Un sueño en Coral DIEZ
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DIEZ

El vuelo a Londres despega el lunes a medianoche.

Lara realiza la reserva el jueves al mediodía, apenas ocho horas después de abandonar la reunión con Khoury con la firma estampada, los cuarenta millones asegurados y un inversor ligeramente hipnotizado por la cláusula de exclusividad regional que ella le puso sobre la mesa antes incluso de que sirvieran el café.

Valderrama no ha movido ficha en lo que resta de semana.

Lo imagino en su despacho de Coconut Grove desgranando los números, asimilando que Lara Portela le ha bloqueado la jugada con un paso lateral que no previó, y probablemente autorizando un pago para que algún detective privado averigüe quién la ha asesorado esta vez.

Eso último me lo confía Mateo el sábado por la noche mientras compartimos unas cervezas en Lincoln Road.

—Vicuña, te cuento esto por si lo ignoras. Un contacto mío del despacho de Valderrama —no indagues cómo lo he sabido— me ha soplado que Julián ha encargado informes sobre ti. Personales, no profesionales.

—¿Personales?

—Quiere descubrir quién eres fuera de la oficina. Con quién te relacionas, dónde vives, qué bebes. Busca esqueletos en tu armario.

—¿Y qué se supone que debo hacer con esa información, Mateo?

—Nada. Solo que estés sobre aviso. Los Valderrama no son gente peligrosa en el sentido criminal, sino en el político. Si detectan un flanco, lo explotan. Si no lo encuentran, se lo inventan. Avísame si ves algún artículo extraño sobre ti en algún portal económico de tercera.

Asiento y doy un trago a la botella. No le menciono el viaje a Londres con Lara.

No le hablo de los tres días de encierro en el despacho tras lo de Khoury, en los que hemos trabajado en un silencio cómodo y nos hemos observado más de lo razonable.

Tampoco le cuento que esta mañana, al abrir mi correo, Lara me ha escrito lo siguiente:

«Billete en First, vuelo BA206 lunes 23:59. Sofía le remite los datos. Cuatro noches en Londres. Agenda: Ferris el martes, Kaplan el miércoles, fondo soberano kuwaití el jueves. Hotel: Nobu Portman Square. Un favor: no traiga la camisa de embajador noruego».

Ese último renglón es el que me ha obligado a releer el mensaje tres veces.

Nadie más en el mundo conoce el detalle de la camisa.

Se lo mencioné una tarde, de pasada, como una anécdota sin importancia.

Se acordó. Y lo ha utilizado. Es una frase domesticable.

Lara Portela me está domesticando con pequeñas perlas recogidas de conversaciones que yo creía que no estaba registrando.

Y yo se lo estoy permitiendo.

El vuelo transcurre sin contratiempos, aunque ninguno de los dos logra conciliar el sueño.

En First, los asientos se transforman en cabinas individuales semicerradas, con cortinas que simulan privacidad, pero no me duermo porque sé que ella se encuentra a dos metros, al otro lado del pasillo, con la luz de lectura encendida.

A las tres de la madrugada, sobrevolando el Atlántico, me encamino al aseo y distingo el resquicio dorado bajo su cortina.

Aterrizamos en Heathrow el martes a las dos de la tarde.

Londres nos recibe con cinco grados, un cielo de plomo antiguo y esa llovizna fina que no termina de mojar, pero que cala hasta los huesos.

El chófer del hotel nos traslada al Nobu Portman Square.

Registro silencioso. Habitaciones contiguas en la sexta planta con vistas al parque.

La mía exhala un aroma a cedro; la suya, supongo, olerá a lo mismo.

A las tres tenemos la primera cita con Ferris en un edificio de la City tan veterano que las escaleras protestan a cada paso.

Ferris es un inglés de sesenta y ocho años, corpulento, con las mejillas encendidas de quien ha bebido oporto cada invierno de su vida y una destreza extraordinaria para fingir que todo lo que escucha le resulta tedioso.

Lara despliega los planes de expansión. Yo respaldo su discurso con los datos técnicos.

Ferris escucha. Al cabo de una hora, entrecierra los ojos, se ajusta el chaleco y sentencia con un sobrio «I'll think about it, my dear».

Acto seguido, nos sirve un whisky de veinticinco años y nos habla de Nueva Zelanda.

Salimos a las seis de la tarde. La lluvia es ya un manto firme.

—¿Crees que ha aceptado? —me pregunta Lara mientras se ciñe el abrigo.

—Está convencido.

—¿Tanto?

—Llevo años tratando con tipos como Ferris. Cuando desean que te marches, consultan el reloj. Él nos ha ofrecido su mejor whisky. Firmará en quince días.

Ella afirma con la cabeza. Caminamos hacia el coche en silencio bajo la lluvia arreciante, entrando en el vehículo con los hombros empapados.

La noche es compleja. Cenamos en un restaurante peruano de Mayfair que ella misma ha seleccionado y que resulta ser uno de los mejores que he probado.

Charlamos sobre Ferris, sobre Kaplan y el fondo kuwaití.

Ella se despoja de la americana. Viste una blusa de seda color marfil, con un botón más de los estrictamente necesarios desabrochado. No lo observo. Simplemente lo registro.

A las once abandonamos el local. Persiste la lluvia.

—¿Paseamos? —sugiere Lara.

—Está diluviando.

—Es Londres.

Caminamos. Paraguas negros, aceras relucientes y la ciudad sumida en un vacío aparente. De vez en cuando, el paso de un taxi o un pub que exhala luz y vida. Cuando nos falta una manzana para alcanzar el hotel, Lara se detiene bajo una marquesina y pliega su paraguas.

—Carlos.

—Te escucho.

—¿Qué estamos haciendo exactamente?

—Caminar, Lara.

—Sabes que no me refiero a eso.

Lo sé perfectamente.

—Hacemos exactamente lo que ambos sabemos que estamos haciendo desde el jueves en que Khoury estampó su firma.

Se hace el silencio. Doy un paso hacia ella. Luego otro. Apenas veinte centímetros nos separan. Inclino la cabeza despacio, otorgándole margen para reaccionar. No se aparta. La beso.

Es un beso largo, pausado, serio. De esos que llegan cargados de todo lo que se ha evitado demasiadas veces. Su boca está cálida bajo la humedad fría del ambiente. Cuando le apoyo la mano en la nuca, exhala un suspiro casi imperceptible. Nos separamos apenas un milímetro.

—Carlos.

—Dime.

—Esto no va a funcionar.

—Lo sé.

—Tenemos un proyecto entre manos.

—Lo sé.

—Tenemos a mi madre. Tenemos a Valderrama financiando detectives.

—¿Detectives?

—Sofía me lo ha confirmado esta mañana.

—Mateo me lo advirtió el sábado. ¿Por qué no me lo mencionaste?

—Porque sabía que terminaríamos aquí de todos modos. Y prefería que fuera una decisión nuestra.

Esbozo una sonrisa contra su sien.

—Eres la mujer más estratégica que he besado.

—Y tú el hombre más inoportuno.

—¿Oportunamente inoportuno?

—Cállate.

Me besa ella esta vez. Un contacto más breve, más rotundo. Recuperamos el paraguas y caminamos hasta el hotel sumidos en el mutismo. En el ascensor, observamos los números de las plantas como si fueran una información vital. Llegamos al pasillo. Se detiene ante su puerta.

—Carlos.

—Dime.

—No esta noche.

—De acuerdo.

—Pero esto no se va a disolver mañana como si fuera un espejismo de Londres. Esto viene de Miami.

—Lo sabemos los dos.

Me sostiene la mirada un segundo más antes de entrar y cerrar la puerta.

Permanezco en el pasillo tres segundos exactos.

Entro en mi habitación. No enciendo la luz principal, solo la de la mesilla.

Me despojo del abrigo y me siento en el borde de la cama.

Todavía noto la textura de su cabello en mi mano.

Y asumo, con una claridad inquietante, que acabo de dinamitar las tres reglas que me impuse al aceptar este encargo. Y que no tengo la menor intención de reconstruirlas.