Un sueño en Coral VEINTITRÉS
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VEINTITRÉS

Tokio en marzo resulta más gélido de lo que había previsto cuando aterricé en diciembre con una única maleta, tres camisas de invierno y un castellano oxidado tras cuatro meses de emplearlo exclusivamente frente al espejo del baño.

Mi apartamento en Shinjuku es un habitáculo de veintidós metros cuadrados que integra una cocina americana, un tatami y un ventanal desde el cual se divisa un fragmento de la torre de la NTT.

Cuenta también con un baño japonés que tardé una semana completa en aprender a manejar sin escaldarme.

El estudio Tanaka sufragó los costes los dos primeros meses; desde febrero, asumo yo el gasto.

Prefiero pagar el alquiler. Al cierre de cada mes, ese gesto me devuelve la sensación, mínima pero fundamental, de habitar realmente este lugar y no solo de transitarlo como un invitado profesional de paso.

Estos cuatro meses en el estudio de Kenzo Tanaka han sido, en términos profesionales, los más intensos de mi trayectoria.

Tanaka tiene setenta y dos años, trabaja doce horas diarias, fuma como un estibador y profesa hacia sus colaboradores una ternura brusca que solo alcancé a descifrar en mi tercera semana.

Es, sencillamente, el mejor arquitecto vivo del sudeste asiático.

Aprender a su lado constituía una oportunidad que, en cualquier otro momento de mi vida, habría aceptado con gratitud.

Ahora mismo es, además, la estructura emocional que me impide naufragar en pensamientos constantes sobre Miami.

Miami sigue ahí. No pretendo negar la evidencia.

Aparece a las cuatro y media de la tarde, cuando el sol comienza a declinar sobre Shinjuku y me recuerda, por el contraste de latitud, que en Florida apenas es mediodía.

Surge los domingos tontos, esos huérfanos de reuniones, durante los desayunos en cafeterías occidentales donde añado azúcar al café que pedí solo por error.

Miami asoma en la ducha, en los trayectos interminables en metro y, sobre todo, de forma traicionera, en los quince minutos previos al sueño.

Es ahí cuando el cuerpo baja la guardia y la mente reproduce con una nitidez insultante una cocina, un albornoz blanco y una mujer estática en el umbral, a las siete menos diez de la mañana, observándome con los ojos anegados en lágrimas que se negaban a caer.

Sin embargo, durante las otras doce horas de la jornada, Miami permanece en letargo. Es mi equilibrio actual.

El Pulmón Hidropónico de Shinjuku es una edificación que no guarda semejanza con nada que haya proyectado anteriormente.

Tanaka me ha concedido libertad absoluta; me ha espoleado, incluso.

El diseño fusiona lo que él lleva defendiendo cuatro décadas con lo que yo asimilé en Miami sobre el vidrio reactivo.

Al presentarle los primeros bocetos en enero, los escrutó durante veinte minutos en un silencio sepulcral.

Después encendió un cigarrillo y me lo ofreció en un gesto de invitación ritual que por aquel entonces aún no sabía interpretar.

Solo articuló una frase: «Interesante, Vicuña-san; lo firmaremos juntos».

Cincuenta y cincuenta. A mi edad y con su renombre, cualquier otro arquitecto se habría reservado el setenta y cinco por ciento de la autoría. Tanaka no.

En febrero, cuando me consultó sobre la inscripción para la placa de acceso, le entregué la respuesta que llevaba madurando semanas: «A mi maestra de negociaciones al otro lado del Pacífico».

Tanaka me observó por encima de sus gafas y asintió sin formular preguntas adicionales.

La nota que acompañaba a los renders enviados a Miami fue iniciativa suya.

Yo solo le había solicitado remitir las imágenes a la señorita Portela antes de su difusión pública.

Él decidió firmarla personalmente porque, según me explicó una tarde en el ascensor, «una señorita presidenta merece que le escriba un maestro japonés, no un colaborador enamorado».

Le agradecí el detalle. No corregí lo de «enamorado».

Hoy es martes. Son las tres de la tarde y Tokio se estremece a ocho grados bajo un firmamento gris acerado.

Camino por Shinjuku de regreso al estudio tras una reunión con los ingenieros estructurales.

Visto un abrigo azul noche y la bufanda gris que Ayako me regaló por Navidad.

Atravieso el cruce de Kabuki-cho con la vista baja y asciendo las escaleras del estudio sin saludar; Tanaka me ha enseñado que los saludos se reservan para el umbral, no para las zonas de tránsito.

Al cruzar la recepción, Ayako me recibe con una expresión inédita, una mezcla de diversión y cautela.

—Vicuña-san.

—Dime, Ayako.

—Tiene una visita.

—¿Una visita?

—Una mujer. Lleva cuarenta minutos aguardando en el atrio.

—¿Su nombre?

Ayako sonríe con esa contención japonesa que no aclara nada.

—Lara Portela.

Siento cómo se me paraliza el hombro izquierdo. El músculo se tensa de forma involuntaria, como si una mano gélida me hubiera recorrido la nuca. Durante un instante, la parálisis es total. Ayako ladea la cabeza; sabe que no necesita añadir nada más.

—Gracias, Ayako.

Avanzo por el pasillo con una parsimonia impuesta. Me obligo a mantener un ritmo pausado durante los siete metros de trayecto porque soy consciente de que, si acelero, llegaré al encuentro con una frecuencia cardíaca que restará profesionalidad a mi postura.

La descubro allí. Sentada en el sofá de madera clara, con la espalda rígida y las manos entrelazadas sobre el regazo, como si asistiera a una audiencia oficial.

Viste pantalones negros y un jersey de cuello vuelto a juego.

A su lado descansa un abrigo de lana gris y, sobre sus hombros, el pañuelo color crema que le regalé el año pasado en South Beach.

Lleva el cabello recogido y el rostro lavado.

Sus facciones delatan cuatro meses de insomnio.

Al verme, se pone en pie con lentitud. Me aguarda sin abandonar la zona del sofá. Me detengo a dos metros de ella.

—Lara.

—Carlos.

Se establece un silencio denso. Cinco, seis segundos. Me niego a romperlo yo. Ella toma aire.

—No he acudido sin avisar por capricho. Barajé escribirte un correo o utilizar a Ayako como puente. Incluso estuve a punto de telefonear a Tanaka en un arrebato de madrugada. Descarté todo. Aterricé ayer en Narita y he pasado las últimas veintiocho horas en el hotel. Hoy he decidido venir sola.

—¿En qué hotel te hospedas?

—En el Park Hyatt.

—A diez minutos de aquí —apostillo.

—Exacto.

Nos observamos. La distancia física se mantiene intacta. Estamos en el atrio del estudio, con el gris de Shinjuku filtrándose por los ventanales, envueltos en una atmósfera que recupera una textura que creía olvidada: la de su presencia real.

—Lara. ¿Traes un plan definido o has venido a ver qué sucede?

La pregunta es descarnada, más de lo que pretendía ser si alguna vez imaginaba este momento. La formulo porque, en mi soledad japonesa, he aprendido que la cortesía superflua solo dilata lo inevitable. Ella no se amilana.

—Tengo un plan. Y no es de reconquista, sino de diálogo. Deseo que hablemos durante una hora. Después, la decisión será estrictamente tuya. No he cruzado el mundo para convencerte, sino para entregarte unas frases que llevo cuatro meses custodiando. Mereces oírlas de frente.

—Entendido.

—¿Dispones de tiempo ahora o prefieres que nos veamos esta noche?

Consulto el reloj de pared. Las tres y diez.

—Ahora mismo. Pero no aquí. Hay un templo pequeño a pocas manzanas con un jardín recóndito; a estas horas suele estar desierto. ¿Te parece bien?

—Me parece perfecto.

Recoge su abrigo. Al cruzar la recepción, le dedico a Ayako el saludo mínimo para informarle de que me ausento.

Salimos a la calle. Caminamos por Shinjuku durante siete minutos de mutismo absoluto.

Lara camina protegida por su abrigo y su bufanda; yo la guío manteniendo la separación que dicta este nuevo escenario.

El templo es una joya mínima: un patio de arena rastrillada, madera negra y tres árboles desnudos. Nos sentamos en un banco de piedra junto al pórtico, guardando medio metro de distancia. Lara toma la iniciativa.

—Carlos. Tres frases. Después, te escucharé a ti.

—Adelante.

—Primero: lo ocurrido en noviembre no fue un descuido ni un error administrativo.

Fue una decisión plenamente consciente. Me encerré en mi despacho y redacté las opciones en una libreta.

Sabía cuál era la correcta y, aun así, elegí la otra.

Segundo: mientras lo hacía, te escuchaba relatarme lo de Diego Moreau en tu loft.

Tenía tus palabras grabadas y decidí ignorarlas.

Tercero: aquello no fue un fallo operativo, Carlos.

Fue una traición. Lo supe mientras firmaba, lo supe durante nuestra cena y lo supe mientras dormía a tu lado.

No he venido a Tokio para maquillar la realidad. He venido para darle nombre.

El silencio vuelve a instalarnos. Siento mis manos cerrarse en puños dentro de los bolsillos.

—Aprecio tu precisión, Lara.

—¿Solo eso?

—De momento, sí.

Ella asiente, manteniendo la vista fija en un punto del suelo.

—No he terminado —continúa—. Lo segundo que deseo decirte es que no vine antes porque mi madre me lo prohibió.

Me impuso cuatro meses: entender, ordenar, sostener y decidir.

Me advirtió de que venir a buscarte en noviembre habría sido un impulso visceral, mientras que hacerlo en marzo sería una decisión con peso.

He respetado ese plazo. Mi único mérito hoy es no haber venido antes.

—Beatriz suele tener razón.

—Lo sé. —Hace una pausa—. Lo tercero: he ocupado la presidencia.

He elevado el Prisma hasta la planta cuarenta y cinco, he cerrado inversiones y reestructurado la compañía.

He cumplido con lo que se esperaba de mí y con mis propias expectativas.

Pero en este proceso he descubierto algo vital: la silla presidencial cumple con las ambiciones del cargo, pero no llena el vacío de una persona completa.

No es romanticismo; es un balance de resultados tras ciento veinte días.

Si mañana tuviera que elegir entre esa silla y tú, Carlos, elegiría quedarme sin silla.

Me concentro en la arena rastrillada, en las ondas perfectas y los árboles inertes. Dejo pasar veinte segundos antes de encararla.

—Lara, te diré dos cosas. Primero: valoro que estés aquí y valoro tu silencio de estos meses. Te agradezco profundamente que no intentaras justificarte aquella mañana en la cocina cuando te lo prohibí. Si hubieras insistido, me habría quedado, y esta conversación habría sido imposible.

—Lo sabía. Por eso te dejé marchar.

—Lo segundo: no te voy a dar una respuesta hoy.

Ella afirma con la cabeza, sin atisbo de sorpresa.

—Entiendo.

—Lara, escucha bien. También yo he aprendido lecciones.

He asimilado que lo que hiciste no es comparable a lo de Diego Moreau.

Él me robó mi futuro profesional; tú firmaste una nota de prensa que me restaba un título pero me aseguraba estabilidad.

Probablemente, si me hubieras consultado, yo mismo habría propuesto algo similar.

Eso lo comprendí en enero. Sin embargo, que él fuera peor no te exime de nada.

Él era un extraño; tú eras la mujer que me prometió que jamás actuaría a mis espaldas.

El daño no se mide en dólares, sino en la distancia entre la promesa y su ruptura. Y en tu caso, ese abismo fue inmenso.

Lara no replica. Dos lágrimas silenciosas surcan sus mejillas, trazando caminos simétricos sobre su piel.

—Yo no lloro porque me he blindado para este momento —prosigo—, pero necesitaba verbalizar esto. Fue lo que hiciste, y es lo que sigue sin cicatrizar del todo en mi interior.

Transcurren diez, quince, veinte segundos. Un anciano cruza el umbral del templo, nos dedica una mirada fugaz y desaparece. Lara se vuelve hacia mí por primera vez.

—¿Qué necesitas, Carlos?

—No lo sé.

—¿Más tiempo?

—No. El tiempo ya ha hecho su parte. Necesito una certeza. Saber que lo de noviembre fue un evento aislado, el último de esa naturaleza. Pero no hay forma de certificarlo; ni tú ni yo podemos. Eso solo lo validan los actos y el paso de los días, no una charla en un jardín.

—Lo comprendo.

—No te estoy rechazando, Lara. Quiero que quede claro. Pero no puedo responderte hoy, ni esta semana.

—¿Cuál es el plazo entonces?

—Me restan casi tres meses de contrato con Tanaka.

Pienso cumplirlos. Propongo que tú regreses a Miami a ejercer tu presidencia y yo me quede aquí a terminar mi edificio.

Hablaremos por teléfono. Sin cámaras, sin viajes, sin contacto físico.

Una llamada semanal de veinte minutos. Jueves para ti, viernes para mí. Durante once semanas.

—Once semanas —repite ella, asimilando la cifra.

—Si al finalizar ese periodo siento que puedo sentarme a cenar contigo sin que mis principios profesionales se resientan, volveré.

Si no, te lo diré con la misma franqueza que hoy.

Y si vuelves a decidir por mí en este tiempo, el contador se reiniciará.

No soy hombre de plazos cortos cuando el fondo es importante.

Ella baja la mirada, aceptando las condiciones.

—Acepto las once semanas.

—Gracias.

—Carlos… —me llama cuando hago amago de levantarme—. No vas a dejarme hoy, ¿verdad?

La observo fijamente.

—No. No voy a dejarte hoy.

—De acuerdo.

Permanecemos en el banco veinticinco minutos más. En silencio. Sin contacto. El viento de marzo cala entre los edificios. Lara se limpia el rastro de las lágrimas con un gesto mecánico, desprovisto de dramatismo. A las cuatro y diez, se incorpora.

—Esta noche no cenaremos juntos —anuncia—. No por falta de ganas, sino porque creo que no es el momento. Regreso al hotel y mañana vuelo a Miami. El próximo jueves, a las ocho de la tarde de tu horario, esperaré tu llamada.

—Estaré al otro lado de la línea.

Se ajusta el abrigo y la bufanda. Me dedica una mirada cargada de una madurez que me resulta bellísima y abandona el templo, caminando con precaución sobre el empedrado irregular. Me quedo solo otros quince minutos.

No experimento ninguna reacción física inmediata.

Solo una sensación de limpieza en el pecho, como si alguien hubiera higienizado mi interior.

Durante cuatro meses deseé y temí este encuentro a partes iguales.

Ha sucedido. No ha habido ruegos ni exigencias.

Ha habido tres frases, una escucha atenta y la aceptación de un plazo.

Miami, descubro mientras regreso al estudio bajo el cielo plomizo, tiene por fin un rostro definido. Miami es la mujer que acaba de marcharse de un templo sintoísta sin exigir besos ni promesas, y que el próximo jueves aguardará mi llamada para hablar de cualquier nadería durante veinte minutos.

Y yo, por primera vez desde aquel noviembre, me he permitido la posibilidad real de querer descolgar el teléfono.