CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE
ALINA
Un año después…
—¿Qué vas a hacer?
La pregunta de Sasha era la misma que llevaba días haciéndome.
—No lo sé. Tengo miedo…
—Lo entiendo, mocosa. Al principio puede asustar, pero te acostumbrarás a la idea. ¿Se lo dijiste?
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque también tengo miedo de eso.
—¿Crees que no se alegrará?
—No es eso.
—Entonces no hay razón para estar así.
Me dejé caer sobre el sofá del despacho dentro de la mansión en Moscú, donde la Imperatrix comandaba su Imperio, nuestro Imperio. Seguía siendo su ubiytsa, y siempre que Dario tenía asuntos pendientes fuera de Palermo, aprovechaba para visitar.
Después de lo ocurrido en Río de Janeiro, hice de la ciudad italiana mi nuevo hogar. La mansión donde había vivido Nonna Viviana fue transformada en la nueva sede de la familia Rossi, y mi esposo compró una casa más pequeña y sencilla para nosotros.
Un mes atrás, Dario y yo habíamos decidido formalizar lo que ya vivíamos en la práctica.
Solo había sido un almuerzo para la familia después de una ceremonia elegante ante un juez para oficializar nuestra unión.
Aunque mi esposo tenía parientes miembros de la mafia siciliana, yo solo tenía a Ilya, pero eso no importaba porque nuestra verdadera familia no compartía nuestra sangre, y los amigos que habíamos hecho en los últimos años eran las mismas personas que pertenecían a esa familia.
La mujer que me había puesto en el mundo fue asesinada dentro del club que le pertenecía.
Como única hija de Ivana, heredé el establecimiento.
Sin saber exactamente qué hacer con aquel sitio, acepté la idea de Matteo y convertí el burdel en un restaurante.
Tenía poca habilidad para ese tipo de negocio, pero Dario tomó el mando, y lo que debía haber sido solo otra fuente de ingresos se convirtió en un gran éxito.
Russkiye Aromaty entró en la lista de lugares más buscados por los turistas porque servíamos únicamente comida y bebidas típicas rusas. Allí, los clientes podían encontrar desde los vodkas más raros del mundo hasta los más familiares, además de platos salados y todo tipo de postres.
Dario intentó convencerme de abandonar mi trabajo en el Imperio y dedicarme a tiempo completo al restaurante, pero entendió mi negativa, y al final incluso estuvo de acuerdo conmigo.
—El restaurante necesitará otro gerente, amore mio.
—¿No tenemos ya uno?
—Sì, pero el negocio ha crecido mucho, y decidí extender el horario de cierre hasta medianoche de jueves a domingo.
Me senté frente a él en su regazo y me até el pelo. Había llegado esa tarde de mi último viaje, y como siempre, después de recogerme en el aeropuerto, Dario pasó casi dos horas ejecutando cada punto de su extensa lista, “El arte de follar a mi bambina”.
Sí, había creado una hoja de cálculo después de unos meses de esta rutina loca y garantizaba que las notas serían muy útiles para que nuestros reencuentros no se volvieran repetitivos.
Odiaba viajar lejos y pasar muchos días fuera de casa, pero tenía que confesar que cuanto más tiempo pasaba Dario sin verme, mejor se volvía la lista, y con cada viaje aumentaba mi expectativa por descubrir qué había preparado para recibirme.
—¿Está tan lleno? —pregunté, mirándolo a los ojos.
—Todos los días hay al menos una hora de espera.
Apartó mi pelo del rostro y sonrió.
—¿Has pensado en lo que te dije?
—Sí, pero no funcionará, Dario.
Frunció el ceño.
—¿Por qué no?
—Porque no podré hacerlo.
—Alina…
Coloqué la mano sobre su boca para que me escuchara.
—No tiene nada que ver con el Imperio —dije—. Amo lo que hago, eso es cierto, pero tienes razón. Si asumiera la gestión del restaurante, no viajaría tanto, no pasaría tanto tiempo lejos de ti y no me pondría en peligro tan a menudo. Pero no es por eso.
—Si no es por tu trabajo, ¿qué te impide dirigir tu propio negocio y ayudar a Sasha de otra forma?
—Para ser gerente o cualquier cosa que requiera interactuar con otras personas, alguien tiene que ser sociable, agradable, paciente, amable y educado.
Yo no soy ninguna de esas cosas. ¿Cómo manejaré a un cliente si es grosero o ignorante?
¿Cómo calmaré a los empleados si hay una discusión?
¿Qué crees que haré si uno de los proveedores retrasa una entrega?
Una sonrisa burlona amenazó con aparecer en su hermoso rostro, pero desapareció pronto cuando vio mi mirada mortal.
—¿Ves? De eso hablo. Si quieres que ayude entre bastidores, dime qué hacer.
Pero darme ese tipo de responsabilidad en un lugar que está creciendo por sí solo y teniendo éxito sería estúpido por tu parte por no contratar a alguien cualificado y ponerme a mí en su lugar, y estúpido por la mía por aceptar cuando sé que alguien terminará muerto durante la cena en poco tiempo.
—Solo quería que no estuvieras tanto tiempo lejos de mí.
Sus labios tocaron los míos.
—Te extraño, bambina.
Me abrazó con fuerza, uno de esos abrazos largos que solo alguien que de verdad te ha extrañado puede dar. Apoyé la cabeza en su pecho y cerré los ojos, despertando minutos después con la boca de Dario succionándome los pechos y su polla gruesa dentro de mí.
Lo primero que vi cuando abrí los ojos fue su sonrisa perversa con los labios alrededor de mi pezón izquierdo, y le devolví la sonrisa para que supiera que no era el único que moría de añoranza.
—Hay algo sobre aquella noche en el almacén que nunca te conté.
—Pensé que tu único secreto era la noche en Tijuana.
Puse los ojos en blanco, haciendo sonreír a la Imperatrix.
—Eso no es un secreto, Sasha.
—Si no quieres contármelo, entonces sí lo es.
—Algún día te lo contaré.
—Seguiré esperando. Solo no lo dejes hasta que esté senil para satisfacer mi curiosidad.
Se sentó a mi lado.
—¿Quieres hablar de lo que te impide decirle a tu esposo que estás embarazada?
Respiré hondo.
—Evangeline no estaba embarazada.
La Imperatrix se quedó callada, y me preparé para el sermón.
—¿Por qué mentiste?
—No mentí. Solo omití la verdad.
—¿Olvidaste que yo estaba allí?
—No.
Bufé, impaciente.
—Yo también pensé que la vaca estaba embarazada y que no sabía quién era el padre.
Pero después de que te fuiste a dormir, seguí leyendo los mensajes del teléfono de Bridget y encontré su conversación con Gotsu Matsuhara, el oyabun de la Yakuza.
Estaban discutiendo las últimas cláusulas del contrato matrimonial entre Evangeline y el heredero japonés.
—Si sabías que esa perra no estaba embarazada, ¿por qué no acabaste con ella? ¿Por qué dejaste que Dario pensara que podía ser el padre?
Le conté todo el drama que había vivido en las veinticuatro horas anteriores a esa maldita reunión en el almacén. Sasha escuchó en silencio, asintiendo de vez en cuando sin interrumpirme.
—Entiendo tu lado, pero hasta hoy él piensa que mató a una mujer embarazada, Alina.
—Lo sé. Por eso todavía no le he dicho lo del embarazo.
—¿Se lo habrías dicho si no hubieras descubierto que llevas a su hijo?
—No.
—¿Por qué se lo vas a decir ahora?
—No lo sé. Solo sé que necesito hacerlo.
Se encogió de hombros y limpió las lágrimas que corrían por mi rostro.
—Ahora lo entiendo todo, mocosa.
Sus brazos me envolvieron en un abrazo tierno.
—Ahora lo entiendo.
Sabía que ella lo entendía, pero ahora rezaría para que mi esposo también lo entendiera.
Y perdonara mi error.
—¿Qué pasó?
Dario entró en la habitación como una tormenta.
—No es nada grave —dije, pero sus manos ya estaban sobre mí, buscando alguna herida—. Solo me siento mal, lo juro.
Sus ojos azules buscaron los míos. Nos miramos durante unos segundos.
—Me estás ocultando algo, Alina. Sé que lo haces.
—Por eso te llamé aquí.
Di dos palmadas al colchón para que se sentara a mi lado.
—Tengo algunas cosas que contarte, pero quiero que prometas que escucharás todo antes de hacer nada.
—No me pongas más nervioso, bambina.
—Siéntate, Dario. Prometo ser rápida.
Hizo lo que le pedí y tomó mis manos. Inspiré largo y empecé.
—Evangeline Sharpe no estaba embarazada.
Sus ojos se entrecerraron.
—¿Cómo lo sabes?
—Leí todas las conversaciones de Bridget. Había llegado a un acuerdo con Gotsu Matsuhara y estaba obligando a su hija a casarse con el heredero japonés.
Nuestras miradas no se movieron, y mi corazón se aceleró.
—Evangeline no quería, obviamente, e inventó el embarazo para escapar de la obligación.
Dario no se movió.
Esperé su reacción o un cambio de expresión, pero no ocurrió nada. Cuando pensé en continuar y contarle lo de mi embarazo, soltó mis manos y se puso de pie.
Sus pasos firmes alrededor de la habitación me angustiaron. Sus manos grandes alisaron su pelo corto y su barba recortada. La náusea ganó fuerza y me revolvió el estómago. De pronto Dario se detuvo, y sus ojos se fijaron en los míos.
Brillantes.
Intensos.
Se acercó a la cama y se arrodilló a mi lado.
—¿Por qué me lo dices ahora?
Me apoyé en los codos y giré el cuerpo. Aparté la sábana y bajé las piernas, encajando su cuerpo entre ellas. Sus brazos rodearon mis caderas, los codos apoyados en mis muslos.
—Porque estoy embarazada, y no creo que sea justo dejar que sigas creyendo que mataste a una criatura inocente por mi culpa.
Dario atrajo mi cuerpo hacia el suyo y me besó con furia. Casi perdí el aire, aplastada entre sus brazos.
Sentí el sabor salado de las lágrimas mezclarse en nuestras bocas. Lenguas eufóricas celebraron el amor y sus conquistas, y le agradecí en silencio que no estuviera enfadado ni molesto conmigo.
—Perdóname.
—Por supuesto que te perdono, mi bambina.
Besó mi vientre con la sonrisa más hermosa que había visto en mi vida.
—¿Hay algo más que quieras decirme?
Asentí.
—¿Tiene que ver con Evangeline?
Asentí otra vez, esperando que hubiera notado lo que Sasha notó sin que yo necesitara decirlo en voz alta, pero mi esposo parecía demasiado concentrado en el lugar que contenía el fruto de nuestro amor como para interesarse por cualquier otro tema.
—¿Dario?
Le sujeté la cabeza, obligándolo a mirarme.
—¿Quieres escucharme, o prefieres dejarlo para otro momento?
—Por supuesto que quiero escucharte, amore mio. Solo déjame disfrutar un momento esta noticia maravillosa que me diste, sì?
Me subió la camiseta por los brazos, dejándome solo en bragas. Sus dedos acariciaron mis mejillas y descendieron lentamente por mi cuello. Cerré los ojos, incapaz de controlar el deseo al sentirlo delinear mis pechos y llegar a mi vientre.
Temblaba de pies a cabeza.
Dario se puso de pie y me empujó hacia atrás hasta que mi espalda se acomodó contra el colchón suave. Se arrancó su propia ropa, deslizó mis bragas por mis piernas y cubrió mi cuerpo con el suyo.
—Maté a Evangeline pensando que estaba embarazada sin saber si el hijo era mío.
Dario deslizó su polla de un lado a otro sobre mi clítoris, haciéndome delirar de deseo.
—Pero la habría matado incluso si lo hubiera sabido. Créeme, nunca hubo otra opción, tesoro.
Su lengua imitó los mismos movimientos que su longitud rígida contra mi cuello.
—Por ti, Alina, mataría a cualquiera, de cualquier forma. Gracias por ser la madre de mi hijo. Mi heredero. Te amo…
Dario me tomó con calma y cuidado.
Pasamos toda la mañana en la cama, y mientras almorzábamos, le conté el detalle revelador que había pasado desapercibido todo este tiempo y que solo con el descubrimiento de mi embarazo y la decisión de contarle la mentira de Evangeline había notado entre tantos otros.
—¿Por qué te pareció extraño que Gotsu Matsuhara hiciera un acuerdo matrimonial con Bridget?
—Ermolay era un asesino de la Bratva, pero no era de alto rango ni de primera élite, Dario.
Dejó los cubiertos sobre la bandeja y me miró.
—Crees que…
confirmé con un gesto.
—Es la única explicación. ¿De qué otra forma lograría Bridget casar a su hija con un heredero de la Yakuza sin siquiera pertenecer a la mafia rusa?
—Dio santo, bambina. Tienes razón.
Su mano tocó la mía.
—¿Eso cambia algo para ti?
Me encogí de hombros.
—No. Habría matado a Evangeline de todos modos si hubiera podido, aun sabiendo que era hija de Sergei.
—Tu media hermana —afirmó Dario.
—El único hermano que tengo es Ilya. Mikail y Evangeline fueron dos piedras colocadas en mi camino para impedirme avanzar.
—Pero apartaste a ambas de una patada, y ahora estás aquí conmigo.
—El camino que seguí me trajo hasta ti.
—Nuestro destino fue trazado hace mucho, Alina.
Su toque.
Su aroma.
Su voz.
Mi esposo.
Mi amante.
Mi hombre.
Mi amor.
—Fuiste mi nuevo comienzo, Dario —murmuré, sonriendo.
Él también sonrió y besó mis labios antes de besarme el vientre.
—Y tú fuiste el mejor error que jamás cometí, amore mio.
Ese mismo día decidí abandonar mi función junto a la Imperatrix y asumir una nueva posición dentro del Imperio hasta el nacimiento de mi hijo. Sasha aceptó, pero a cambio tuve que contarle todo lo ocurrido en Tijuana, hasta el detalle más pequeño y sórdido.
Se lo conté.
Aunque Sasha había sospechado de lo que era capaz la mocosa que conocía, al final de nuestra conversación la Imperatrix necesitó un tiempo para cerrar la boca.
—¿Alguien más lo sabe? —preguntó.
—No.
—¿Por qué no te gusta hablar de eso?
—El secreto es la base del negocio, Imperatrix.
—Hm. Ese dicho no te va.
—¿No?
Negó con la cabeza.
—¿Qué dicho me va, puedo preguntar?
Sasha se recostó en su silla, cruzó las piernas y dijo:
—Las apariencias engañan.
—Un día me dijiste que no tenía corazón, ¿recuerdas?
—Exactamente. Con esa cara de niña y ese aire angelical tuyo, nadie sospecha que no hay corazón dentro.
—Existe. Solo que no late como el de las personas normales.
Suspiré.
—No, Alina. Más que nadie, te entiendo porque yo también soy así. Pero por eso luchamos, matamos y sobrevivimos. Simplemente somos así, sin más y sin porqué. Está dentro de nosotras, más fuerte e incontrolable. Somos mafiosas en cuerpo, alma y…
—Corazón.
Asintió con media sonrisa.
—Esa es mi mocosa.
Reí libremente.
—Esa es mi Imperatrix.