Un sueño en Coral NUEVE
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NUEVE

Hay una ley no escrita en Miami que los forasteros desconocen.

Cuando la humedad traspasa cierto umbral, el cielo no avisa: sencillamente revienta.

El azul planchado se transmuta en un mar de hollín en apenas cuarenta minutos.

Las gaviotas enmudecen, los perros de los vecinos ladran sin razón aparente y los ejecutivos experimentados consultan el horizonte antes de cancelar cualquier compromiso al aire libre.

Yo no he mirado por la ventana en toda la mañana.

He permanecido anclada al monitor, desgranando un informe urgente del equipo de finanzas: Valderrama Holdings acaba de realizar una oferta directa, mediante carta certificada, a uno de nuestros tres inversores principales en el proyecto Wynwood.

Es una propuesta de participación alternativa en un desarrollo competidor al sur del mismo distrito, con una rentabilidad proyectada del ocho por ciento frente al nuestro, estancado en el cinco coma seis.

Si el inversor acepta, se retirará de nuestra sociedad con cuarenta millones comprometidos.

Cuarenta millones que tendríamos que reemplazar en treinta días o enfrentarnos a la suspensión del proyecto por falta de cobertura.

Julián Valderrama es un hombre al que conozco desde los dieciséis años.

Nuestras familias arrastran dos generaciones de rivalidad inmobiliaria.

Cincuenta y dos años, bronceado perenne y una sonrisa de depredador; un heredero mucho más astuto en lo financiero que mi propio primo.

Lleva dos décadas codiciando el solar de Wynwood.

Cuando le arrebatamos la puja hace dieciocho meses, vaticinó públicamente que seríamos incapaces de levantarlo.

Es de esos hombres que anteponen tener razón a ser cordiales.

Cierro el informe. Busco a Carlos con la mirada al fondo del despacho.

—Señor Vicuña.

—La escucho.

—Tenemos un problema. Valderrama está intentando seducir a Khoury para que nos abandone.

Carlos abandona su asiento y se aproxima a mi escritorio. Analiza el documento apoyando las yemas de los dedos en el borde del mármol mientras frunce el ceño.

—¿Cuándo recibió Khoury esta proposición?

—El lunes. Tiene de plazo hasta el viernes para responder. Hoy es miércoles.

—¿Ha entablado contacto con él?

—Llamé ayer tarde. Adelantó la reunión a mañana jueves por la mañana. En teoría se trata de una revisión rutinaria, pero entiendo que desea escuchar mis argumentos antes de tomar una determinación.

—¿Qué necesita Khoury para quedarse?

—Un motivo de peso más allá de ese uno coma cuatro por ciento de diferencia anual. Y seguridad.

Carlos consulta su reloj y luego clava sus ojos en los míos. Fuera, el ventanal ha adquirido una tonalidad plomiza sin que yo me percatara. Las palmeras del bulevar se agitan ya con un ritmo que dista mucho de la brisa habitual de las tres de la tarde.

—Lara, vamos a pasar la noche aquí.

—¿Perdone?

—En este despacho. Dispone de tiempo hasta mañana a las nueve para presentarse ante Khoury con algo que Valderrama sea incapaz de ofrecer.

Eso no se improvisa en tres horas; requiere diez.

Avise a su asistente. Yo informaré a mi estudio.

Pediremos algo de comida tailandesa de la calle Ocho sobre las nueve.

—Le recuerdo que su jornada contractual concluye a las siete.

—Y yo le recuerdo que los contratos, cuando un inversor huye, dejan de tener valor. Usted corre con la cena y yo pongo mis honorarios de esta noche. Estamos en paz.

Permanezco en silencio, observándolo. Él sostiene el contacto visual con esa serenidad exasperante, manteniendo los dedos firmes sobre mi mesa. En el exterior, el firmamento se oscurece un grado más. Un primer relámpago lejano cruza la bahía en un silencio sepulcral.

—De acuerdo —concedo al fin—. Pero la cena no será tailandesa. Elegiré yo el menú. Empecemos de inmediato.

Durante las seis horas siguientes, el despacho se transforma en un búnker estratégico.

Despliego sobre la mesa de reuniones el expediente íntegro de Wynwood, el de Khoury Investments y los tres últimos balances de Valderrama Holdings —obtenidos por vía pública, pero que nadie se había molestado en cotejar con nuestros datos—.

Sofía nos facilita una pizarra blanca de la sala contigua.

Carlos aporta su portátil, una libreta saturada de anotaciones y un plano de grandes dimensiones del distrito que extiende como si de una carta de navegación se tratara.

Trabajamos codo con codo. Literalmente. Jamás en mi trayectoria profesional me había visto obligada a colaborar tan próxima al cuerpo de otro ejecutivo.

Intercambiamos documentos, realizamos cálculos sobre el mismo plano, nos interrumpimos y nos corregimos con una urgencia eléctrica.

Nos levantamos para esquematizar en la pizarra y volvemos a sentarnos con la misma intensidad.

A las siete y media apago la iluminación principal del despacho, dejando solo la calidez de las lámparas de pie.

Fuera, la tormenta ha estallado; la lluvia golpea el cristal del ventanal con una violencia que recuerda a sacos de arena impactando contra la torre.

Los relámpagos iluminan Brickell de forma intermitente.

A las ocho y medio, la estrategia cobra sentido.

Es imposible competir contra ese ocho por ciento de rentabilidad pura de Valderrama, pero podemos ofrecerle a Khoury algo que él no puede: exclusividad regional.

Si le garantizamos la preferencia absoluta en los próximos dos proyectos de los Portela en el sur de Florida durante los siguientes cinco años, compensaremos con creces el diferencial financiero.

Valderrama jamás podrá igualar esa cláusula; su cartera es limitada y su expansión depende, irónicamente, del capital que intenta arrebatarnos.

A las nueve y cuarto encargo la cena. Nada de tailandés; elijo un sushi de Coconut Grove que Carlos desconoce.

Media hora después, nos encontramos sentados en el suelo —sí, en la alfombra—, apoyados contra la pared, en ese espacio entre la mesa y el ventanal.

Con las luces atenuadas y el vendaval aporreando el vidrio a escasos metros, compartimos una caja de madera lacada.

Carlos se despoja de la americana. Se desabrocha el primer botón de la camisa, apoya la nuca contra la pared y cierra los ojos un instante antes de volver a fijarlos en mí.

—Este sushi es excelente, Lara.

—Sabía que no admitirías el tailandés como un error.

—Aquello no habría sido un error. Esto es, sencillamente, superior. Son conceptos distintos.

Me tutea. Llevamos horas haciéndolo de forma natural, sin un pacto previo. No acierto a recordar en qué momento sucedió exactamente, quizá tras el tercer relámpago.

—Carlos.

—Dime.

—Si mañana Khoury rechaza la oferta, tendremos treinta días críticos.

—Si mañana Khoury declina, tomamos un avión a Londres. Nos reunimos con Ferris, con Kaplan y con el fondo soberano de Kuwait, y regresamos en cuatro jornadas con ochenta millones en lugar de cuarenta. Valderrama lamentará habernos provocado.

Lo observo con atención.

—¿Ya has elaborado esa lista?

—La preparé hace tres días, en cuanto detecté el primer síntoma de nerviosismo en Khoury. No juzgué oportuno mostrártela antes de que fuera estrictamente necesaria.

—Me la has estado ocultando.

—No. La guardaba por si la situación se torcía.

—Podrías habérmela enseñado. Me habrías ahorrado mucha ansiedad.

—Lara. —Él deja los palillos a un lado—. Si te hubiera mostrado esa lista cuando Khoury aún tenía un setenta por ciento de probabilidades de quedarse, habrías interpretado que no confiaba en tu gestión. Y eso habría minado tu capacidad de negociación. Te la reservé para este preciso momento.

—Eres un manipulador, Carlos.

—Soy un consultor.

—Es el mismo concepto.

—A veces. —Esboza una sonrisa ladeada.

Un relámpago inunda el despacho con una luz blanca y cruda.

Durante esa fracción de segundo percibo sus facciones con una nitidez casi irreal: la curva de sus pestañas, la mínima cicatriz sobre el pómulo derecho, sus ojos analizándome desde apenas treinta centímetros. El trueno retumba dos segundos después.

Me sobresalto ligeramente. Carlos alarga la mano y retira con suavidad una horquilla que se me había escapado del moño. La deposita sobre la caja de sushi con una delicadeza inesperada.

—Gracias.

—No hay de qué.

No nos movemos. En el exterior, la lluvia azota el cristal con furia. En el interior, a diecinueve grados, una pequeña horquilla negra descansa sobre el envase vacío. Carlos se incorpora y me ofrece la mano.

—Vamos, Lara. Mañana debes estar impecable a las nueve.

Acepto su mano y me levanto. Corto el contacto en el momento justo.

En quince minutos, el despacho recupera su orden habitual. Descendemos en el ascensor sumidos en el silencio. Cruzamos el vestíbulo desierto de la torre y, ya en el garaje, junto a mi Mercedes, él se detiene.

—Una última cosa.

—Te escucho.

—Mañana vas a ganar esa reunión. Pero si por alguna razón no sucede, no te culpes. Esta guerra no la pierde quien posee el mejor argumento, sino quien se queda sin aliados.

Me abre la puerta del conductor. Espera a que me acomode y la cierra con suavidad.

Mientras salgo del aparcamiento, lo observo por el retrovisor. Sigue allí, inmóvil, viéndome marchar. Conduzco hacia mi ático sin encender la radio. La ciudad luce negra, empapada y extrañamente hermosa. Mis manos vuelven a temblar ligeramente sobre el volante.

Descubro, con una punzada en el estómago que me resulta ajena, que no tengo el menor deseo de llegar a un ático vacío. Ninguna gana. Por primera vez en cuatro años.