El azúcar y la sal Capítulo 1
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El azúcar y la sal

El azúcar y la sal

Por Selene Ardura

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Capítulo 1

Enterramos a mi abuela un martes de niebla baja, con el cielo pegado a los tejados y el frío colándose por la calle del Horno antes que la gente.

Yo llevaba dieciséis años sin pisar Valdesalce y el pueblo me recibió igual que despide, sin aspavientos, mirándome de reojo desde los portales.

La caja bajó despacio. Alguien tosió. El cura dijo lo que dicen siempre, que Amparo había sido una mujer de bien, y a mí me dieron ganas de corregirle, de decirle que mi abuela había sido muchas cosas antes que buena, tozuda la primera.

No lo hice. Me quedé con las manos limpias cruzadas por delante, las uñas cortadas al ras, y me froté sin querer la quemadura vieja del antebrazo.

No lloré. Eso lo apunté mentalmente en la lista de cosas que la gente notaría y comentaría luego en el bar. La nieta que se fue no llora. Que comenten.

Mi madre sí lloró, o hizo el gesto. Pilar estaba a mi lado con el abrigo bueno, el de Madrid, y las gafas de sol puestas aunque no había sol. De vez en cuando me apretaba el codo, un apretón corto, de recordatorio más que de consuelo.

— Habrá que hacerlo rápido — me dijo entre dientes, mirando al frente—. La casa, el negocio, todo. No dejes que se enquiste.

— La estamos enterrando, mamá.

— Por eso mismo. Cuando se enfría, se enquista.

Cerré los ojos un segundo. Doscientos veinte grados.

Cuarenta minutos. Los números me venían solos cuando no quería contestar lo que se me subía a la garganta, y en aquel momento se me subía algo con forma de reproche que llevaba dentro desde niña, desde que aprendí a oír a mi madre hablar del pueblo como quien habla de una enfermedad que superó.

Terminaron. La gente se fue acercando de dos en dos, me daban el pésame apretándome la mano un poco más de la cuenta, midiéndome.

A la Salcedo, la de fuera. Reconocí caras viejas envejecidas, nombres que se me habían borrado.

Y al fondo, apoyada en la tapia del cementerio, una mujer que no se acercó a darme nada.

Estaba sola, con un jersey de lana gris que le venía grande, de hombre o de vieja, las manos hundidas en los bolsillos.

No lloraba tampoco, pero de otra manera.

Lo suyo era una contención con oficio, la de quien ha llorado ya lo que tenía que llorar en privado y ha venido aquí solo a cumplir.

Tenía el pelo recogido a medias, mal, con mechones sueltos, y algo claro en la mandíbula, una mancha pálida que desde lejos parecía una cicatriz de luz.

Me miró. Sostuvo la mirada un instante más de lo que se sostiene la mirada a una desconocida en un entierro, y luego se dio la vuelta y se marchó calle abajo, hacia el obrador.

— ¿Quién es? — le pregunté a mi madre.

Pilar ni se giró.

— La chica esa. La que tu abuela recogió. — Una pausa con filo—. La que se creía que esto iba a ser suyo.

No pregunté más. Guardé la imagen del jersey gris y de la mancha clara en la cara, la archivé donde archivo lo que no entiendo todavía, y me dije que en tres días estaría de vuelta en Madrid con el papeleo en marcha y aquello sería un recuerdo con fecha de caducidad.

Me equivoqué en casi todo lo que me dije aquella semana. En eso más que en nada.

La notaría de Valdesalce era un despacho encima de la farmacia, con una moqueta que olía a los años ochenta y un ventilador parado en un rincón porque ya no era época.

El notario, don Anselmo, tenía la voz de los que leen despacio a propósito, para que las cosas caigan de una en una.

Nos sentamos mi madre y yo delante de la mesa.

Y entonces se abrió la puerta y entró ella.

El jersey gris. La mancha clara, que de cerca era harina, harina seca en la mandíbula, como si viniera de amasar y se le hubiera olvidado la cara.

Se sentó a dos sillas de mí sin mirarme, con la espalda muy recta, y dejó las manos sobre las rodillas.

Manos rápidas, con quemaduras nuevas sin curar, una tirita mal puesta en un pulgar. Olía a levadura y a azahar.

— ¿Y esta qué hace aquí? — dijo mi madre, sin bajar la voz.

— La señora Salcedo la citó — respondió don Anselmo—. Está en el testamento.

Mi madre se rió por la nariz, ese sonido que le sale cuando algo la ofende y todavía no sabe cuánto.

Don Anselmo se puso las gafas, carraspeó y empezó a leer.

Yo dejé de escuchar las fórmulas, los "en pleno uso de sus facultades" y los "otorga y dispone", y esperé a lo mío, a lo que había venido a oír: que la Confitería Salcedo, calle del Horno esquina con la plaza, más el piso de arriba, pasaban a manos de la familia.

A mi madre y a mí. Y luego la parte de vender, y luego el tren de vuelta.

— El inmueble sito en la calle del Horno número cuatro — leyó don Anselmo—, con el negocio de confitería y la vivienda superior, se lega por mitades indivisas a doña Marina Salcedo Bru, nieta de la testadora, y a doña Candela Morán.

Silencio.

Lo primero que noté fue el nombre. Candela Morán. Lo segundo, que la mujer del jersey gris había levantado por fin la cabeza y me miraba, y que en su cara no había sorpresa, solo un cansancio antiguo, la cara de quien esperaba justo esto y esperaba, además, tener que defenderlo.

— Por mitades — repetí, porque a veces repito las cosas para que dejen de ser verdad.

— Por mitades indivisas — confirmó don Anselmo—. Y hay una condición.

Mi madre se había puesto de pie sin darse cuenta.

— ¿A esta? ¿A esta le deja la mitad? Es una empleada. Es una...

— Pilar, siéntate — dije yo, y me sorprendió lo tranquila que me salió la voz. La tenía cualquier cosa menos tranquila.

Candela no había abierto la boca. Tenía los nudillos blancos sobre las rodillas, pero la cara quieta. Me miró a mí, no a mi madre, como si mi madre fuera un ruido de fondo y yo el problema de verdad.

— Léalo entero — le dijo a don Anselmo. Fue lo primero que le oí. La voz baja, un poco ronca, con un temblor mínimo debajo, muy bien tapado.

Don Anselmo leyó entero. La condición era sencilla de decir y monstruosa de cumplir.

Ninguna de las dos podía vender su mitad, ni cederla, ni tocar la estructura del negocio, durante un año completo desde la fecha del fallecimiento.

Un año exacto. Hasta las fiestas de agosto del año siguiente, cuando Valdesalce sacaba a la Virgen del Salce en procesión y el pueblo entero pasaba por el mostrador de la Confitería.

Hasta entonces, la Confitería seguía abierta, seguía funcionando, y seguía siendo de las dos.

Si al cabo del año querían vender, venderían de común acuerdo, o no venderían.

Y quien incumpliera perdía su parte a favor de la otra.

— Es una locura — dijo mi madre—. Se lo pelearemos. Un testamento así no se sostiene, Marina, con una fisura como esta...

— ¿Puede impugnarse? — le pregunté a don Anselmo. La pregunta técnica, otra vez, para no preguntar la de verdad, que era por qué. Por qué me haces esto, abuela. Por qué a mí, que me fui.

— Puede intentarse todo — dijo el notario, con la paciencia de quien ha visto muchas familias abrirse en canal encima de esa moqueta—. Pero doña Amparo lo dejó muy atado. Y hay dos cartas.

Levanté la cabeza.

— Dos cartas cerradas — siguió—. Una para cada una de ustedes. Con instrucción expresa de entregarlas hoy y de que no las abran — bajó la vista al papel- "hasta que sepáis por qué os he juntado". Textual.

Sacó de una carpeta dos sobres color crema, iguales, con un nombre escrito a mano en cada uno.

Reconocí la letra de mi abuela en el mío antes de leer nada, esa letra grande, de trazo grueso, que había visto toda la vida en los cuadernos del obrador.

Marina, ponía. Solo Marina. Candela extendió la mano y cogió el suyo despacio, con las dos manos, como se coge algo que se puede romper o que ya está roto.

Nos quedamos las dos con un sobre igual en el regazo, sin abrirlo, la desconocida y yo, unidas por una muerta que había decidido por nosotras. Y en aquel despacho que olía a moqueta vieja entendí por primera vez, con un frío en el estómago, que no me iba a marchar en tres días.

Firmamos lo que había que firmar. Mi madre firmó con la punta del bolígrafo clavada en el papel, marcando el trazo, y no le dirigió la palabra a Candela ni una vez.

Yo tampoco encontré ninguna. ¿Qué se le dice a una extraña con la que acabas de heredar media vida?

Buenas tardes no valía. Encantada, menos.

Salimos a la calle. La niebla se había levantado un poco y el pueblo estaba ahí, entero, con su plaza y su olmo y su iglesia enfrente, esperándome como esperan los sitios de los que huiste, sin rencor, con una paciencia que da más miedo que el rencor.

Candela iba delante de nosotras, calle del Horno abajo, con las manos otra vez en los bolsillos y el sobre crema asomando por uno de ellos.

Se paró en la puerta de la Confitería, esa fachada de azulejo azul desvaído que yo conocía de memoria, metió una llave y entró. La llave era suya. Tenía llave.

Mi madre encendió un cigarrillo con las manos ligeramente temblorosas.

— Se lo compramos y ya está — dijo, exhalando humo hacia la fachada azul—. Le damos un dinero por su parte y la mandamos a su casa. Sea cual sea su casa. Esta gente siempre tiene un precio, Marina, no te dejes ablandar por la carita.

— No podemos vender en un año, mamá. Acabas de oírlo.

— El año pasa. — Dio otra calada—. Tú aguanta el año, cierra el trato con ella por lo bajo y en agosto lo vendemos todo junto y limpio. Un año no es nada. Tú vales para más que este pueblo, no te instales aquí ni con la cabeza.

Tú vales para más. La frase con la que me crió, la que me sacó de aquí a los dieciocho y no me dejó volver ni para las fiestas.

La conocía tan bien que ya casi no la oía, igual que no oyes el zumbido de tu propia nevera hasta que se para.

Pero aquella tarde, delante del azulejo azul de mi bisabuela, con la letra de mi abuela dentro de un sobre en mi bolso, la oí.

La oí entera, y por un instante me dio rabia, una rabia sin destino claro, de la que no sabe si es contra mi madre o contra mí por haberla creído siempre.

— Me vuelvo al hostal — dije—. Mañana empiezo a mirar los papeles del negocio. Cuanto antes sepa lo que hay, antes sabremos qué hacemos.

— Esa es mi niña. — Me dio un beso rápido en la mejilla, con olor a tabaco y a colonia cara—. Mírate esos números. Tú de números sabes. Y a la otra, ni un cariño de más, que se acostumbran.

Se fue hacia el coche. Yo me quedé un momento sola en la calle del Horno, mirando la puerta cerrada de la Confitería, la persiana medio bajada, la luz encendida dentro.

A través del cristal se veía moverse una silueta con jersey gris, colocando cosas, ordenando el mostrador de mármol con el mundo entero roto por debajo y las manos firmes por encima.

Trabajando. En el obrador de mi abuela, la noche del entierro de mi abuela.

Debería haber sentido que aquello era mío y ella estorbaba.

Es lo que había venido a sentir. En vez de eso me quedé pensando en la harina de su mandíbula, en cómo se le había quedado sin limpiar todo el día, durante el entierro, durante la notaría, una mancha clara que nadie le había dicho que tenía y que ella no se había mirado.

Me quedé pensando que amasar el día que entierras a tu madre elegida es una manera de no caerte.

Y me quedé, sobre todo, con la única frase que me había dirigido, dentro de la notaría, cuando salíamos, tan baja que casi no la oí.

Se había parado en la puerta, con el sobre en la mano, y me había mirado de arriba abajo, las uñas al ras, el abrigo de ciudad, los zapatos que no eran de andar por empedrado.

— Tú no sabes lo que tienes — me había dicho. Sin rencor, casi con lástima, que es peor—. Ni lo que ella te ha dado.

Y se había ido a encender la luz del obrador.

Aquella noche, en la cama estrecha del hostal, saqué el sobre crema del bolso y lo puse sobre la mesilla.

Marina, con la letra de mi abuela. Lo miré mucho rato.

No lo abrí. Amparo había escrito que no lo hiciera hasta saber por qué nos había juntado, y yo, que llevaba toda la vida sin fiarme de casi nadie, me fié de aquello, de la última instrucción de una muerta que acababa de encadenarme a una desconocida y a un pueblo del que me habían enseñado a huir.

Apagué la luz. Doscientos veinte grados, me dije, para dormirme.

Cuarenta minutos de reposo. No funcionó.

Me quedé despierta contando lo que iba a costarme salir de allí, y por primera vez en años el número no me salía.

No había cifra para eso. Y algo, muy al fondo, donde no dejo entrar a casi nada, había empezado a contar otra cosa que no cabía en la báscula.

La mancha de harina. La llave que era suya. Aquella lástima en su voz.