Capítulo 2
La noche que enterramos a Amparo amasé cuatro kilos de masa madre que no me había encargado nadie.
La saqué, la refresqué, la volví a doblar sobre el mármol una y otra vez, con las palmas, hasta que dejó de pegarse, y solo cuando el reloj de la iglesia dio las once me di cuenta de que estaba llorando encima de la harina y de que la harina, buena chica, se lo bebía todo sin decir nada.
Amasar es lo que hago cuando no sé estar de pie.
Amparo me enseñó eso también, sin enseñármelo.
Ella amasaba a las cinco de la mañana con la radio puesta y yo bajaba en pijama a robarle un trozo de bollo, y ninguna de las dos decía nada porque no hacía falta.
Cuatro años. Cuatro años de bajar esas escaleras y encontrarla.
Aquella noche bajé y no había nadie. Y arriba, en la notaría, esa tarde, había una desconocida con las uñas cortadas al ras y un sobre con mi nombre que yo no había pedido.
Marina Salcedo. La nieta. La que se fue.
Amparo me hablaba de ella a veces, poco, con ese orgullo tibio y esa pena por debajo que le ponía a las cosas que le dolían.
Mi niña, la que se fue a la capital, la que vale para grandes cosas.
Nunca me dijo que fuera a volver así, de golpe, a tratarme de intrusa con la mirada antes de saludarme.
Aunque para qué me engaño. Lo supe en cuanto la vi en el cementerio, tan recta, tan de fuera, con ese abrigo que no era de aquí y esos zapatos que se iban a destrozar en el empedrado.
La supe entera de una mirada. Venía a vender.
Lo que no supe es que vendría con llave puesta en mi vida.
Cerré el obrador a medianoche, subí a apagar el horno pequeño y me quedé un momento en la escalera, la de peldaños desgastados por el centro, con la mano en la barandilla que Amparo pintaba de azul cada primavera.
Arriba, en mi cuarto, el armario. Y dentro del armario, la bolsa.
La de siempre, la de lona, con una cremallera que ya no cierra del todo.
Medio hecha. Con dos camisetas dobladas y el neceser y los papeles importantes en el bolsillo de fuera, listos, por si acaso.
Llevaba cuatro años medio hecha. Amparo lo sabía y no me decía nada, solo de vez en cuando, al pasar, me soltaba: "Esa bolsa cría polvo, hija", y yo me reía y no la deshacía.
No la deshice aquella noche tampoco. La abrí, ordené las dos camisetas que ya estaban ordenadas, comprobé que el sobre color crema cupiera en el bolsillo bueno y la volví a cerrar.
Es lo que hago. Cuando algo me duele demasiado para llorarlo del todo, ordeno la bolsa.
Preparo la salida. Total, para lo que voy a estar.
A la mañana siguiente bajé al Bar Central antes de abrir el obrador, a por el café que Amparo y yo tomábamos todas las mañanas en la barra de Tere. Lo pedí por costumbre, dos cafés, y me di cuenta a la mitad, cuando ya estaban servidos.
Tere no dijo nada. Empujó los dos hacia mí, secó un vaso que estaba seco y me miró por encima de las gafas.
— Bébete los dos — dijo—. Uno por ti y otro por lo que te callas.
Tere lo sabe todo. Es su oficio secundario, el principal es poner cañas.
Se entera antes que el interesado. Lleva el bar de la plaza del Olmo desde antes de que yo naciera, seca vasos que ya están secos para tener las manos ocupadas mientras te desnuda por dentro, y a todo lo que le cuentas le contesta "a mí no me metas", justo después de haberse metido hasta la cocina.
— Estoy bien — dije.
— Ya. — Otro vaso seco—. ¿Y la niña de Pilar? ¿La has visto?
— La vi en la notaría.
Tere dejó el trapo. Eso es que la cosa era gorda.
— Media confitería para ti — dijo, bajando la voz aunque no había nadie—. En este pueblo ya no se habla de otra cosa desde ayer a las ocho. Amparo se ha muerto y ha liado la de Dios en el mismo notario. — Se apoyó en la barra—. ¿Tú sabías algo?
— Nada.
— ¿Y qué vas a hacer?
Buena pregunta. Le di un trago al primer café, que estaba amargo porque a Amparo le gustaba amargo y yo se lo había pedido a su gusto sin pensar.
— Trabajar — dije—. Sacar el obrador adelante. Es lo que ella habría querido.
Tere me miró de esa manera suya, larga, que te deja sin sitio donde esconderte.
— Candela, hija. El pueblo os ve. — Cogió el trapo otra vez—.
A ti llevándolo cuatro años como si fueras de la casa, y a ella llegando de la capital a repartir.
Y os vamos a seguir viendo, a las dos, cada día, en el mostrador.
Aquí no hay donde meterse. Así que hazme caso: mídela bien antes de decidir si es tu enemiga.
Que a lo mejor la pobre está tan perdida como tú.
— A mí no me metas — dije, para devolvérsela.
Tere se rió, la primera risa que oí desde el domingo, y me puso una magdalena de las suyas al lado del café. No me la cobró. En este pueblo hay gente que te quiere en magdalenas.
Volví al obrador con las llaves tintineando y el ánimo un poco menos hundido, y me duró exactamente hasta que abrí la puerta y me encontré a Marina Salcedo de pie en medio de mi obrador, con una carpeta bajo el brazo y una cinta métrica en la mano.
Midiendo. Estaba midiendo el mostrador.
— Buenos días — dijo, sin levantar la vista de la cinta.
— Está cerrado — dije yo, que es una idiotez porque ella estaba dentro y yo acababa de abrir. Pero me salió eso.
Marina apuntó una cifra en su carpeta. Tenía la misma cara que en la notaría, quieta, exacta, las uñas cortadas al ras y el pelo recogido tan tirante que le tiraba de las sienes.
Olía a jabón neutro. Nada. No olía a nada, y eso en una repostera es rarísimo, porque a nosotras el oficio se nos mete debajo de las uñas y en el pelo y en la ropa, y ella olía a jabón, a manos limpias, a alguien que no deja que se le pegue nada. Ni la harina ni lo demás.
— La puerta estaba abierta — dijo—. Tenía la llave.
— Amparo te dio una llave.
— Amparo me dejó media casa. — Enrolló la cinta métrica con un chasquido seco—. Supongo que la llave venía con el lote.
Me quedé en el umbral con la bolsa del pan de Tere en la mano, sin saber qué hacer con las manos, con la rabia, con la pena, con todo.
Ella siguió a lo suyo. Midió el hueco del horno, apuntó.
Abrió un armario, miró dentro, apuntó. Sacó el móvil y le hizo una foto al mostrador de mármol, ese mármol donde Amparo apoyaba los codos cada tarde a las seis para descansar la espalda, donde la encontraron el lunes de madrugada con la cabeza sobre la masa, como dormida.
Le hizo una foto igual que se le hace una foto a un mueble que vas a poner en venta.
— ¿Le vas a hacer fotos a todo? — dije.
— Necesito un inventario. — Ni me miró—. Para saber lo que hay.
— Yo sé lo que hay. Pregúntame.
— Prefiero verlo yo.
Dejé la bolsa en la mesa de un golpe, más fuerte de lo que quería. Las dos miramos el golpe. Ninguna lo reclamó.
— Mira — dije, y respiré, y me obligué a bajar la voz, porque Tere tenía razón, porque el pueblo nos veía, porque Amparo me habría tirado de la oreja—.
Llevo cuatro años aquí. Sé dónde está cada saco de harina, cada molde, cada cliente que paga a fin de mes y cada uno que no paga y al que Amparo le fiaba igual.
Sé qué se vende los martes y qué los domingos.
Todo eso que estás apuntando en tu carpetita lo tengo yo en la cabeza.
Si me preguntas, tardamos una tarde. Si lo mides tú sola con la cinta, tardas un mes y encima te sale mal.
Por primera vez levantó la cabeza y me miró de verdad.
Tenía los ojos oscuros, cansados, con una ojera fina debajo que el pelo tirante no disimulaba.
Y por un segundo, medio segundo, me pareció ver detrás de toda aquella exactitud a alguien tan agotado como yo.
Duró nada. Volvió a bajar la vista a la carpeta.
— Doscientos veinte por ochenta el mostrador — dijo, como si yo no hubiera hablado—. ¿El horno funciona bien?
— El horno tiene carácter.
— Eso no es una respuesta técnica.
— Es la única que hay. — Me acerqué al horno, lo toqué, esa puerta de hierro que conozco mejor que mi propia mano—. Tira más por la izquierda. Hay que darle la vuelta a las bandejas a los veinte minutos o se te queman por un lado y se te quedan crudas por otro. Y hay que hablarle.
Marina levantó una ceja.
— ¿Hablarle?
— Es un decir. — No era un decir—. Satur y yo lo entendemos.
Amparo lo entendía. Tú aprenderás o no aprenderás, pero mientras tanto no lo apuntes como "horno de gas reconvertido, revisar estado", porque ese horno ha sacado el pan de este pueblo durante cuarenta años y se merece algo mejor que una casilla.
Se hizo un silencio raro. Marina bajó el bolígrafo. Miró el horno, luego a mí, luego el mármol donde su abuela había apoyado los codos toda la vida, y algo le cruzó la cara, rápido, una grieta finísima que cerró enseguida.
— Necesito subir a ver el piso — dijo, cambiando de tema—. El de arriba. Para hacer el inventario también.
Y ahí me falló todo. La bolsa del pan, la rabia, el discurso que me había montado. Todo.
— ¿El piso?
— El de mi abuela. — Recogió su carpeta—. Es parte del inmueble. Tengo que verlo.
— En el piso de tu abuela vivo yo.
Lo dije y me arrepentí de cómo sonó, pequeño, asustado, con la voz de la niña de las mudanzas que fui, la que llegaba a un sitio nuevo cada dos por tres y aprendía a no deshacer las maletas porque para qué.
Marina se quedó quieta con la carpeta contra el pecho.
Frunció el ceño, no de enfado, de cálculo, haciendo cuentas de algo que hasta ese momento no había entrado en su hoja.
— No lo sabía — dijo.
— Pues ya lo sabes. Amparo me dio el cuarto pequeño hace cuatro años. Vivo ahí. Duermo ahí.
Vi cómo lo procesaba. Vi cómo llegaba a la conclusión que yo ya había visto llegar, la única posible, la que hacía que se me revolviera el estómago.
— El hostal me está costando un dineral — dijo despacio, más para ella que para mí—. Y voy a estar aquí un año. — Levantó la vista—. El piso tiene dos habitaciones.
— No.
— No te estoy pidiendo permiso. Es mi casa la mitad.
— No.
— Candela. — Fue la primera vez que dijo mi nombre.
Lo dijo entero, con las tres sílabas, sin ablandarlo, casi con fastidio, y aun así me hizo algo raro oírlo en su boca—.
Las dos vamos a estar atadas a este sitio hasta agosto, tú y yo, lo quieras o no.
No pienso pagar un hostal doce meses mientras hay una habitación vacía encima de lo que es mío la mitad.
Me instalo arriba. Cada una en su cuarto. Ni te molesto ni me molestas.
Se colgó la carpeta bajo el brazo, con esa manera suya de dar las cosas por cerradas, y se fue hacia la puerta. En el umbral se paró, sin girarse.
— Traeré mis cosas mañana — dijo—. Son pocas.
Y se marchó calle del Horno arriba, con sus zapatos de ciudad repicando en el empedrado, mientras yo me quedaba en medio del obrador de Amparo con una bolsa de pan enfriándose y la certeza, fría, exacta, de que la desconocida que venía a vender mi vida se iba a mudar a dormir a tres metros de mí.
Bajo el mismo techo. Encima del horno. En la casa que era lo único que en toda mi vida había llegado a sentir como mía.
Subí. Abrí el armario. Miré la bolsa medio hecha, la de lona, la de la cremallera rota.
No la deshice. Al revés. Metí un jersey más.