El Imperio de Sangre
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PRÓLOGO
Subo al jet privado sin volver la vista atrás.
No voy a dejar que ese cabrón vea cómo me estoy rompiendo. No voy a darme una última oportunidad de cambiar de opinión, de volver corriendo a ese maldito hospital y deshacer la única elección que me quedaba.
Ninguna mujer me apartará del camino que elegí.
Ni siquiera ella.
Las puertas se cierran con un siseo apagado. Me siento al fondo de la cabina, apoyo la cabeza contra la ventanilla ovalada y veo cómo las luces de la pista se reducen a destellos dorados mientras el avión avanza con fuerza y nos eleva hacia la oscuridad.
La azafata se acerca con una sonrisa impecable y me ofrece una copa. Espera, anticipando la invitación habitual a mi dormitorio.
Cualquier otra noche, quizá.
Esta noche, tengo el cuerpo demasiado pesado para el placer. Demasiado lleno de algo que me niego a nombrar.
Culpa, tal vez.
La despido con un gesto seco y saco el teléfono del bolsillo. Decenas de llamadas perdidas de Viviana me devuelven la mirada, cada una como un clavo hundiéndose más en el ataúd de mi arrepentimiento.
Ella dijo la verdad.
Otra vez.
Hice un trato con el diablo, y voy a honrarlo. Solo que no sé cómo sobrevivir al dolor que me aplasta todo por dentro.
Sin piedad.
Antes de cerrar los ojos, antes de obligarme a olvidar este país y todo lo que despertó en mí, pienso en la mujer que dejo atrás. En cada sentimiento imposible que solo ella consiguió arrancarme.
Inhalo.
Cierro los ojos.
Y cuando el agotamiento por fin me vence, sueño que algún día volveré por ella.
Que la reclamaré.
Que será mía en todos los sentidos que importan.
Sé que es solo un sueño.
Y sé, con una certeza brutal, que es el único sueño que tendré jamás sabiendo ya que nunca podrá hacerse realidad.
PARTE UNO
«Números para los libros.
Palabras para las damas.
Una mano para los amigos.
La muerte más cruel para los enemigos».
—Algún cabrón sabio que conocía el negocio