosiga.

—El lunes por la noche, en Coral Gables, no quedó ningún asunto pendiente. Fue un incidente ya resuelto. Le agradecería que no volviera a mencionarlo.

Se hace el silencio. Carlos vuelve a ocupar su asiento. Se coloca las gafas y abre su portátil. Los tendones de su cuello permanecen tensos un instante y, después, muy despacio, se relajan.

—Tomo nota, señorita Portela.

Durante las cuatro horas siguientes no volvemos a cruzar palabra.

A las tres tengo una reunión en la planta cuarenta y ocho y abandono el despacho sin mirarlo.

A las cuatro regreso; él sigue inmerso en su tarea.

A las cinco y media me retiro a una conferencia con Dubái.

A las seis y diecisiete, cuando vuelvo a mi mesa, me aguarda un correo de Carlos Vicuña con un asunto escueto: «Resumen de contactos, jueves».

Lo abro. Son dos líneas.

Ingeniero A. Suárez (informe estructural pendiente de cierre este viernes). Sofía Méndez, su asistente (solicitud de sala de reuniones para el lunes, confirmada).

Nada más. Sin saludo ni firma. Escribo la respuesta en diez segundos.

Recibido.

Envío. Son las seis y dieciocho. Me recuesto en la silla y miro hacia la mesa del fondo.

Él ya no lleva las gafas. Contempla el ventanal con la barbilla apoyada en los dedos, probablemente absorto en algo que no tiene nada que ver con Conmat, ni con Wynwood, ni conmigo.

Sabe que lo estoy observando; lo sé porque no se gira.

Mantiene la cabeza inmóvil unos quince segundos más y luego, sin dedicarme una mirada, alarga la mano, coge su americana y se la pone con una economía de movimientos que en cualquier otro hombre parecería descuido, pero que en él es puro método.

—Me retiro —anuncia al fin, poniéndose en pie—. Hasta mañana, señorita Portela.

—Hasta mañana.

Cuando sale, me quedo completamente sola.

El ventanal me devuelve el reflejo de una mujer de treinta y un años, de traje negro impecable y postura rigurosa.

Esa mujer tiene las mejillas demasiado encendidas para una empresaria de éxito que acaba de concluir su jornada sin incidentes. Apago el ordenador.

Esta noche, en casa, no voy a pensar en él. Esta noche, en casa, no voy a pensar en él. Esta noche, en casa, no voy a pensar en él.

Una instrucción firme, repetida tres veces, funciona siempre. Lo aprendí a los diecinueve años.

Excepto esta noche.