CUARENTA Y DOS
La luz de las farolas de Brickell Avenue se filtra por el ventanal, y dibuja franjas de platino sobre el suelo de madera oscura.
Sofía permanece de espaldas. Su postura posee esa rectitud militar que adopta cuando el mundo a su alrededor se desmorona.
Ni un hombro caído, ni un mechón de pelo fuera de su sitio.
Sobre su escritorio, tres cajas de cartón cerradas con cinta aislante parecen lápidas que custodian su carrera en esta firma.
—Los cálculos fallan cuando las variables dejan de ser lógicas. —Mi voz suena demasiado alta en este espacio desierto.
Ella se gira con lentitud. No hay rastro de llanto en su rostro, solo una fatiga que le ensombrece las facciones. Cruza los brazos sobre el pecho. Es su armadura habitual, el cierre de seguridad que impide que cualquier intruso detecte el pulso acelerado bajo su piel.
—La lógica no tiene nada que ver con esto.
Nunca se trató de números, aunque te empeñes en esconderte tras ellos.
—Su mirada recorre mi silueta, y evalúa mi presencia como si fuera una auditoría externa—.
¿Qué haces aquí? El contrato expiró en el momento en que sacaste esa información de mi alcance. Ya no hay nada que negociar.
Camino hacia la mesa. Evito tocar las cajas.
Tocar ese cartón significaría aceptar que ella ya no pertenece a este edificio, a mis mañanas, a mi vida.
Me detengo a dos pasos de ella. La proximidad activa esa tensión eléctrica que nos define, un campo de fuerza que nos atrae y nos repele con la misma intensidad.
—No vengo a negociar.
—Vaya. Eso sí que es una novedad. —Suelta una risa breve, carente de humor—. El hombre que pide una cláusula de rescisión hasta para elegir el restaurante, ahora se presenta con las manos vacías. ¿Debo llamar a seguridad o es que finalmente el sistema Vargas ha colapsado?
Aprieto los puños. El impulso de alcanzar su mano, de romper este silencio de cristal que nos separa, casi me vence. «No lo hagas. No todavía». Las palabras de mi madre resuenan en mi cabeza: manos vacías.
—He pasado siete años construyendo muros para que nadie pudiera ver lo que había detrás.
—Me obligo a sostenerle la mirada. Sus ojos castaños tienen ahora esos destellos dorados que solo aparecen cuando está a punto de tomar una decisión irrevocable—.
El error con Marcus no fue la confianza.
Fue creer que la desconfianza me haría invencible.
Te oculté la filtración porque el miedo a que te fueras si las cosas salían mal era superior a mi juicio.
Irónico, ¿no? Al final, mi protección ha sido la causa del desastre.
Sofía descruza los brazos. Da un paso hacia el ventanal, y me da de nuevo su perfil.
—Me trataste como a una empleada de segundo nivel.
Me quitaste la capacidad de decidir sobre mi propio riesgo.
En mi mundo, eso es una traición mayor que cualquier filtración de prensa.
—Se pasa una mano por la nuca, un gesto de vulnerabilidad que me atraviesa—.
No necesito que me cuides. Necesito que me veas.
El silencio vuelve a ocuparlo todo. Es un vacío denso, cargado de frases que mueren antes de nacer. Observo el reflejo de ambos en el cristal. Parecemos dos fantasmas atrapados en una estructura de acero y ambición.
—Te veo. —Mi voz es ahora un susurro que apenas rompe el aire—. Te veo en cada decisión que tomo. Te veo en los silencios de este despacho. Te veo incluso cuando cierro los ojos e intento recordar cómo era mi vida antes de que aparecieras en aquel elevador.
Ella se tensa. Sé que mis palabras están golpeando su control, y horadan esa superficie de mármol que tanto le ha costado pulir.
—Es tarde para esto. —Su voz carece de la firmeza de antes—. He presentado mi dimisión hace una hora. El lunes por la mañana ya no seré socia de esta firma.
—Lo sé.
—¿Lo sabes? —Se vuelve hacia mí, con una chispa de sorpresa en la mirada.
—He hablado con el board antes de subir. —Doy otro paso. Ahora estamos tan cerca que puedo percibir el calor que emana de su cuerpo—. Les he dicho que si aceptan tu renuncia, Vargas Capital retira todos los fondos de la cuenta de gestión.
Sofía abre mucho los ojos. Sus labios se separan. Es la primera vez que la veo perder el control absoluto sobre su expresión.
—¿Has hecho qué? —Su voz asciende una octava—. Nik, eso es un suicidio profesional. El mercado te devorará si rompes con ellos ahora.
—Que me devoren. —Me encojo de hombros con una indiferencia que me sorprende a mí mismo—. Anya tenía razón. El dinero es papel. No puedo liderar un proyecto donde la persona que lo hace posible no está presente.
—No puedes comprar mi permanencia con una amenaza al board. —Hay algo nuevo en su tono, una nota de admiración que intenta ocultar tras su máscara de racionalidad.
—No estoy comprando nada. Estoy eliminando los obstáculos. —Alargo la mano. Esta vez no me detengo. Mis dedos rozan el dorso de los suyos, un contacto mínimo que envía una descarga directa a mi columna—. No quiero que te quedes por el contrato. No quiero que te quedes por el deal.
—¿Entonces?
—Quédate porque esta ciudad es demasiado pequeña para que los dos estemos en ella y no estemos juntos. Quédate porque mi contraoferta ya no tiene que ver con Vargas Capital. Tiene que ver con esto.
La atraigo hacia mí con suavidad. Sofía no se resiste.
Sus manos suben hacia mi pecho, y se apoyan en la tela de mi camisa con una duda que se disuelve en segundos.
Su respiración se acompasa con la mía. El mundo exterior, con sus luces de neón y sus finanzas de alta velocidad, deja de existir.
Solo queda el espacio mínimo entre sus labios y los míos.
—Esto no estaba en los términos. —Susurra contra mi boca.
—Quemaremos el contrato. —Respondo.
Cuando finalmente la beso, no hay rastro de la frialdad estratégica que nos ha guiado hasta ahora.
Es un encuentro voraz, cargado de la urgencia de quien ha pasado demasiado tiempo fingiendo que no siente nada.
Sofía se aferra a mi nuca. Sus dedos se enredan en mi pelo con una posesividad que me devuelve la vida.
En este despacho de la planta cuarenta, bajo el cielo eléctrico de Miami, entiendo por fin que el verdadero poder no reside en el control, sino en la capacidad de rendirse ante la única persona que tiene el código para desarmarte.
—Al otro lado de la noche es lunes. —Dice ella entre besos, con esa voz que vuelve a tener el brillo de la victoria.
—Al otro lado de la noche —replico, mientras la estrecho más contra mí— será el primer día sin plazos de caducidad.
Las cajas de cartón permanecen sobre la mesa, olvidadas. El reloj de la pared marca la medianoche, pero aquí, en este punto exacto de Brickell, el tiempo acaba de detenerse para nosotros.