CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS
DARIO
Dos meses después…
Me apresuré por el pasillo, empujando a la gente que se interponía en mi camino sin molestarme en pedir disculpas.
Diez minutos tarde.
Cazzo.
A través del mar de personas, llegué a la puerta lateral que conducía a la zona de llegadas privadas del aeropuerto de Palermo. Mis ojos buscaron frenéticamente en el amplio espacio.
No la encontré.
La pantalla en la pared superior, sobre los anuncios pagados, indicaba que el avión había aterrizado y que los pasajeros ya habían sido liberados en esa plataforma.
Bufé, irritado. Joder, solo me había retrasado diez minutos, y ni siquiera había sido culpa mía.
Iba a matar a Rinaldo y sus costumbres de viejo por atraparme en la oficina por una maldita firma.
Seguí caminando sin rumbo, aún perdido pero alerta a cualquier señal. Un hombre alto y fuerte con uniforme de piloto llamó mi atención. El problema no era la complexión ancha del stronzo, ni el pelo oscuro recogido alto en la cabeza, ni ese aire galante que me irritaba.
Toda mi sangre hirvió porque la mano del idiota estaba donde no debía estar.
Tocando lo que no tenía derecho a tocar.
Sonriendo como una hiena a alguien a quien no tenía derecho a sonreír.
Fui hacia él con zancadas largas, listo para cortarle cada dedo de la mano antes de arrancarle los dientes perfectos de la boca uno por uno.
Despacio.
Hasta oírlo llorar como un niñito asustado.
—Bambina.
Soné más irritado de lo que quería, pero los celos eran incontrolables.
Alina se giró, y cuando sus ojos verdes encontraron los míos, la sonrisa que me regaló fue como una brisa fresca empujando lejos toda la oscuridad que su ausencia imponía a mi vida, trayendo la paz que suavizaba e iluminaba mis días e incluso mis noches.
—Dario.
Corrió y se lanzó a mis brazos.
Le agarré el culo y la levanté. Sus piernas se enrollaron alrededor de mi cintura, sus brazos rodearon mi cuello y su boca se fundió con la mía. No tenía duda de que a esas alturas todos observaban nuestra muestra pública y libre de afecto, pero no me importaba.
El mundo podía irse a la mierda.
Lo único que importaba era ella: apretada contra mí, pegada a mí, aferrada, completando la parte que faltaba.
Mía.
Toda mía y solo mía.
Todo lo que quería y necesitaba era sentirla para calmar la añoranza que ya no cabía dentro de mí. Una semana sin tocar su cuerpo, sin oír su risa, sin mirarle los ojos, sin despertar a su lado.
Demasiado tiempo.
Casi una eternidad entera lejos de ella. Nos estábamos adaptando, y no sería fácil, pero encontraríamos una forma y haríamos que todo encajara.
—Llegas tarde —siseé contra su boca.
—Mi equipaje fue enviado a otra puerta.
Lo explicó e intentó bajar, pero apreté su culo delicioso y no la dejé apartarse.
—¿Dónde está? Lo buscamos y salimos de aquí.
—No hace falta.
Alina apoyó las manos en mi pecho y se rio antes de poner los pies en el suelo.
—Hudson fue muy amable y lo recogió por mí.
Mi bambina miró atrás y saludó al gigante, que seguía allí como un monumento histórico, mirando a la hermosa rubia en mis brazos.
—¿Hudson, eh?
Levanté una ceja, haciéndola sonreír aún más, y acabé sonriendo yo también.
—¿Todo esto porque me extrañaste? —susurró en mi oído, poniéndose de puntillas.
Tomé su mano, la coloqué sobre mi polla dura a través de los pantalones y le sujeté la nuca con la otra para acercar su cabeza. Deslicé la lengua por su cuello, le chupé el lóbulo de la oreja y respondí:
—No, amore mio. Esto es porque te extrañé.
Presioné su mano con más fuerza sobre mi polla, y la mujer perversa me apretó, haciéndome querer correrme allí mismo.
—Lo otro son celos.
Alina se derritió en mis brazos antes de tomar su maleta y arrastrarme fuera del aeropuerto. El camino hasta nuestra casa era corto, solo diez minutos. Dijo poco sobre el viaje porque en cuanto subió al coche puso la boca sobre mi polla mientras yo conducía como un borracho.
Mi bambina sabía cómo volverme loco, y le gustaba dejarme loco.
Aparqué en el garaje, seguido por otros dos coches que vigilaban la retaguardia. Ocho hombres armados rodeaban la casa por seguridad, y dos de ellos llevaron el equipaje del maletero directo al dormitorio del piso de arriba.
—¿Qué planeaste para hoy? —preguntó cuando abrí la puerta y le hice un gesto para que entrara delante de mí.
—Muchas cosas. ¿Por qué? ¿Estás cansada?
—No. Solo tengo curiosidad por saber qué pretendes hacer conmigo esta noche.
Arrojé las llaves sobre el aparador, revisé rápido las cámaras de seguridad y le dije a Rinaldo que no quería ser molestado hasta la mañana siguiente. Me quité la chaqueta y la lancé sobre el respaldo del sofá.
Alina estaba de pie con el culo contra la mesa del comedor que ocupaba buena parte de la sala dividida. Sus manos agarraban el borde, y su labio inferior atrapado entre los dientes garantizaba que mi putita estaba muy excitada y desesperada por ser follada.
El vestido negro que cubría la mayor parte de su cuerpo marcaba cada maldita curva perfecta, y el impulso de poner a esa mujer del revés de tan fuerte como quería tomarla era incontrolable.
—Sé que tenemos muchas cosas importantes de las que hablar, y mañana será un día lleno.
Despacio, caminé hacia ella y presioné mi cuerpo contra el suyo. Le agarré un puñado de pelo y tiré hacia atrás con fuerza, arrancándole un gemido ronco de la garganta antes de lamerle los labios y hablarle al oído.
—Pero esta noche tú y yo vamos a follar bien, follar duro y hacer el amor despacio.
Antes de llevarte al dormitorio, voy a tenerte sobre esta mesa con las piernas bien abiertas y perderme chupando estos pechos que tanto amo.
Te correrás primero, luego será mi turno, y solo entonces te llevaré arriba para atarte boca abajo en la cama con dos almohadas bajo el vientre y las piernas abiertas, dejando este culo pálido abierto y ese coñito goteando para mí mientras te lleno con mi polla hasta la base.
No seré suave. No tendré piedad de ese culo apretado, y si no quieres que te castigue aún más por permitir que ese hijo de puta de piloto pusiera su mano sucia sobre ti, será mejor que me obedezcas como la putita sumisa que eres y hagas todo lo que diga.
Cuando te corras por segunda vez, abriré las ventanas, te pondré a cuatro patas en la tumbona del balcón y hundiré mi polla tan profundo en este coño apretado que querrás suplicarme que pare, pero no podrás porque estarás amordazada.
Y como el resto de tu castigo, azotaré este culo hasta que te corras sobre mi polla y entiendas que ningún otro hombre tiene derecho a tocar lo que es mío.
Y tú, Alina, con toda certeza en este mundo, eres la mujer que elegí para siempre.
Le apreté la barbilla y esperé a que me mirara.
Cada vez que pasábamos unos días lejos el uno del otro, era igual. Yo preparaba un guion de todo lo que pretendía hacer con su cuerpo, y mi bambina casi se corría oyendo mis obscenidades. También había descubierto unos cuantos trucos para volver loca a esta mujer.
Y me encantaba volverla loca de placer, deseo y amor.
Sus ojos verdes se fijaron en los míos, y no existían palabras capaces de traducir los sentimientos y emociones que me invadían, me llenaban, me completaban, se desbordaban dentro de mí cuando Alina me miraba de esa forma.
Como siempre ocurría, desde la primera vez que miré profundamente sus ojos.
—Te amo, amore mio.
—Te amo, mi amor.
Le besé la boca, la devoré y la tuve conmigo. En las horas siguientes, dediqué cada segundo a hacer feliz a mi mujer.
La más feliz del mundo.
La más amada.
La única que había alcanzado mi corazón y mi alma.
Eran más de las tres de la madrugada cuando mi teléfono vibró en la mesita de noche. Estiré un brazo y tomé el dispositivo para ver quién era. Alina dormía completamente rendida a mi lado, con la pierna enredada en la mía, la mano sobre mi estómago y la cabeza en la almohada tocando la mía.
Un mensaje.
Desbloqueé la pantalla y sonreí. Desde la última noche que pasamos en Brasil, después de salir del almacén, había estado esperando esta noticia.
Objetivo final eliminado. P.
Alivio.
Sí, me sentí aliviado.
Miles acababa de unirse a sus amigos en el infierno por mano de Pavel. Oficialmente, era el fin de The Purifiers. Besé el pelo de Alina y cerré los ojos. Cuando pensé que podría haber perdido a mi mujer para siempre, temblé.
No sabía qué ocurría dentro de la mente de Evangeline Sharpe, pero no tenía duda de que cada uno de sus planes había apuntado hacia el control total del grupo de exterminio que ella y sus tres amigos de la infancia habían creado bajo el falso preludio de acabar con el crimen organizado en el mundo.
La noticia de su supuesto embarazo y la remota posibilidad de que el niño pudiera ser mío me sacudieron un poco, pero ni por un segundo consideré permitir que Alina se alejara de mí.
Nunca volvería a huir, y yo haría cualquier cosa por tener a mi bambina conmigo, como mi mujer, mientras viviera.
Y aquella noche dentro del almacén, eso fue exactamente lo que hice.
Encontrar a Bridget Ferguson en aquel estado deplorable, por morboso que pudiera parecer, me calmó.
Allí supe que Alina tenía el control, como siempre.
La aprensión que me invadía al pensar que una mujer tan experimentada como la madre de Evangeline pudiera desestabilizarla con historias falsas sobre su padre se disipó en el momento en que vi el cuerpo desgarrado abandonado en la silla.
Pero cuando los ojos de Alina se fijaron en los míos y oí la pregunta salir de su boca de una forma tan fría, entré en pánico. Ya no estaba seguro de nada, y cada suposición que había hecho para ese momento se derrumbó. Estaba devastado.
Durante la discusión, busqué en la mirada verde de la mujer que amaba las respuestas a mis preguntas, pero ella solo tomó su decisión y volvió a darme la espalda. No podía aceptarlo y me negaba a dejarla marcharse.
Dos veces intenté apartarme de Evangeline, y con cada paso que Alina daba hacia la salida, el pánico en mi pecho crecía. Todo lo que quería era ir tras ella y traerla de vuelta. Lo haría todo.
Lo que fuera necesario.
Pero sabía que aquella noche era todo o nada.
Y yo lo quería todo.
Quería a esa mujer rubia que se alejaba y me excluía de su vida. Quería ese cuerpo suave y delicioso, esos ojos intensos y sinceros, esa boca pequeña y codiciosa, ese corazón solitario y necesitado, esa sonrisa fácil y hermosa, pero por encima de todo necesitaba su alma oscura e incrédula.
Era imposible explicar la razón, la conexión. No había forma de clasificar qué era más grande, mejor o más atractivo para mí en Alina. Había intentado innumerables veces encontrar razones que justificaran la mezcla de emociones que solo ella despertaba en mí de una forma tan irracional.
Por eso necesitaba poseer su alma.
Era dentro de ella donde el destino guardaba nuestra verdadera historia.
Solo sabemos que amamos a alguien cuando sentimos el verdadero dolor del alma. Cuando sangra y llora. Es el mayor dolor que existe y el único capaz de enseñar la mayor lección sobre amor, vida, pérdida y errores.
Estaba listo para dejar ir a Evangeline y permitir que Sasha terminara el trabajo para poder correr tras mi alma, pero en un lapsus, en un momento en que los sentimientos ya me habían dominado y pateado la razón a un rincón, la hija de Bridget alcanzó el arma en mi cintura y apuntó a Alina, que seguía caminando, pero aún estaba lo bastante cerca para que el disparo la hiriera gravemente.
Grité.
Llamé.
Incluso supliqué.
Era como si su mente se hubiera desconectado de su cuerpo. Todo era demasiado rápido y, al mismo tiempo, demasiado lento. Evangeline apuntó, maldijo y sonrió cuando vio el pánico y el miedo instalarse en mis ojos. No pensé en nada. Pensé en todo. En mi todo. En lo que todo representaba para mí.
Y tomé mi decisión.
Empujé el cuerpo de Evangeline. Con el impacto, perdió el equilibrio y cayó. Tomé el arma que llevaba en el tobillo y, mirándola a los ojos, le disparé en la cabeza.
No quería a esa mujer.
No quería a su hijo.
Entre lo correcto y lo incorrecto, elegí la supervivencia de mi alma.
Mi amor.
Mi todo.
Quizá sentí algo por la vida de un inocente, pero era un mafioso, y en nuestro mundo solemos llamar a las consecuencias de mi acto daños colaterales. No sabía si algún día lamentaría la culpa o incluso la duda, pero de todos modos eso ya no importaba.
Acaricié el rostro de Alina con la punta de los dedos, apoyé la cabeza en la almohada y cerré los ojos. Estaba atado a esta mujer dormida en mis brazos como jamás había estado atado a nada ni a nadie en mi vida.
Pero nunca me había sentido tan libre.