Me advirtieron sobre los hombres como él.

Hombres que gobiernan desde las sombras. Hombres que no suplican, no perdonan y nunca pierden. Hombres cuyos nombres se susurran con miedo mucho antes de que alguien llegue a ver sus rostros.

Debí mantenerme lejos.

Pero el peligro no siempre llega con sangre en las manos. A veces viste de negro, habla con voz baja y te mira como si ya le pertenecieras.

Como si tu rendición no fuera una pregunta.

Como si tu destino hubiera quedado sellado en el instante en que puso los ojos en ti.

Creí que sabía cómo sobrevivir. Creí que sabía cómo huir, cómo esconderme, cómo mantener mi corazón cerrado lejos de los hombres capaces de convertirlo en una debilidad.

Entonces fui arrastrada a un imperio construido sobre sangre, secretos, venganza y poder.

En este mundo, el amor no es suave.

Es posesión.

Es obsesión.

Es una promesa hecha en la oscuridad y sellada con violencia.

Cada beso se siente como una advertencia. Cada caricia, como una amenaza. Cada juramento tiene un precio que no sé si podré pagar sin perder una parte de mí.

Él es lo bastante despiadado como para quemar el mundo por mí.

Y lo bastante peligroso como para quemarme con él.

Debería temerle. Debería odiar la forma en que me mira. Debería huir de la oscuridad en sus ojos, de la sangre en sus manos, del reino brutal que espera para devorarme.

Pero la verdad es peor.

Porque cuanto más caigo en su mundo, más entiendo que nunca fui tan inocente como quise creer.

Hay algo dentro de mí que comprende su violencia.

Algo que responde a su oscuridad.

Algo que se niega a inclinarse, incluso cuando cada hombre poderoso a mi alrededor espera verme rota.

Pensaron que sería una pieza en su juego.

Una bonita debilidad.

Una prisionera silenciosa.

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