Un sueño en Coral ONCE
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El miércoles por la mañana, a las nueve en punto, estamos sentados frente a Kaplan en un despacho de Canary Wharf que parece un plató de HBO.

Cristales inmensos, una panorámica privilegiada del Támesis y una alfombra persa que debe de costar más que un coche de gama media.

Kaplan es una mujer, algo que descubro en el instante preciso en que cruza el umbral; durante todo el viaje Carlos se ha referido a ella sin usar pronombres y yo, con la ceguera de quien aún arrastra sesgos por pulir, di por sentado que me enfrentaría a un caballero canoso.

Helen Kaplan tiene cincuenta y cuatro años, una melena gris cortada a la altura del mentón, un traje negro que bien podría ser el gemelo del mío y un apretón de manos seco.

Durante la primera media hora nos somete a un interrogatorio técnico tan preciso que Carlos se ve obligado a abrir el portátil dos veces para contrastar tablas.

Después, durante los siguientes cuarenta minutos, se limita a escucharnos mientras yo desgrano la propuesta financiera y Carlos interviene de forma puntual para desarrollar detalles estructurales.

A las diez y veinte, Kaplan cierra la libreta donde ha ido tomando notas y nos clava unos ojos grises tan opacos como las aguas del río al otro lado del cristal.

—Señorita Portela. Señor Vicuña. Tengo dos cuestiones que no son estrictamente técnicas.

—La escucho —respondo.

—La primera. ¿Por qué Wynwood y no Doral? El sur de Florida no es Wynwood ni este barrio representa a todo el estado. Si buscan capital institucional británico, necesito comprender por qué ustedes, los Portela, apuestan por este distrito en este preciso instante.

Observo a Carlos apenas medio segundo. Él inclina la cabeza de forma casi imperceptible, otorgándome el turno de palabra.

—Señora Kaplan, los Portela elegimos Wynwood porque comprendimos, antes que nuestra competencia, que el valor del suelo urbano en el sur de Florida a diez años vista no residirá en las zonas financieras, sino en los distritos creativos ya consolidados.

Doral es previsible. Wynwood todavía posee la capacidad de asombrar al mercado.

Nuestro fondo inversor busca ventanas de oportunidad; sospecho que ustedes también.

Kaplan asiente, procesando mis palabras.

—Segunda pregunta. Llevo treinta minutos observándolos.

Y me gustaría saber si el señor Vicuña, que figura en el expediente como consultor externo contratado por seis meses, mantiene un compromiso contractual con Portela International más allá de este proyecto, o si es un actor temporal del que pueden prescindir sin comprometer la ejecución de la obra.

La pregunta aterriza sobre la mesa con un peso plomizo. Busco la mirada de Carlos, quien me la devuelve con una tranquilidad absoluta. Me adelanto antes de que él pueda articular sílaba; esta es una respuesta que me compete a mí como vicepresidenta ejecutiva.

—Señora Kaplan, el señor Vicuña está vinculado a nosotros hasta la inauguración del edificio.

Su firma figura junto a la mía en los documentos arquitectónicos y en los acuerdos pactados con el puerto de Miami.

Si decide invertir con nosotros, el señor Vicuña forma parte del paquete hasta el último día de obra.

Su continuidad posterior es un asunto que ambos revisaremos en su momento, pero le garantizo que no se contempla su salida antes de la entrega de llaves.

Kaplan me estudia durante un silencio incómodo. Después, traslada su atención a Carlos.

—Señor Vicuña, ¿lo ratifica?

—Lo ratifico, señora Kaplan.

—Bien. —Abre de nuevo su cuaderno y anota un par de líneas—.

Les firmaré una carta de intención por veinte millones de libras, sujeta al dictamen de mi comité de inversiones, cuya resolución recibirán en quince días.

Si la documentación se mantiene como hasta hoy, el capital estará disponible a comienzos del próximo trimestre. ¿Alguna objeción al calendario?

—Ninguna —afirmo.

—Perfecto. —Se pone en pie y nos tiende la mano—. Mi asistente les acompañará a la salida. Buen viaje de regreso a Miami, señorita Portela. Señor Vicuña, le deseo suerte con su edificio. Y con su vicepresidenta.

Carlos no reacciona. Yo tampoco. Abandonamos el despacho con la cortesía profesional intacta y el asistente nos escolta hasta la puerta del edificio, donde un Jaguar negro nos aguarda.

El chófer inicia el trayecto hacia el West End.

Durante los primeros cinco minutos, el mutismo es absoluto.

El tráfico del Támesis fluye lento bajo la llovizna insistente que envuelve Londres.

—Se ha percatado —comento al fin.

—Desde luego.

—¿De qué exactamente?

—De que hay algo extraño entre nosotros. Probablemente no sepa definirlo, pero detectó que me defendías con una vehemencia innecesaria para un simple contrato temporal.

—No te defendía con vehemencia.

—Lara. Dijiste «hasta el último día de obra». Esa frase brotó de ti tres décimas más rápido de lo habitual. Kaplan lleva treinta años en esto; registra cada matiz.

Me giro hacia la ventanilla, observando las fachadas de ladrillo de Holborn desfilando bajo el agua. Carlos tiene razón y noto una punzada de inquietud en el estómago.

—¿Te ha resultado molesto?

—Al contrario. Me ha halagado.

—Carlos…

—Lara, esa mujer ha soltado ese «suerte con su vicepresidenta» con la cara más inexpresiva que he visto nunca. Era un guiño, no un reproche. Si le hubiera incomodado, no habría firmado nada. Lo hizo porque le parecimos un equipo cohesionado. En su mentalidad, ambas cosas son la misma.

—¿Un equipo cohesionado?

Se vuelve hacia mí desde su asiento. La luz grisácea de Londres se filtra por el cristal, suavizando sus facciones como si de un filtro cinematográfico se tratara.

—Un equipo cohesionado —repite—. Allí dentro hemos funcionado como dos personas que saben trabajar al unísono. Nada más. Kaplan compra esa seguridad. Lo que hagamos al cerrar la puerta del despacho no es asunto suyo.

—Me importa a mí.

—Lo sé. Por eso sigo durmiendo en mi habitación y no en la tuya.

Lo suelta sin una sola inflexión en la voz, mirando de nuevo al frente como quien comenta el precio del trayecto. No encuentro respuesta. Me es imposible.

Esa noche cenamos solos en un restaurante indio minúsculo que Carlos localizó en Marylebone.

El local tiene apenas seis mesas, paredes de un tono mostaza y un aroma penetrante a cardamomo y cilantro.

Compartimos tres platos y bebemos cerveza india mientras conversamos sobre cualquier cosa que no roce Wynwood, Valderrama o el hecho de que dormimos en estancias contiguas separadas por apenas seis metros de pasillo que ninguno se atreve a cruzar.

Hablamos de Buenos Aires, de Barcelona y de mi internado en Suiza. Él me cuenta que aprendió inglés escuchando a Leonard Cohen; yo le explico por qué mi padre nunca cambia de reloj. Al salir, el camarero nos despide con una inclinación respetuosa.

— Good night, sir. Good night, madam. Your wife is a pleasure to serve .

Carlos no rectifica al hombre. Yo tampoco. Agradecemos el servicio y salimos a la calle. Una vez en la acera húmeda, él se detiene.

—Lara.

—No lo has corregido.

—No te he corregido a ti. Simplemente he permitido que un anciano se marche a casa con una impresión agradable. No creo estar traicionando a Portela International por ello.

—A mí sí.

Me observa en silencio, sin rebatir. Reanudamos la marcha hacia el hotel.

La llovizna es tan sutil que ni siquiera nos cubrimos.

Al llegar al Nobu, subimos en el ascensor hasta la sexta planta.

Frente a mi puerta, Carlos mantiene la distancia de seguridad.

Se queda con las manos en los bolsillos, sin ademán de acercarse.

—Lara, escúchame un momento.

—Te escucho.

—Puedo esperar todo el tiempo que necesites.

Que este proyecto concluya dentro de dieciocho meses, que Kaplan firme o que tu madre nos agote.

Soy un hombre paciente cuando algo me importa.

Pero necesito que me digas, no ahora, pero sí pronto, a qué estoy esperando.

Porque aguardar a un espejismo me destruye, y ya me rompí una vez por esperar algo que no existía.

Lo miro a los ojos. Están serios, despojados de su habitual ironía.

—A mí, Carlos. Me estás esperando a mí.

Asiente una sola vez. Me rodea la muñeca derecha un instante con su mano tibia y me libera de inmediato.

—De acuerdo.

No intenta besarme. No acorta el espacio. Se gira, camina hacia su habitación y desaparece tras la puerta. Permanezco en el pasillo cinco segundos antes de entrar en la mía.

El jueves cerramos el acuerdo con el fondo kuwaití y almorzamos con Ferris, quien ratifica su inversión con la solemnidad de un tratado de paz.

Abandonamos Londres el viernes por la tarde con tres compromisos firmados y setenta millones asegurados.

En el vuelo de regreso, el agotamiento me vence y duermo cinco horas seguidas.

Despierto con el cuello entumecido y una pregunta martilleando en mi pecho.

Aterrizamos en Miami el sábado a la una de la madrugada.

El calor y la humedad me dan la bienvenida con ese olor a salitre que me recuerda que, pese a todo, esta ciudad es mi hogar.

Compartimos taxi hasta Brickell en un silencio denso.

Cuando el vehículo se detiene frente a mi edificio, me despido con un hilo de voz.

—Buenas noches, Carlos.

—Buenas noches, Lara.

Subo al ático. Dejo la maleta junto a la entrada y me sirvo un vaso de agua mientras observo el skyline incandescente de Brickell.

La pregunta que he evitado durante cinco días se materializa con una claridad cegadora: «¿Qué estoy esperando yo?

». No lo que él me preguntó, sino qué aguardo para dejar de gestionar esto como una contingencia empresarial.

Me ducho para arrastrar el cansancio del vuelo. Cuando salgo, envuelta en el albornoz blanco, me miro en el espejo empañado. La mujer que veo tiene treinta y un años, un imperio que gestionar y un consultor a dos kilómetros de distancia que probablemente esté tan insomne como yo.

Marco su número por puro impulso. Él responde al segundo tono.

—Lara.

—Carlos.

Se hace un silencio de cinco segundos que parece eterno.

—Estoy en casa —dice él al fin.

—Yo también.

—¿Quieres que vaya?

—Sí.

—Llegaré en veinte minutos.

Cuelgo. Me apoyo en la encimera y me cubro el rostro. Dejo escapar una risa breve, presa del vértigo. Lara Portela, hasta esta noche tenías una regla inquebrantable: nadie manchaba tu traje blanco. A partir de ahora, las reglas han cambiado.

Me pongo unos vaqueros y una camiseta blanca. Sin artificios. Descalza y con el pelo húmedo, sirvo dos copas de vino. Diecisiete minutos después, el interfono me sobresalta.

—Sube.

Abro la puerta y retrocedo. Lo escucho avanzar por el pasillo. Cuando aparece en el umbral, viste de forma informal, con el pelo húmedo también. Se ha duchado y ha cruzado la ciudad en tiempo récord. Él cierra la puerta y se aproxima a la isla de la cocina. Observa las copas y mi aspecto despojado.

—Lara —su voz suena cansada—. Antes de nada, una cosa. Si en algún momento decides que debo marcharme, lo haré sin rechistar. Pero lo que suceda aquí hoy no responde a la pregunta que te hice en Londres. Esa respuesta sigue pendiente para cuando estés lista. ¿Estamos de acuerdo?

Asiento, incapaz de articular palabra. Él rodea la isla y se detiene frente a mí. Me retira un mechón húmedo de la sien con una delicadeza que me desarma.

—¿Tienes sueño? —pregunta.

—Tengo hambre.

Esboza una sonrisa genuina.

—Yo también.

Pasamos veinte minutos cenando una tortilla improvisada y bebiendo vino, charlando sobre Londres como si fuéramos dos desconocidos que acaban de regresar de un viaje cualquiera.

Me cuenta anécdotas del taxi; yo le confieso mi nerviosismo ante Kaplan.

Se ríe con ganas, con una libertad que me contagia.

Al terminar, nos trasladamos al sofá frente al ventanal.

—Lara —susurra tras un rato de silencio—. Me marcharé a las cinco de la madrugada. No quiero que el amanecer traiga dudas ni arrepentimientos. Quiero que despiertes sola y decidas el resto con calma. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

Me levanto y le tiendo la mano. Él la acepta y lo guío hacia mi habitación. No hay nada más que negociar. Aquella noche, el control deja de ser la prioridad.