OCHO
El sábado al mediodía recibo el mensaje de mi madre que llevaba tres días temiendo.
Releo el texto tres veces con la esperanza, irracional y breve, de que el apellido Vicuña se disuelva solo de la pantalla. No sucede. Dejo el teléfono sobre el mármol de la cocina de mi ático y observo el tostador como si fuera el responsable de mi desdicha.
Mi tía Carmen es la hermana soltera de mi madre; sesenta y seis años, directora jubilada del Museo de Arte Contemporáneo de Miami, dueña de dos perros salchicha llamados Sartre y De Beauvoir y poseedora de una lengua tan afilada que lleva una década provocando incidentes diplomáticos en cada evento social.
Mi primo Andrés, el único hijo del hermano fallecido de mi padre, es un abogado corporativo de treinta y nueve años que lleva cinco meses casado con Vanesa, una modelo venezolana de veinticuatro a la que mi familia entera desprecia en un silencio disciplinado.
Es la primera vez que mi madre la invita desde la boda, lo cual indica que ha decidido concederle una oportunidad social.
La velada se perfila como un campo minado con tres frentes abiertos: la tía Carmen diseccionando a Vanesa, mi padre esquivando a la tía Carmen y yo, sentada junto a Carlos Vicuña, mientras mi madre toma notas mentales sobre la dirección de nuestras miradas.
Marco el número de mi madre por puro instinto.
—Lara, cariño.
—Mamá, retira la invitación al señor Vicuña.
—Ni lo sueñes, hija.
—Mamá, por favor. Es una cena imposible. La tía Carmen va a destripar a Vanesa antes del segundo plato, mi primo se refugiará en el whisky, papá intentará hablar de golf con Carlos y yo tendré que pasarme tres horas fingiendo que la presencia del consultor me resulta indiferente. No es justo.
Se produce una pausa al otro lado de la línea.
—¿Es esa la parte que te inquieta, Lara? ¿Tener que fingir?
—Mamá.
—Cambiaré de tema porque me doy cuenta de que he ido demasiado lejos para un sábado —concede, con esa dulzura que evidencia que ha llegado exactamente a donde pretendía—.
El señor Vicuña vendrá esta noche y no es negociable.
Es fundamental que tu tía y tu primo lo conozcan antes de que la prensa económica empiece a mencionarlo en los reportajes sobre Wynwood.
Quiero que mi familia sepa quién es antes de que lo lean en el Miami Herald .
—Estás montando un escaparate.
—Estoy organizando una cena, hija. El escaparate es cosa de tu interpretación.
—Escúchame. Si esta noche la tía Carmen le dedica uno de sus comentarios, me marcho de la casa. Te lo digo en serio.
—Lara, el señor Vicuña lleva una semana trabajando contigo a cuatro metros de distancia y sobrevive. Tu tía Carmen no será un desafío mayor que tú. Confía en él.
—No confío en él, mamá.
—Sí lo haces.
Cuelgo.
Me quedo apoyada en la encimera con el teléfono en la mano y una rabia sorda ascendiendo por el estómago.
Mi madre se equivoca: no confío en él. Lo que me sucede con Carlos Vicuña carece de relación con la confianza; se debe a motivos fisiológicos que analizaré con calma el próximo siglo.
Mi pulso se acelera tres milímetros cada vez que él se inclina sobre mi mesa para mostrarme un plano.
Eso no es fe en el prójimo, es biología inoportuna.
Y mi madre, que posee un doctorado honoris causa en detectar las debilidades ajenas, lo confunde con otra cosa porque le conviene.
A las siete y cincuenta y siete aparco el Mercedes junto al Bentley de mi padre.
Visto un traje negro, sin escote y de manga larga.
He decidido encarnar a una especie de monja combativa.
Nada que pueda leerse como un esfuerzo estético; nada que pueda ser usado en mi contra por mi madre, por mi tía o por el hombre que acaba de descender de un taxi frente a la mansión.
Porque ahí está. Carlos Vicuña.
Viene en taxi —un gesto de deferencia hacia mi madre, imagino, al haber dejado la Vespa en casa—, impecable con un traje gris marengo que le sienta como todos sus trajes: como si, en el fondo, le resultaran un poco rígidos para el tipo de vida que prefiere llevar.
Sostiene una caja en la mano. Cuando el vehículo arranca, se gira y me descubre en el aparcamiento. Se detiene a mitad de camino.
—Señorita Portela. Buenas noches.
—Señor Vicuña.
Camino hacia él y la grava cruje bajo mis tacones. La caja que transporta luce una cinta violeta. Es voluminosa. La examino con recelo.
—¿Qué lleva ahí?
—Bombones de la tienda belga de Coconut Grove.
Su madre me consultó el jueves por mensaje cuál era mi establecimiento preferido.
Le di la respuesta que una señora como Beatriz Portela esperaba oír.
Ella me envió la dirección exacta y una nota: «Sea puntual el sábado y traiga algo». Así que cumplo órdenes.
—Mi madre le ha escrito.
—Sí.
—¿Y usted le facilitó su número?
—El jueves por la tarde, en la cafetería, mientras usted estaba en la reunión. Me lo pidió para «cuestiones organizativas familiares». No juzgué prudente negárselo.
Inspiro con fuerza. Exhalo y cuento hasta tres.
—Señor Vicuña, esta noche va a hacerme un favor: no responderá a ninguna pregunta personal de mi tía Carmen con una frase de más de doce palabras.
No aceptará segundas copas de vino de mi padre.
No mirará fijamente a Vanesa, la mujer de mi primo, porque es lo que él espera de cualquier hombre guapo por puro reflejo y me dejará en evidencia.
Y, por lo que más quiera, no se ría de los chistes de mi madre sobre el estado civil de los consultores.
Él inclina la cabeza con una solemnidad casi bufonesca.
—Memorizado. Doce palabras, una copa, ignorar a la modelo y seriedad absoluta. Cuatro directrices. ¿Algo más?
—Sí. Una última cosa.
—La escucho.
—No me llame señorita Portela en toda la noche. Mi tía Carmen pensará que lo hace con segundas intenciones y abrirá un frente que no podré sostener. Llámeme Lara delante de ella.
Se queda observándome un segundo exacto.
—De acuerdo, Lara.
Lo dice con esa misma voz baja que utilizó en el pasillo el primer día.
Echo a andar hacia la casa antes de que me traicionen los nervios.
Él me sigue con el obsequio bajo el brazo.
Ernesto nos abre la puerta y, desde el recibidor, ya se percibe la voz de mi tía Carmen en el salón azul disertando sobre la decadencia del arte figurativo.
La función comienza.
El primer plato es ceviche. Somos ocho alrededor de la mesa redonda de caoba: mi padre preside, mi madre a su derecha y yo a su izquierda.
Carlos ocupa el asiento a mi lado —«para que puedan tratar asuntos de trabajo si les urge», puntualizó mi madre con sonrisa diplomática—, frente a nosotros está mi tía y, a continuación, Andrés y Vanesa.
Hay dos sillas de separación entre la modelo y mi padre que actúan como zona desmilitarizada.
Durante los primeros veinte minutos, la armonía se mantiene.
Mi padre charla con Andrés sobre un torneo de golf en el Doral.
Mi madre logra que Vanesa articule tres frases coherentes sobre Caracas.
La tía Carmen interroga a Carlos sobre arquitectura contemporánea con una sofisticación académica que él gestiona con soltura, respondiendo con la precisión de un relojero.
Llego a creer que la velada puede salvarse.
Es entonces cuando mi tía deja caer el cubierto sobre el plato con un tintineo teatral y se dirige a Carlos con ese tono que anuncia el inicio de las hostilidades.
—Señor Vicuña, dígame una cosa. ¿Está usted casado?
Al lado mío, noto que la respiración de Carlos se ralentiza una décima.
—No, señora.
—¿Divorciado?
—Tampoco.
—¿Comprometido?
—No, señora.
—¿Homosexual?
—Carmen —interviene mi madre con una dulzura letal—, esas preguntas resultan anacrónicas en este siglo.
—Beatriz, las preguntas son inmortales; solo cambian los formularios —responde mi tía antes de volver a la carga—. Señor Vicuña, perdone la intrusión. Es curiosidad antropológica, no estadística. Un hombre de su edad, con su profesión y presencia, que figure como soltero, me resulta fascinante.
Carlos deposita la copa sobre el mantel. Lo observo de soslayo. No parece molesto; más bien detecto una diversión contenida que oculta tras una máscara de cortesía.
—Le responderé con gusto. Sigo soltero porque no he conocido aún a una mujer con la que me apetezca interrumpir ese estado. Cuando suceda, se lo comunicaré a mi familia y, probablemente, si sigo trabajando con su sobrina, también a ella.
El silencio se adueña de la mesa. Siento el calor ascendiendo por mi cuello a una velocidad alarmante.
Mi madre eleva la copa en un gesto de aprobación casi imperceptible.
Mi padre deja escapar una carcajada breve y Andrés se atraganta con el pescado.
Vanesa observa a Carlos con un interés renovado que me desagrada profundamente.
La tía Carmen, contra todo pronóstico, entorna los ojos con la satisfacción de quien acaba de hallar una pieza valiosa en una subasta.
—Señor Vicuña, es usted un hombre peligroso.
—Soy un hombre ocupado, señora. La peligrosidad es un extra que suelo cobrar.
—¿Y mi sobrina le paga lo suficiente?
—Su sobrina me paga lo justo. Mi peligrosidad corre de mi cuenta.
La tía Carmen sonríe con suficiencia, un gesto que en ella equivale a una ovación cerrada.
—Beatriz —comenta, sin apartar la vista de Carlos—, este me gusta.
Mi madre no responde. Despliega el abanico, lo mueve dos veces y lo cierra de golpe.
Clac.
El sonido resuena como una sentencia. A mi lado, Carlos bebe vino con absoluta naturalidad, como si el último minuto no hubiera existido. No me busca. No intenta cruzar miradas conmigo. No reconoce en ningún gesto lo que acaba de ejecutar.
Está jugando. Y lo está haciendo con maestría. Lo peor es que no puedo intervenir sin parecer culpable.
El resto de la cena transcurre con la apariencia de una velada convencional y la tensión de una placa tectónica desplazándose bajo nuestros pies.
Andrés y Vanesa se retiran a las once pasadas; mi padre lo hace poco después.
La tía Carmen permanece en el salón azul con mi madre, brandy en mano, discutiendo sobre una exposición de Warhol.
Carlos y yo salimos al jardín trasero sin mediar palabra, como si necesitáramos una tregua de oxígeno.
El aire huele a jazmín y las palmeras se recortan contra la luna. A lo lejos, el chirrido de los grillos llena el vacío. Carlos se apoya en la balaustrada de piedra frente a la piscina iluminada. Yo me detengo a medio metro, con los brazos cruzados.
—Le impuse cuatro directrices —le recuerdo sin mirarlo.
—Cumplí tres.
—¿Cuál omitió?
—La de las doce palabras. Me excedí por cinco o seis. Lo lamento.
Lo admite sin rastro de ironía, con la profesionalidad de quien reconoce un error de cálculo. Me resulta exasperante.
—Señor Vicuña.
—Carlos.
—Señor Vicuña —insisto—. Si repite una jugada semejante ante mi madre, le rescindo el contrato el lunes a primera hora.
—Entendido. ¿Me permite una pregunta antes de procesar la amenaza?
—Adelante.
—¿Por qué le irrita tanto que su tía Carmen se haya llevado una buena impresión de mí?
Me giro hacia él. La iluminación azulada de la piscina le llega desde abajo, remarcando sus facciones de una forma que no me beneficia en absoluto.
—Porque mi tía Carmen nunca tiene una buena impresión de nadie, Carlos.
Se produce un silencio denso.
—¿Es la primera vez que utiliza mi nombre sin testigos de por medio, Lara?
Cierro los ojos un instante.
—Sí.
—Gracias.
Eso es todo. Me aparto de la balaustrada y regreso a la casa sin despedirme; si hubiera hablado, no sé qué habría salido de mi boca. En el coche, de regreso a Brickell, descubro que mis manos tiemblan levemente sobre el volante.
No es temor. Es algo mucho peor: admiración.