El azúcar y la sal Capítulo 24
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Capítulo 24

El autobús de las siete y veinte olía a gasoil y a asiento viejo, y yo me senté al fondo, junto a la ventanilla, con la bolsa en las rodillas, abrazándola como quien abraza lo único que le queda.

El conductor era Bernardo, el de la línea de siempre, que me saludó con la cabeza y no me preguntó adónde iba porque en este pueblo no hace falta preguntar, se sabe.

Se sabe que una mujer con la bolsa entera a las siete y veinte de la mañana no va a comprar hilo a la capital.

Arrancó. Y el pueblo empezó a pasar por la ventanilla, despacio, a la velocidad triste a la que pasan las cosas que dejas.

La plaza del Olmo con el olmo todavía en sombra.

El Bar Central con la persiana a medio subir, y Tere dentro, encendiendo la cafetera, sin saber que yo me iba en ese momento por delante de su puerta con la nota de gracias por todo en la barra.

La iglesia. La fuente de los tres caños.

Y luego, en la esquina de la calle del Horno, la fachada de azulejo azul desvaído de la Confitería Salcedo, con la luz del mostrador ya encendida, alguien dentro, una silueta delgada de aristas junto al mármol.

Marina.

La vi un segundo, de refilón, a través del escaparate, mientras el autobús pasaba.

Estaba de pie junto al mostrador, muy quieta, con algo pequeño en la mano.

La llave, a lo mejor. Mi llave, que le acababa de dejar.

Un segundo. Y el autobús dobló la esquina y ya no había obrador, ni mármol, ni Marina, ni cuatro años de mi vida.

Solo la carretera de la sierra abriéndose entre los robles y el cartel de curvas peligrosas y, más allá, la nada de siempre.

La nada a la que yo sé volver con los ojos cerrados.

Me quedé mirando por la ventanilla los robles pasar, y saqué del bolsillo lateral de la bolsa el sobre.

La carta de Amparo. La que no me atreví a abrir en ocho meses.

La había metido en la bolsa al hacerla en el cuarto, sin pensarlo, con esos gestos automáticos que me salen cuando duele; la mano fue sola al cajón y la guardó, porque una cosa era abandonar la casa y otra dejar dentro lo último que me escribió la única persona que me hizo de aquí.

Eso no lo dejaba. Eso me lo llevaba a la nada conmigo.

Y en el autobús, huyendo, con el pueblo ya a la espalda, por fin me atreví.

Rompí el sello. Desdoblé el papel, una cuartilla escrita por las dos caras con esa letra suya que se caía cuesta abajo al final de cada renglón. Y leí.

La que llegó:

Ya sé que te llamo así y ya sé que a lo mejor te molesta, pero es que llegaste, hija, y eso fue lo mejor que me pasó de vieja.

Entraste a pedir trabajo de temporada con una bolsa medio hecha y cuatro años después la sigues teniendo medio hecha en el armario, no me digas que no, que te conozco.

La has tenido ahí todo este tiempo por si yo también te fallaba.

Como te falló tu madre. Como te ha fallado todo el mundo que se subió a un coche y te dejó mirando por la luna de atrás.

Pues escúchame bien, que ya no puedo decírtelo a la cara y me arrepiento de habérmelo callado en vida.

A ti no se te quiere de prestado, Candela.

No se te quiere para la temporada. Se te quiere para quedarse.

Lo que pasa es que tú te vas siempre antes de dejar que nadie te lo demuestre, y así nunca te enteras.

Te adelantas al adiós y te crees que es dignidad, y es miedo, hija, es el mismo miedo con el que llegaste.

Yo te elegí. ¿Me oyes? Pudiendo no hacerlo, te elegí.

Te hice de la casa porque quise, no porque hicieras falta, que manos para amasar las he tenido siempre.

Te hice de la casa porque aquella cría que fingía no tener frío me robó el corazón el primer invierno.

Deshaz la bolsa de una vez, criatura. Deshazla del todo. Este es tu sitio aunque yo ya no esté.

Y una cosa más, que es la de verdad importante.

Te dejo con mi niña. Con Marina. Ya sé que ahora mismo estaréis las dos como el perro y el gato, o peor, que las dos tenéis un genio de cuidado.

Pero fíjate en ella, Candela. Fíjate bien.

Mi niña tiene el corazón seco de tanto medirlo todo para que no se lo rompan, y tú eres lo único que le he visto en años capaz de mojárselo.

Y ella tiene lo que a ti te falta: raíz, aunque no lo sepa, la lleva en las manos.

Cada una tiene la medicina de la otra. Sois las dos tan burras que solas no os la vais a tomar, por eso os he atado.

Perdóname el año de condena. Es la última receta que os dejo, y va a ojo, como todas las buenas.

No te vayas, la que llegó. Por una vez, quédate y aguántate el miedo. A ver si aprendéis la una de la otra lo que yo no os supe enseñar en vida.

Amparo.

El autobús frenó en la parada del cruce, la del puente sobre el río, la última antes de que la carretera se metiera de lleno en la sierra y ya no hubiera vuelta hasta la capital. Dos personas se bajaron. Bernardo me miró por el retrovisor, esperando, con la puerta abierta y el motor al ralentí.

Y yo tenía la carta de Amparo temblándome en las manos y las mejillas empapadas y una pelea dentro tan vieja como yo.

La voz de siempre, la de mi madre, la del asiento de atrás: quédate en el autobús, Candela. Aguanta. Si te bajas y vuelves y luego ella te falla, será peor. Vete tú primero. Que el último gesto sea tuyo. Es lo único que controlas.

Y la otra voz, nueva, de tinta cuesta abajo: te elegí pudiendo no hacerlo. Deshaz la bolsa, criatura. Este es tu sitio.

Amparo me elegía desde el otro barrio. Amparo, que no me necesitaba, que manos para amasar tenía de sobra, me había elegido porque quiso, y me lo había dejado escrito para que lo leyera justo el día que huía, la muy bruja, como si lo hubiera calculado. A ojo, pero calculado.

Y algo se me rompió por dentro, pero al revés, no como se rompen las cosas malas.

Se me rompió la coartada. Los que se van no ponen esa cara, había dicho Tere.

Marina había venido dos veces con una cara que Tere no le deseaba a nadie.

Marina había roto un contrato y se lo había dicho a su madre.

Y yo iba a subirme a la nada de siempre, a la marquesina de Albacete y a la estación de Cuenca y a los pueblos de Soria sin nombre, iba a volver a ser una chica de billetes de ida, justo cuando por primera vez en la vida alguien, dos personas, una muerta y otra viva, me estaban pidiendo que me quedara.

— ¿Se baja o sigue? — preguntó Bernardo desde delante, sin prisa, con esa paciencia de pueblo.

Miré la carretera que se metía en los robles. La nada.

Miré atrás, hacia el pueblo, que ya no se veía tras la curva.

— Me bajo — dije.

Cogí la bolsa. Bajé al arcén, junto al puente viejo, con el río Salce corriendo debajo crecido de deshielo, y el autobús cerró la puerta y siguió su camino hacia la sierra, hacia la capital, hacia la vida que yo llevaba veintinueve años eligiendo por miedo, y me dejó allí plantada con la bolsa al hombro y la carta de Amparo en la mano y siete kilómetros de vuelta a pie por delante.

Los hice andando. No pasaba otro autobús hasta la tarde y no pensaba llamar a nadie. Los hice andando, con la bolsa cambiándome de hombro cada tanto, entre los robles y los castaños, con el sol de mayo subiendo por encima de la sierra y calentándome la espalda.

A la altura de las últimas huertas me crucé con Ramiro, que entutoraba los tomates con una caña.

Levantó la cabeza, me vio pasar sudada y con la bolsa al hombro, la misma bolsa con la que me había visto subir al autobús esa mañana, y no puso cara de sorpresa.

En este pueblo nadie pone cara de sorpresa nunca, se enteran de todo antes de que pase.

— ¿De vuelta? — dijo, sin soltar la caña.

— De vuelta.

— Hace bueno para andar. — Y siguió con sus tomates, como si una mujer que se había ido en el autobús de las siete y veinte volviese a pie a media mañana todas las semanas.

Como si mi vuelta fuera lo más normal del mundo.

Y a lo mejor para él lo era. A lo mejor en un pueblo la gente se va y se vuelve y nadie hace drama, y el drama solo lo llevaba yo dentro, de fábrica, de serie, de tantos años huyendo.

Seguí andando con esa idea nueva dándome vueltas: que a lo mejor volver no era rendirse. Que a lo mejor era solo volver.

Y por el camino tomé la única decisión que era capaz de tomar sin morirme de vértigo.

No volvía por Marina. Eso me lo dije con firmeza, para poder dar cada paso.

No volvía porque me hubiera perdonado la mentira, ni porque me creyera lo del contrato roto, ni porque confiara en que en agosto no fuera a coger otra vez la carretera.

Nada de eso. Volvía por Amparo. Volvía porque me lo había pedido ella, la muerta, la que me eligió, y a una muerta que te elige no se le hace un feo.

Volvía a deshacer la bolsa en su casa porque me lo dejó escrito, y punto.

Le concedía a Marina hasta agosto. Hasta las fiestas.

Hasta que venciera el plazo del testamento.

Me quedaba el verano en el pueblo, en casa de Tere, echando una mano en el bar, sin pisar el obrador más que lo justo, mirando desde lejos si la Salcedo firmaba o no firmaba, si se iba o se quedaba.

No por esperanza. Que quede claro. Por Amparo, y por ver el final de la historia con mis propios ojos antes de decidir el mío.

Eso me dije, kilómetro tras kilómetro, con el pueblo acercándose despacio entre los árboles.

Y casi, casi me lo creí.

Lo que no me confesé, porque me daba pánico, fue la razón de verdad por la que me bajé de aquel autobús.

No fue Amparo. Amparo fue la excusa que necesitaba para atreverme.

La razón de verdad fue aquella silueta delgada de aristas que vi un segundo por el escaparate del obrador al pasar, quieta junto al mármol, con mi llave en la mano.

Que no la pude quitar de detrás de los ojos en los siete kilómetros de vuelta.

Que la llevaba clavada. Marina, sola en el obrador al amanecer, mirando una llave fría.

Eso no se lo dije ni a Tere cuando llegué, sudada y con ampollas, a media mañana, y me abrió la puerta del bar y no me preguntó de dónde venía, solo me puso un café en la barra y no me lo cobró.