Un sueño en Coral VEINTICUATRO
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VEINTICUATRO

Las once semanas resultan más áridas de lo que prometí aceptar sin esfuerzo, y exactamente tan extensas como mi madre había vaticinado aquella noche de noviembre, cuando salí del porche de la mansión con los meses debidamente ordenados en mi mente.

Establecemos una disciplina casi castrense: llamo yo los jueves a las ocho de la tarde, hora de Miami; las nueve de la mañana del viernes en Shinjuku.

Lo convoco con la misma puntualidad con la que presidiría un consejo de administración.

Lo llamo yo, no él. Ese matiz fue una exigencia velada en su última frase en el templo, algo que oí al vuelo y que solo alcancé a descifrar por completo en el trayecto de regreso sobre el Atlántico.

Si lo llama ella —vino a decir sin palabras— es porque ella no olvida.

Si la llamo yo, es porque todavía no me fío.

Acepto el protocolo. No lo cuestiono.

La primera toma de contacto, el jueves posterior a mi vuelta, dura apenas dieciocho minutos.

Discurre entre generalidades sobre la climatología de Tokio y el bochorno de Miami.

Carlos me relata que Ayako contrajo matrimonio el fin de semana pasado en Kamakura y que él asistió a la ceremonia embutido en un kimono prestado que, según sus propias palabras, le hacía parecer «un turista con excelentes intenciones».

Dejo escapar dos risas; él solo una. Al despedirnos, se limita a un sobrio «hasta el jueves».

—Lo anoto.

Esa es toda su reacción. Ni una promesa de asistencia, ni una excusa preventiva. Ninguno de los dos vuelve a rozar ese día del calendario hasta dos meses después.

Durante los once jueves sucesivos, las conversaciones ganan profundidad y metraje.

Veinticinco minutos la tercera semana; treinta y ocho la sexta; cuarenta y siete la novena.

La décima semana alcanzamos una hora y siete minutos de charla que se interrumpe abruptamente porque mi batería claudica y el cargador descansa en el coche.

La undécima semana, la última del protocolo de seguridad, la llamada se dilata durante dos horas largas.

Termina cuando yo, sin premeditación alguna, rompo el dique: «Carlos, he revisado el cronograma de obra esta mañana.

El 10 de septiembre cae en sábado. Sería conveniente que estuvieras aquí».

Él se toma un silencio razonable antes de contestar: «Estaré».

Ese es el pacto íntegro. Dos palabras selladas un jueves de mayo a las nueve de la noche.

Carlos concluye su vinculación con Tanaka el último viernes de ese mes.

Ayako le organiza una despedida en un restaurante de Shinjuku a la que asisten los dieciocho miembros del equipo y el propio Tanaka.

El maestro le hace entrega de un cuaderno encuadernado artesanalmente con los bocetos originales que Carlos trazó para el Pulmón.

En el brindis final, Tanaka sentencia que «Vicuña-san llegó con el pasado clausurado y se marcha con el futuro en abierto».

Carlos me transcribe la frase por teléfono, añadiendo con ironía que, en japonés, la sentencia resultaba más escueta y menos épica, pero que la traducción de Ayako le otorgó ese aire de documental de prestigio.

—Carlos.

—Dime.

—La frase es magnífica en ambas lenguas.

—A mí también me lo parece.

No profundizamos más, pero anoto la cita en la libreta que custodio en el último cajón de mi escritorio; esa bitácora donde en noviembre garabateé: entender, ordenar, sostener, decidir, actuar .

Durante estas once semanas, las páginas se han poblado de frases huérfanas. La de Tanaka es la vigésima séptima.

Carlos regresa a Miami el martes 4 de junio en un vuelo que aterriza a las catorce cuarenta, tras una escala en Los Ángeles.

No acudo a recibirle. Él no lo solicita; yo no lo sugiero.

Sabemos, por pura intuición compartida, que un reencuentro entre maletas, trescientos pasajeros impacientes y fotógrafos de la prensa económica no es el escenario que necesitamos.

Se traslada en un Uber a su loft de Wynwood.

El inmueble sigue bajo su nombre; jamás rescindió el contrato de arrendamiento.

Mateo se ha encargado de regar las plantas semanalmente, gestionar la correspondencia y vigilar que la claraboya resistiera la temporada de huracanes.

Al abrir la puerta, Carlos encuentra el espacio exactamente igual a como lo abandonó en noviembre, salvo por un detalle: sobre la mesa del salón, Mateo ha depositado una caja con una nota manuscrita: «Rocío, Joaquín y yo te echamos de menos. Pásate cuando puedas. M.»

Carlos me llama a las once de la noche. Él toma la iniciativa esta vez.

—Lara.

—Carlos.

—Estoy en Miami. En el loft.

—Lo suponía.

—¿Cuándo nos vemos?

—Cuando tú lo determines.

—Mañana.

—¿En qué lugar?

—Ven al loft a cenar. Cocinaré yo. A las ocho.

—Allí estaré.

Cuelgo y me desplomo en el borde de la cama. Aspiro aire un par de veces. Me preparo mentalmente para una conversación que llevo madurando once semanas y que Carlos, en apenas dos minutos de llamada, ha adelantado casi un día entero.

A las ocho en punto del miércoles 5 de junio, pulso el timbre del loft.

Visto un traje de lino color hueso y sandalias planas.

Prescindo de alhajas y recurro a un maquillaje mínimo.

El cabello cae libre sobre mis hombros. Sostengo una botella de vino blanco de Oregón que sé que apreciaba el verano pasado, antes de que el mundo se quebrara.

Carlos me recibe descalzo. Viste una camiseta gris y vaqueros gastados; conserva el cabello corto de las fotos de Tokio y la barba de tres días que le otorga un aire menos rígido. Me escruta unos segundos desde el umbral, estático, antes de franquearme el paso.

—Adelante.

Entro. El ambiente está saturado por el aroma de carne asada; sospecho que es una receta argentina que Mateo le confió hace tiempo.

Ha dispuesto la mesa junto al ventanal de cinco metros, con la vajilla blanca que ya es parte de nuestra historia común.

La penumbra solo es interrumpida por una lámpara de pie y la llama de una vela. No hay música de fondo.

—Lara. Antes de sentarnos, una puntualización.

—Te escucho.

—Esto no es la escena final del epílogo. Es, sencillamente, una cena.

—Soy consciente.

—Quería que estuviéramos en la misma página.

—Lo estamos.

Se aproxima y me sirve una copa de blanco; recuerda mi preferencia tras siete meses de distancia.

Él opta por el tinto. Durante los primeros veinte minutos, el silencio es casi total.

Me inquiere por la salud de mi padre. Le explico que progresa adecuadamente, que ha aceptado la disciplina del cardiólogo y que su nueva afición al bridge en Coral Gables es, para mi madre, el mayor triunfo del año. Carlos esboza una sonrisa genuina.

—¿Y Beatriz?

—Está distinta. En el buen sentido. Ha guardado el abanico; solo lo lleva en el bolso como un fetiche, pero ya no lo despliega. E incluso ha comenzado a asistir a clases de cocina caribeña los miércoles.

—¿Tu madre en una cocina? —pregunta incrédulo.

—Tal como lo oyes.

—Me alegra enormemente.

—A mí también.

Al finalizar el plato principal, hago amago de levantarme para retirar el servicio. Él me detiene con un gesto suave. Se encarga él de todo, dejando los platos en el fregadero. Regresa con copas limpias y descorcha un Albariño gallego que me resulta desconocido.

—Lara.

—Dime.

—Voy a ser franco. La cena ha cumplido su función diplomática y prefiero que lo que resta no se dilate innecesariamente.

—Adelante.

—Llevo dieciocho horas en la ciudad. He dormido cinco, he pasado seis en el estudio revisando el archivo de Mateo y las siete restantes las he dedicado a estructurar lo que voy a decirte ahora mismo.

Deposito la copa sobre la madera y apoyo las manos en mis rodillas, obligándome a sostenerle la mirada sin parpadear.

—Voy a proponerte cuatro puntos —anuncia Carlos con voz firme—. Uno a uno. Necesito que me respondas con un «sí», un «no» o un matiz. Si logramos cuatro afirmaciones, seguimos adelante. Si surge una negativa, renegociamos en el acto.

—Te escucho.

—Primero: quiero retomar nuestra colaboración en Portela-Vicuña Innovación.

Pero no bajo el diseño del año pasado. He trazado una nueva arquitectura societaria junto a Eduardo y un socio de Mateo.

Te la remitiré el viernes. Incluye una cláusula innegociable: cualquier decisión pública que afecte a las sociedades debe ser ratificada por ambos copresidentes con cuarenta y ocho horas de antelación.

No es un castigo, es un sistema de control de daños. ¿Opinión?

—Sí.

—Segundo: en la inauguración del 10 de septiembre, pronunciaré un discurso de tres minutos. Si el edificio lleva nuestras dos firmas, el acto debe reflejar esa dualidad. ¿Opinión?

—Sí.

—Tercero: esta es la parte compleja. —Hace una pausa—.

De aquí al día de la inauguración, exactamente noventa y ocho días, viviremos separados.

Cada uno en su feudo. Ni llaves compartidas, ni ropa en los armarios ajenos, ni pernoctaciones accidentales.

Podemos almorzar, cenar, viajar a Los Cayos o lo que surja, pero cada uno duerme bajo el techo que le paga al banco.

Noventa y ocho días de independencia absoluta. ¿Opinión?

Trago saliva, sintiendo la opresión en el pecho.

—Matiz.

—Adelante.

—Acepto el plazo. Pero exijo dos excepciones inamovibles. La primera, mi cumpleaños el 14 de julio. La segunda, el tuyo el 22 de agosto. Esas dos noches no dormiremos separados. Es lo único que pido renegociar.

Carlos me estudia en silencio durante un breve lapso. Finalmente, asiente.

—Aceptado. Dos excepciones registradas.

—Gracias.

—Cuarto punto: este te parecerá una nimiedad, pero para mí es fundamental.

—Su mirada se endurece un grado—. No vuelvas a llamarme «mi consultor» ante nadie.

Ni ante el consejo, ni ante Ferris, ni frente a un camarero.

Tampoco «mi socio» o «mi arquitecto». A partir de ahora, si decidimos que esto tiene futuro, me llamas por mi nombre: Carlos.

Y si la situación requiere precisión profesional, Carlos Vicuña.

Es todo lo que pido para los próximos cincuenta años. ¿Opinión?

—Sí.

Él afirma con un movimiento de cabeza y bebe un sorbo de vino.

—Lara, hemos resuelto los puntos clave en cinco minutos.

—Suele ocurrir cuando ambas partes han dedicado el día a pensar en la misma solución.

—Y ahora, si no tienes inconveniente, terminaremos este Albariño y cambiaremos de tercio.

Acepto gustosa. La charla deriva hacia los detalles de la boda de Ayako, la profundidad de una piscina que discutió con Tanaka y un dentista nipón, y el hecho de que su maestro le regaló un cuaderno que pesa un kilo y medio y le costó una fortuna en exceso de equipaje.

Yo le relato mi almuerzo con Julián Valderrama en abril.

Le cuento cómo Julián, por primera vez en dos décadas, pidió agua sin gas solo porque yo lo hice.

Le confieso que no firmamos nada, pero que su retirada de la rivalidad histórica se sintió como una victoria de otro siglo.

—¿Volverás a citarte con él?

—Es probable, pero no en un futuro cercano.

—Me parece sensato.

A las once y media, me escolta hasta la salida. No hay contacto físico, ni beso, ni abrazo.

—Lara. Gracias por venir.

—Gracias por la cena, Carlos.

—El viernes recibes el borrador legal.

—Y el jueves te llamo a las ocho, como marca la costumbre.

—Como siempre.

Desciendo al garaje y arranco el Mercedes.

Salgo a las calles de Wynwood bajo una luna que parece vigilar mis movimientos.

Sintonizo la emisora de música clásica, la misma que me acompañó en mi noche más amarga en noviembre.

Descubro, mientras cruzo hacia Brickell con el aire tropical acariciándome el rostro, que lo que experimento no es euforia.

Es una calma profunda y específica.

La tranquilidad de haber habitado un espacio con el hombre que amo sin recurrir a la mentira, a la omisión o a la estrategia unilateral.

Hemos sellado nuestro destino en cinco minutos sobre una mesa, con una botella de vino como único testigo, mientras el Prisma aguarda su puesta de largo.

La cicatriz ya forma parte de la estructura del edificio, y ambos la contemplaremos desde nuestras respectivas alturas durante décadas.

Me parece bien. Me parece, en realidad, exactamente como debía ser.