SIETE
El muelle del puerto de Miami, a las once de la mañana de un viernes de primavera, huele a gasoil y a sudor honrado.
Los contenedores rojos, azules y oxidados se apilan como bloques de Lego gigantes olvidados por un niño maníaco.
Un par de gaviotas discuten por algún despojo en lo alto de una grúa.
Al fondo, recortado contra el azul del Atlántico, un crucero inmenso bosteza su cargamento de turistas sobre la terminal.
—¿Viene armada? —le pregunto mientras descendemos del Mercedes Clase G y nos dirigimos a la entrada del almacén sindical.
Ella ajusta el paso para mantenerse a mi altura, lo cual, considerando que hoy calza unos tacones de ocho centímetros sobre el asfalto ardiente del puerto, supone un acto de afirmación política más que una elección estética.
Viste un traje azul marino, mucho más sobrio que los lucidos esta semana, y se ha recogido el cabello en un moño bajo.
Es la primera vez desde el lunes que no recurre al carmín rojo: hoy luce un tono nude casi imperceptible.
Estrategia pura. Tico no es un hombre que se deje impresionar por colores de batalla.
—Llevo el apellido Portela bordado en el traje —replica sin dedicarme una mirada—. Es lo más peligroso que cargo encima.
—Entonces vamos bien equipados.
El guardia de la entrada nos escruta. Examina una lista sujeta a una carpeta de plástico grasiento y, tras unos segundos de duda deliberada, nos indica con un gesto del mentón el fondo de la nave.
El despacho de Tico se ubica en un entresuelo acristalado sobre el almacén.
Ascendemos por una escalera metálica que resuena bajo los tacones de Lara como un tambor de guerra.
En lo alto, la puerta permanece abierta.
Tico aguarda de pie tras un escritorio sepultado bajo papeles, retratos familiares y tres trofeos de bolos.
Es un hombre macizo, de hombros anchos, manos colosales y un bigote gris recortado con precisión quirúrgica.
Nos observa aproximarnos con una expresión indescifrable.
—Portela —saluda cuando cruzamos el umbral. Nada más. Sin cortesías, sin fórmulas de bienvenida. El apellido a secas.
—Señor Navarrete —responde Lara, extendiendo la mano—. Gracias por recibirnos.
Tico observa la mano de ella como si fuera un documento bajo sospecha. Durante una fracción de segundo, sospecho que va a ignorar el saludo. Finalmente alarga la suya, que envuelve la de Lara por completo, y la estrecha con una firmeza calculada.
—Siéntense. Los dos.
Ocupamos sendas sillas plegables de metal frente a él. Tico no se acomoda: permanece de pie al otro lado del escritorio, con los brazos cruzados, evaluándonos como quien calibra la calidad de un cargamento turbio.
—¿Café? —ofrece.
—Sí, por favor —acepta Lara.
Su respuesta me descoloca. Esperaba una negativa profesional, el rechazo tajante que habría dado su padre. Pero ella ha accedido y, por el leve destello en los ojos de Tico, percibo que él también aguardaba el «no», y que ese «sí» acaba de anotarse en alguna columna de su contabilidad mental.
Tico sirve el líquido de un termo apoyado sobre el archivador en vasos de plástico blanco. Nos los entrega, regresa a su posición y, solo entonces, toma asiento.
—Portela —arranca—. Su padre me robó quinientos mil dólares hace trece años en una huelga. No entraré en detalles porque no me apetece remover la basura en mi propio despacho. Usted sabe que guardo esa historia aquí —se señala la frente—. Así es como empezamos esto.
Lara asiente con parsimonia.
—Lo sé, señor Navarrete.
—¿Lo sabe de verdad?
—Lo sé. Revisé los archivos de recursos humanos y las actas del consejo antes de acudir aquí.
Mi padre redujo las tarifas de descarga un quince por ciento aprovechando que el sindicato no había renovado aún el convenio marco.
Al año siguiente, cuando el convenio se ratificó, no restituyó el porcentaje original.
Dos años después, las tarifas subieron un diez por ciento, lo que significa que, en términos reales y con la inflación acumulada, ustedes perdieron entre un seis y un ocho por ciento durante cuatro ejercicios.
El cálculo total, según mis registros, asciende aproximadamente a cuatrocientos ochenta mil dólares.
Cerca del medio millón. Su memoria es impecable, señor Navarrete.
El hombre inclina levemente la cabeza. Cuarenta años de lucha sindical le impiden mostrar sorpresa, pero detecto un matiz extra de atención en su mirada.
—¿Y ha venido a entregarme un cheque, Portela?
—He venido a ofrecerle algo mejor. Pero antes quería que usted supiera que yo estaba al tanto. No pretendía sentarme aquí fingiendo una ignorancia que habría resultado insultante para ambos.
Tico toma su vaso. Bebe despacio y lo deposita de nuevo sobre el escritorio.
—La escucho.
Lara toma aire una sola vez, de forma profunda y silenciosa, y comienza su exposición.
Durante los siguientes cuarenta minutos asisto a una de las negociaciones más brillantes que he presenciado.
Lara no pretende prometerle a Tico una restitución de la deuda del pasado.
Le propone un contrato inédito para el proyecto de Wynwood con tres pilares: participación del sindicato en el dos por ciento de los beneficios netos durante los primeros cinco años tras la inauguración, preferencia de contratación de descendientes de estibadores para el personal de mantenimiento y un fondo de formación técnica financiado por Portela International.
Este último permitirá que los trabajadores jóvenes accedan a titulaciones oficiales en soldadura estructural, inspección de cargas y operación de grúas automatizadas.
No habla como una empresaria compensando un error heredado.
Habla como alguien que ha comprendido que el proyecto se consolidará mejor cuando el puerto sienta que también le pertenece.
Tico escucha sin interrumpir, garabateando en una libreta usada.
Al terminar Lara, él examina sus notas antes de alzar la vista.
—Portela, le haré tres preguntas.
—Adelante.
—Primero. Ese dos por ciento de los beneficios netos, ¿está garantizado por contrato o por palabra?
—Por escrito, ante notario y registrado antes de que se firme el contrato de obra con el sindicato. Mi abogado tiene el borrador preparado para esta tarde si lo solicita.
—Segundo. El fondo de formación técnica, ¿está ya presupuestado?
—Quinientos cincuenta mil dólares el primer año, con compromiso de renovación hasta el quinto. Cifra fija, aprobada por el consejo el miércoles pasado. Puede consultar el acta cuando lo desee.
Tico asiente con una lentitud que no compromete a nada. Entonces, dirige la tercera cuestión hacia mí.
—Usted, consultor, ¿qué función cumple hoy aquí?
Me dispongo a intervenir, pero Lara se anticipa.
—Señor Navarrete, el señor Vicuña es el arquitecto jefe del proyecto y mi interlocutor técnico en cada decisión que afecte al diseño.
Está aquí porque, si cerramos el acuerdo, el detalle técnico de cómo se mueven los materiales lo pactarán ustedes directamente con él.
Es el hombre con el que tratará a diario.
Quería que se conocieran antes de la firma, no después.
Tico me estudia con renovado interés.
—Vicuña.
—Señor.
—¿De dónde viene?
—Buenos Aires de origen. Barcelona seis años. Miami los últimos tres.
—¿Por qué eligió esta ciudad?
Me tomo un breve instante para responder.
—En Barcelona tuve un socio que firmó un proyecto sin contar conmigo. Perdí la autoría, la mitad de los honorarios y tres años de paciencia. Vine a Miami porque no deseaba trabajar cerca de ese tipo y porque esta ciudad, si se mira con atención, todavía admite ser construida. Eso es todo.
Tico afirma con un solo movimiento de cabeza.
—Le diré algo, Vicuña. Por aquí pasan muchos señores de Brickell con corbatas caras e ideas grandiosas.
Pero el día de la descarga, cuando el contenedor aterriza mal y aplasta un pie, esos señores no saben ni cómo se llama el herido.
Usted va a saber cómo se llama. Ese es el trato que hago con usted. ¿Lo acepta?
—Lo acepto.
—Bien —se vuelve hacia Lara—. Portela. Me reuniré con mi junta este fin de semana. Le daré una respuesta el lunes al mediodía. Si aceptamos, su abogado envía los papeles el martes. Si la respuesta es negativa, la llamaré personalmente. Los «no» en este despacho se dan de frente.
—Le agradezco la franqueza, señor Navarrete.
Nos ponemos en pie. Tico estrecha la mano de Lara con una firmeza algo más prolongada que al inicio. Luego me la ofrece a mí; su mano impresiona: es como sujetar una herramienta industrial.
Al salir y descender por la escalera metálica, el silencio nos envuelve.
Atravesamos el almacén y caminamos por el muelle hacia el vehículo.
Lara camina un paso por delante. El sol incide en su nuca, justo donde el moño revela unos milímetros de piel.
Un detalle irrelevante que registro de todos modos.
Al llegar al coche, ella se detiene junto a la puerta del conductor y busca las llaves en su bolso. Tras un momento de duda, se detiene.
—Señor Vicuña.
—La escucho.
—¿Le importaría conducir usted de regreso?
Lo sugiere sin mirarme, con la vista clavada en un punto del suelo.
—En absoluto.
Me entrega las llaves y rodeamos el coche.
Nos acomodamos y arranco; el aire acondicionado despierta con un suspiro.
Durante los primeros minutos, mientras abandonamos el recinto portuario y nos incorporamos a la autopista, ninguno habla.
Lara observa el paisaje a través de la ventanilla.
Conduzco con ambas manos sobre el volante, respetando escrupulosamente los límites; no pretendo inaugurar esta confianza con una infracción.
A la altura del puente, sin girarse, rompe el mutismo.
—Le he engañado ahí dentro, señor Vicuña.
—¿En qué sentido?
—No revisé los archivos del conflicto anoche. Lo hice hace tres años, cuando asumí la vicepresidencia. Lo guardé porque sabía que llegaría el momento de utilizarlo. Llevo tres años esperando la ocasión propicia para transformar esa deuda de mi padre en una carta a mi favor.
—No me ha engañado. Ha actuado de forma estratégica.
Se sume en un breve silencio.
—Estoy cansada, Carlos.
Es la primera vez que utiliza mi nombre. Dejo transcurrir unos segundos antes de replicar.
—Descansar un rato no la convertirá en una jefa menos capaz, Lara.
No la he llamado señorita Portela. Ella no me corrige.
Durante los quince kilómetros restantes hasta la torre, no volvemos a pronunciar palabra.
Ninguno conserva la energía para sostener el protocolo y, si soy sincero, ninguno desea romper la atmósfera que se ha instalado en el habitáculo.
Es un silencio cómodo. Y eso, probablemente, sea lo más peligroso que nos ha sucedido en toda la semana.