Nik Vargas no acepta reuniones con fondos de capital riesgo. Lleva cinco años rechazando a todo el mundo, y nadie en Brickell ha conseguido averiguar por qué. Yo llevo tres intentando ser la excepción, y cuando por fin lo consigo, descubro que el problema nunca fue el dinero.

Nik no quiere financiación. Quiere otra cosa.

Su propuesta no tiene sentido, pero tampoco tengo margen para rechazarla. El acuerdo es claro: cuatro meses, una imagen pública impecable y beneficios para ambos. Un trato temporal, medido y sin implicaciones personales.

Al menos, en teoría.

Porque hay algo que Nik no sabe: yo ya investigué lo que ocurrió hace cinco años y quién le traicionó.

Y hay algo que yo tampoco sé: que él ha hecho exactamente lo mismo conmigo.

Y cuando dos personas empiezan un acuerdo ocultando la misma verdad, lo que está en juego deja de ser el negocio… y pasa a ser todo lo demás.

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