Un sueño en Coral VEINTE
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VEINTE

A las seis y cuarenta y cinco de la mañana del martes, mi móvil vibra sobre la mesilla de noche del ático de Lara con la insistencia cortante de una alerta de Bloomberg.

Llevo despierto desde las seis. Alargo la mano con cautela para no interrumpir su sueño.

Leo el titular una vez. Accedo al enlace.

Veintidós minutos desde la publicación. Firma una corresponsal en Miami citando fuentes internas.

Sucesión por motivos de salud del actual presidente.

Unanimidad del consejo. Reestructuración estratégica: disolución de Portela-Vicuña Innovación SL antes de fin de año e integración de activos en la cartera principal.

El arquitecto Carlos Vicuña continuará vinculado al proyecto Prisma como arquitecto jefe mediante un nuevo contrato de colaboración profesional ampliada.

Una declaración oficial de Lara, emitida ayer a las cinco y cuarenta y dos de la tarde, cierra la nota:

«La integración del proyecto Prisma responde a criterios de eficiencia societaria. Agradezco al arquitecto Carlos Vicuña su colaboración estratégica durante estos últimos ocho meses».

Colaboración estratégica. Ocho meses.

Me incorporo en el borde de la cama, procurando no hacer ruido.

Lara sigue dormida, el rostro oculto por su propia melena esparcida sobre la almohada.

Respira con una lentitud rítmica. Abandono el dormitorio, cruzo el pasillo y entro en la cocina.

Apoyo ambas manos sobre la encimera de mármol.

Cierro los ojos. Los abro. Observo la ciudad a través del ventanal; Brickell amanece envuelto en un azul limpio que, en cualquier otra circunstancia, me habría resultado hermoso.

Las cinco y cuarenta y dos de ayer.

Cuarenta y ocho horas antes, el lunes a las nueve, Lara me recibió con una sonrisa, cocinó para mí y me relató anécdotas triviales.

Me propuso una escapada a Los Cayos, me besó en el sofá y durmió contra mi pecho.

Todo eso sucedió tres horas y dieciocho minutos después de haber rubricado una nota de prensa que me degradaba a contratado sin haberme consultado.

Tres horas y dieciocho minutos de farsa.

Abro la nevera solo para cerrarla de inmediato. Escucho sus pasos descalzos aproximándose por el pasillo. Lara asoma en el umbral envuelta en el albornoz blanco del hotel de Londres. Luce el cabello revuelto y la mejilla izquierda aún marcada por la presión de la almohada.

—Carlos… Son las siete menos cuarto. ¿Qué haces ya levantado?

La observo con una fijeza gélida.

—Lara, ve al salón. Siéntate y coge el móvil.

—Carlos…

—Ve al salón.

No alzo la voz; no me hace falta. Mi mirada le comunica que no estamos ante una conversación matutina ordinaria. Ella avanza un par de pasos hacia la cocina, confusa.

—¿Qué ocurre?

—Coge el teléfono. Abre Bloomberg y lee.

Extrae el dispositivo del bolsillo del albornoz.

Lo traía consigo. Desbloquea la pantalla y baja la vista.

Registro en su rostro, en tiempo real, la secuencia del impacto: primero la palidez súbita, luego los párpados apretados con fuerza y una respiración que se vuelve errática.

Sus dedos se crispan sobre los bordes del terminal.

El silencio se prolonga seis segundos interminables.

—Carlos…

—Te voy a pedir una sola cosa, Lara.

—Adelante.

—No intentes explicármelo.

—Carlos, escúchame…

—No —sentencio con sequedad—. No ahora. Cualquier justificación que me ofrezcas ahora la procesaré con la cabeza caliente y acabaré perdonándote por puro agotamiento. Y me niego a perdonarte por cansancio. Necesito asimilar esto con calma y responder desde un lugar adulto.

—Al menos déjame decirte una cosa.

—No.

Es un «no» rotundo. Sin dramatismo, casi profesional. Ella permanece estática bajo el dintel; distingo cómo el bajo del albornoz le tiembla ligeramente sobre los tobillos. No llora, pero se mantiene inmóvil, como si un solo movimiento pudiera quebrarla.

—Carlos… ¿Vas a dejarme?

—No lo sé. No he tomado ninguna determinación todavía. Pero lo que tengo claro, ahora mismo, es una sola cosa. Y te la voy a decir.

—Te escucho.

—No vuelvas a tomar decisiones por mí.

Se produce un silencio de diez segundos que pesa más que el edificio entero.

—Esa es la frase —prosigo—. La única que voy a dejar en esta casa antes de marcharme.

No vuelvas a decidir por mí. Ni sobre la presidencia, ni sobre la sociedad, ni sobre lo que cenamos los lunes o dónde pasamos el fin de semana.

No necesito que estés de acuerdo conmigo en todo; necesito que me pidas opinión antes de estampar tu firma.

Es algo mínimo, Lara. Lo más básico. Y es exactamente lo que me prometiste en mi loft y lo que ayer decidiste ignorar.

Ella asiente una sola vez, una capitulación silenciosa.

—De acuerdo.

Regreso al dormitorio sin dedicarle una mirada.

Me visto en cuatro minutos: vaqueros, camiseta gris y zapatillas.

Los zapatos del traje de anoche se quedan en el armario; no pienso necesitarlos hoy.

Recojo el maletín. Saco de la mesilla la llave del ático que me entregó aquel sábado de tormenta y la deposito sobre la madera con un sonido metálico definitivo.

Vuelvo al pasillo. Lara no se ha movido de la cocina.

—Me voy a mi loft. No me llames, no me escribas y no utilices intermediarios.

—¿Durante cuánto tiempo?

—El que necesite. No lo sé. Semanas, meses… lo sabré cuando lo sienta.

—Carlos… —me detiene antes de que alcance la salida—. Una última cosa.

—Habla.

—¿Estás convencido de que marcharte así, sin permitirme hablar, es lo correcto?

Me detengo en el umbral del salón y me giro. Sus ojos están anegados en lágrimas que lucha por contener. Mantiene una mano apretada sobre el móvil y la otra aferrada a la solapa del albornoz, sosteniéndose físicamente para no derrumbarse. La observo durante dos segundos exactos.

Por un instante, flaqueo. Siento ese tirón en el pecho, ese vértigo de cuando la traición de Diego Moreau vuelve a abrirse bajo mis pies.

Recuerdo lo que me costó emerger del pozo la primera vez y lo que me costará, con toda probabilidad, salir de este.

Comprendo que lo que más me aterra no es marcharme, sino quedarme.

Porque si me quedo y escucho sus razones, la perdonaré antes del mediodía.

Conozco mi propia debilidad por su voz cuando me mira así.

Pero si me quedo y la perdono ahora, y dentro de dos años vuelve a actuar de forma unilateral porque una voz vieja en su cabeza le dicta que el liderazgo es soledad, ya no tendré margen de maniobra. El perdón se acumula, y la segunda vez se perdona sobre las cenizas de la primera.

—Sí, Lara. Estoy convencido.

Sujeto el maletín, abro la puerta y salgo. Cierro tras de mí con la misma suavidad profesional con la que abandoné el estudio de Barcelona hace tres años.

En el ascensor, mientras desciendo las treinta y cuatro plantas, mi mente se queda en blanco.

Observo los números iluminarse en orden descendente.

Treinta y tres. Treinta y dos. Treinta y uno.

En el piso catorce, el móvil vibra. Es ella.

No respondo. En el nueve, insiste. En el seis, entra un mensaje.

Lo leo desde la pantalla de bloqueo: «Carlos, por favor» . Tres palabras que ignoro.

Al llegar a la planta baja, cruzo el garaje y subo al Uber que he solicitado. Indico la dirección de Wynwood. El conductor me observa por el retrovisor y guarda silencio; posee ese radar profesional para detectar a los pasajeros con los que no conviene entablar conversación.

Entro en mi loft a las siete y cuarenta. Dejo el maletín en el suelo y me desplomo en el sofá frente al ventanal de cinco metros. Solo entonces, por primera vez desde que Bloomberg rompió el silencio de la madrugada, me permito sentir el peso de lo ocurrido.

No es rabia. La rabia sería sencilla; implicaría gritar o romper algo.

Lo que experimento es una decepción geométrica, una frialdad que me recorre desde la nuca hasta el esternón.

Es la amargura de haber creído que sabía confiar de nuevo, para descubrir un martes cualquiera que, tal vez, la confianza fue una equivocación técnica.

Lo peor es que, en el fondo, intuyo que Lara tiene una explicación que yo aceptaría.

Sé que esa traición nace de una inercia de veinte años, de una voz que le dicta cómo se comporta una presidenta de Portela International.

Sé que su batalla de ayer no fue conmigo, sino con ese fantasma que creía silenciado.

Y sé, sobre todo, que mi huida ha sido en parte cobarde: me protege de perdonar demasiado pronto, pero también la protege a ella de tener que enfrentarse a mi mirada mientras se justifica.

Son las ocho menos veinte. Llevo cuarenta minutos inmóvil.

Saco el móvil y veo sus llamadas perdidas.

No abro ninguna. Accedo, en cambio, al correo electrónico.

Redacto unas líneas para Ayako-san, la colaboradora de Kenzo Tanaka en Tokio que me ofreció un proyecto en Shinjuku que rechacé en octubre.

«Dear Ayako. If the Shinjuku offer is still open, I would like to reconsider. I can be in Tokyo within a week. Please confirm availability. Carlos».

Envío el mensaje y dejo el dispositivo sobre la mesa. Apoyo las palmas contra las sienes. Y, por primera vez desde Barcelona, me permito llorar sin censura. Es un llanto mudo que dura apenas cuatro minutos.

Me levanto, pongo agua a hervir y me preparo un café solo.

Lo bebo frente al ventanal, contemplando el horizonte de Brickell.

A doce kilómetros, una mujer a la que quiero se está vistiendo para dirigir un imperio.

Y yo acabo de comprar, en mi fuero interno, un billete a diez mil ochocientos kilómetros de distancia.

Porque, como aprendí hace mucho, cuando una decisión se toma con la cabeza fría, conviene poner tierra de por medio. Y Tokio está lo suficientemente lejos.