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CUARENTA Y SIETE

El amanecer en Coral Gables no posee el brillo agresivo de Brickell.

Aquí la luz se filtra entre las hojas de los banyans con una pereza que invita a la tregua.

Me despierto antes que Nik. Me quedo inmóvil, y observo su perfil contra la almohada blanca.

Sin la máscara de frialdad analítica, sin el traje gris de mil dólares y sin la necesidad de ser la persona más inteligente en la sala, Nik Vargas parece casi vulnerable.

Es una visión que me revuelve el estómago de una forma que ningún balance de situación ha logrado jamás.

«Has dejado entrar al lobo en tu santuario».

La frase acude a mi mente con una lucidez implacable.

Mi apartamento siempre ha sido mi búnker, el lugar donde las cuotas de mercado y las traiciones de pasillo no tienen permiso de residencia.

Verlo aquí, ocupando mi espacio con una naturalidad que desafía toda mi lógica, es el riesgo más alto que he asumido en mi vida.

Más que la dimisión. Más que fundar Elevador.

Me levanto con cuidado, y evito que el colchón delate mi movimiento.

Camino descalza hacia la cocina. El suelo de madera está frío, un recordatorio táctil de que el mundo real sigue ahí fuera, y espera a que las puertas de este refugio se abran.

Pongo la cafetera. El aroma del café brasileño empieza a llenar la estancia, y me devuelve esa sensación de control que tanto necesito para funcionar.

Saco mi libreta de la mesa del comedor. El cheque de Nik sigue allí, una pequeña pieza de papel que representa una fortuna y, al mismo tiempo, una renuncia absoluta a su poder sobre mí.

Lo observo durante un minuto largo. Podría romperlo.

Podría enmarcarlo. Al final decido guardarlo dentro de un libro de Clarice Lispector que descansa en la estantería.

No lo cobraré hoy. Quizá tampoco al otro lado de la noche.

Pero saber que está ahí, como una red de seguridad que no he pedido pero que acepto, cambia la presión en mi pecho.

—Huele a café y a planes de dominación mundial. —Una voz suena a mis espaldas.

Me giro. Nik está apoyado en el marco de la puerta del dormitorio, con el pelo revuelto y los ojos todavía nublados por el sueño. Lleva solo los pantalones del día anterior, descalzo, con esa confianza física que siempre me ha desarmado.

—Huele a café y a una lista de tareas que harían temblar a tu padre. —Replico, y le ofrezco una taza.

Él se acerca, envuelve la taza con sus manos y me observa por encima del borde. Hay una paz en su mirada que me resulta inquietante. Nik Vargas no suele estar en paz. Suele estar calculando.

—¿Cuál es la primera tarea de la nueva dueña de Elevador? —Pregunta, y se sienta en la banqueta de la cocina.

—El registro mercantil. —Me apoyo en la encimera, y cruzo los brazos—.

Y luego una ronda de llamadas. He pasado años construyendo una red de contactos que ahora mismo se preguntan por qué la mejor socia de la firma ha desaparecido del mapa.

Tengo que contarles mi versión antes de que mi padre cuente la suya.

Nik asiente con lentitud. Su pulgar acaricia el borde de la taza con un ritmo hipnótico.

—Tu padre dirá que has tenido un colapso por estrés.

O que te has ido para fundar una familia.

Es lo que dicen los hombres como él cuando una mujer les gana la partida por la mano.

—Sus ojos grises se clavan en los míos con una intensidad renovada—.

¿Quieres que me encargue de que su versión no llegue a los oídos adecuados?

—No. —Mi respuesta es inmediata, seca—. Ese es el viejo Nik.

El que soluciona los problemas con una llamada y una amenaza implícita.

Si voy a hacer esto, tengo que hacerlo sola.

Elevador no puede nacer bajo la sombra de Vargas Capital.

Si mi padre intenta ensuciar mi nombre, usaré sus propios trapos sucios para limpiar el camino.

Créeme, tengo suficiente información para que prefiera el silencio a la guerra.

Él sonríe, una expresión cargada de un respeto que no necesita palabras. Se levanta, deja la taza en la encimera y me rodea la cintura con los brazos. El calor de su piel contra la mía desbarata mis defensas por un segundo.

—Nuevos términos. Los tuyos. —Susurra cerca de mi oído—. Pero déjame ser, al menos, el que te lleve al registro. Brickell es un nido de víboras hoy y quiero ver la cara de los analistas cuando te vean bajar de mi coche sin el logo de la firma en la solapa.

—Acepto el viaje. —Cedo, y hundo la cara en el hueco de su cuello—. Pero me bajaré en la esquina. No quiero fotos de prensa todavía. El misterio es nuestro mejor activo de marketing ahora mismo.

Nos quedamos así un rato, y dejamos que el tiempo se detenga antes de que la ciudad nos reclame. Miami ruge a lo lejos, una bestia de cristal y asfalto que no sabe que las reglas del juego acaban de cambiar.