Vine a enterrar a mi abuela y a vender su obrador. No a heredarlo a medias con una desconocida.
Me llamo Marina Salcedo y llevo doce años midiendo la vida al gramo. Aprendí en las pastelerías de Madrid que el azúcar no perdona un error y que, si controlas la receta, controlas el resultado. Lo controlaba todo. Hasta que me dejaron con media vida montada y ni una miga que llevarme a la boca.
Por eso, cuando la abuela Amparo muere y su testamento me ata un año entero a la Confitería Salcedo —y a Candela Morán, la chica de paso que se quedó, la que amasa a ojo, se ríe con la boca llena de harina y me mira como si el problema fuera yo—, solo quiero cumplir el plazo,
firmar la venta y volver a mi vida.
El problema es que Candela huele a azahar y a domingo. Que discute conmigo por todo y tiene razón en lo único que importa. Que vive en el piso de arriba, justo encima de mi insomnio. Y que, cuanto más quiero marcharme, menos sé hacia dónde.
Mi abuela escribió en su libreta que un bizcocho está listo cuando huele a domingo, no cuando lo dice el reloj.
Yo llevo toda la vida mirando el reloj. Puede que Amparo no me dejara un obrador.
Puede que me dejara a Candela. Y puede que, por una vez, lo que no se pesa sea justo lo que no quiero perder.
Romance sáfico (FF) contemporáneo. Grumpy x sunshine, proximidad forzada y enemigas a amantes en un pueblo de la sierra, al ritmo de las estaciones, del roscón de Reyes a las fiestas de agosto. Ternura, humor seco y sensualidad elegante, con final feliz garantizado y POV dual en primera persona.
Si te gustan las historias de dos mujeres que no deberían encajar, las casas heredadas con secretos, la química a fuego lento y los finales que se sienten ganados, esta es tu novela.







