Capítulo 25
El verano entró en Valdesalce como el calor en el horno de leña, despacio y sin aviso, hasta que un día abrías la puerta a las siete de la mañana y ya no había fresco que valiera.
Julio pasó así. Candela volvió al obrador la semana siguiente a la de la marquesina, aunque yo entonces no sabía lo de la marquesina, solo sabía que una mañana bajé a abrir y ella estaba dentro, encendiendo el horno con Satur, con la bolsa todavía en casa de Tere y una frontera nueva dibujada entre las dos que ninguna cruzaba.
Trabajábamos bien. Ese era el chiste cruel.
Trabajábamos mejor que nunca, cada una en su zona, la masa dulce yo, el pan y los cruasanes Candela, sin pisarnos, sin rozarnos, con un buenos días y un hasta mañana y en medio ocho horas de silencio educado.
El obrador funcionaba como un reloj. Y por dentro yo me moría, que es lo que tiene funcionar como un reloj, que puedes hacerlo mientras te mueres.
Pero hice cosas ese verano. Por primera vez en mi vida no me limité a guardar una salida. Hice cosas.
A Nerea le contesté por fin el correo, después de meses en visto.
No con un mensaje. La llamé. Le dije que no.
Que gracias, que Blanc había sido un sueño, pero que era el suyo, que siempre había sido el suyo con mi nombre pequeño debajo, y que yo ya no quería un local en Madrid con mi apellido en la puerta.
Nerea hizo lo de siempre, lo hicimos juntas, Marina, esto lo montamos las dos, no te vendas barata.
Y yo, que durante diez meses me había creído esa canción, le dije: no, Nerea.
Lo montaste tú y me lo quedé de recuerdo.
Adiós. Y colgué, y no me temblaron las manos, y esa noche dormí de un tirón por primera vez en semanas.
A mi madre le costó más, porque a mi madre la llevo dentro.
Vino un fin de semana de julio, con la excusa de las fiestas, en realidad a rematar la venta, y nos sentamos en la cocina de arriba y le dije que no vendía.
Que no vendía en agosto ni nunca. Que la Confitería Salcedo se quedaba, y que yo me quedaba con ella.
— Te estás enterrando en vida, Marina — me dijo, con esa voz de prisa suya—. Como tu abuela. Tú vales para más.
— No, mamá. — Le cogí la mano por encima de la mesa, y no me la apartó—.
No valgo para más. Valgo para esto. Y no es menos que Madrid, es distinto.
La abuela no se enterró en vida. Se quedó donde quería estar.
Lo que pasa es que a ti no te eligió a tiempo, y por eso lo llamas condena.
Pero la condena no era el pueblo, mamá. Era ella no sabiendo decirte que te quería.
Mi madre se quedó callada. Un silencio largo, de los que ella no tiene nunca. Y luego retiró la mano, se levantó, dijo que se le hacía tarde para el tren, y se fue. Pero en la puerta, antes de bajar las escaleras, se paró un segundo sin volverse.
— Se parecía a ti — dijo—. Tu abuela. Cabezota hasta para quererte. — Y bajó.
No es un final de película. Con mi madre no hay finales de película. Pero fue lo más cerca que hemos estado nunca de entendernos, las dos de pie en una puerta hablando de la misma mujer que a las dos nos rompió a su manera.
A Adrián Losa lo llamé el lunes y le dije que la casa no estaba en venta.
Se puso muy educado, habló de oportunidad de mercado, de que lo pensara, de que la oferta seguía en pie.
Le dije que no había nada que pensar. Rompí el borrador de contrato, el que había guardado por si acaso, lo rompí en cuatro y en ocho y en dieciséis pedazos sobre la mesa de mármol, despacio, y tiré los pedazos a la basura del obrador, y me quedé mirando el cubo un rato largo, sintiéndome más ligera de lo que me había sentido en años.
Todo eso lo hice ese verano. Y Candela lo vio, o se enteró, que en este pueblo se enteran de todo.
Y no cambió nada entre nosotras. Seguía durmiendo en casa de Tere.
Seguía la frontera. Porque yo había demostrado con actos que no vendía, pero no había demostrado con actos lo otro, lo de ella, y Candela no se fía de las palabras, y con razón, que yo la había roto con palabras.
Faltaba una semana para las fiestas cuando me atreví.
Bajé una noche al obrador tarde, cuando ya habíamos cerrado, y Candela seguía allí, sola, terminando de bolear las masas del día siguiente.
La luz baja, el horno apagado, el olor a levadura fría.
Se giró al oírme y me miró con esa cara nueva y guardada que había aprendido a poner conmigo, la de emergencia.
— Se me olvidó una cosa — dije.
No le expliqué qué. No medí las palabras.
Por una vez en la vida no calculé el resultado, no busqué la fórmula correcta, no pesé nada.
Crucé el obrador, la cogí de la cara con las dos manos, las manos limpias que no soportan que nada se les pegue, y la besé.
Sin permiso. Sin garantías. Sin saber si me iba a apartar.
Un beso que era una carta entera, un contrato del otro tipo, una firma completa esta vez, no a medias.
Candela se quedó rígida un segundo. Y luego me agarró de la camiseta con las dos manos, y en vez de empujarme, tiró.
— No juegues conmigo, Marina — dijo contra mi boca, con la voz rota—. Si esto es otra casa de media pared, te juro que...
— Es la casa entera. — Le apoyé la frente en la frente—.
Las cuatro paredes y el techo. He roto el contrato.
He dicho que no a Nerea. Le he plantado cara a mi madre.
No vendo. No me voy. Y no lo hago para que vuelvas, Candela, lo hago porque es verdad, porque es lo que quiero, y si tú decides no volver conmigo lo seguiré haciendo igual, porque esta es mi casa y tú eres...
— Se me quebró—. Tú eres lo que aprendí a querer aquí.
Y no lo mido. Por primera vez en mi vida hay algo que no puedo pesar y no me da miedo. Me da otra cosa.
Candela me miró con los ojos brillantes, buscándome la mentira en la cara, la costumbre de leerme, y no la encontró, porque no la había.
— Amparo me escribió — dije—. En la carta. Me dijo que quedarse pudiendo irse es lo más valiente que hay. Y que tú tenías lo que a mí se me había secado. — Le pasé el pulgar por la mejilla, le dejé una raya de harina, la nuestra—. Tenía razón. Como siempre. La muy bruja tenía razón.
— A mí también me escribió. — A Candela se le escapó una risa mojada—.
Me dijo que a mí no se me quiere de prestado.
Que deshaga la bolsa. — Me apretó la camiseta—.
Todavía no la he deshecho, Marina. Sigue hecha en casa de Tere.
Porque no me fío. Porque llevo toda la vida sin fiarme y no se me quita en un verano.
— Ya lo sé.
— Entonces no me pidas que me fíe hoy.
— No te lo pido. — La besé otra vez, despacio—. Solo te pido esta noche. Nada más. Esta noche. Como me pediste tú una vez.
Y subimos.
Subimos al piso de Amparo, al cuarto, y esta vez no fue como enero ni como aquella noche de invierno con el café enfriándose.
Enero fue incendio, hambre, dos mujeres que llevaban meses conteniéndose y reventaron a la vez.
La noche del invierno fue calma, piel conocida, el quédate dicho por fin.
Esto era otra cosa distinta, la tercera, la que no habíamos tenido nunca.
Esto era una decisión.
La desnudé despacio, sin la urgencia de la primera vez y sin la costumbre de la segunda, con una atención nueva, la de quien elige cada gesto sabiendo lo que le costó llegar hasta él.
Le besé las quemaduras de las muñecas una por una, las suyas, las que no cuida, y esta vez no le pedí perdón con la boca, se lo dije con la boca de otra manera.
Candela me dejó, pero no se abandonó de golpe; me miraba, me vigilaba, buscaba todavía la trampa, y yo dejé que me buscara todo lo que quisiera, quieta bajo su mirada, sin puertas cerradas, sin aristas, ofreciéndome entera para que comprobara que no había letra pequeña.
— Mírame — le dije, cuando la tuve debajo, con el pelo suelto sobre la almohada de Amparo—. Estoy aquí. No en Madrid. No en el banco del río. Aquí. Y mañana también.
— No me prometas mañana.
— No te lo prometo. Te lo elijo. — Le besé el cuello, bajé—. Es distinto. Mañana no es una promesa, es una decisión, y la tomo cada día, y hoy la he tomado.
Y la quise despacio, con las manos y con la boca, no para incendiarla ni para calmarla sino para convencerla, que es lo más difícil que hay, convencer a alguien con el cuerpo de que esta vez te quedas.
La sentí ir soltando la vigilancia poco a poco, gramo a gramo, ella que nunca mide nada, dejando caer una defensa detrás de otra, hasta que se le rompió la última y arqueó la espalda y se agarró a mí y dejó de buscar la trampa porque ya no la buscaba, se dejó llevar donde yo la llevaba, temblando, diciendo mi nombre entero, Marina, las tres sílabas, con una voz que no le había oído nunca, la de fiarse.
Y luego fui yo. Candela me recorrió con esa manera suya de leer las cosas a tacto, sin prisa, aprendiéndome otra vez el cuerpo de aristas, y yo hice lo que no había hecho nunca del todo, ni siquiera en enero: solté el control entero.
No gramo a gramo. Entero. Me abrí de par en par, me dejé caer sin red, sin salida guardada, sin maleta doblada por si acaso, y cuando llegué me agarré a Candela como quien se agarra a un sitio, a un suelo, a un aquí, y no me escondí la cara, la dejé a la vista, temblando, y lloré un poco, y no de pena, y ella me sostuvo y me dijo cosas contra el pelo, y una de esas cosas, bajito, fue: ya está, ya estás, quédate.
Nos dormimos enredadas en la cama de Amparo, sin manta y luego con manta, y por primera vez en tres meses dormí sin el hueco al lado.
Me desperté al alba con Candela respirándome en el cuello, y me quedé quieta para no romperlo, mirando el techo, feliz de una manera nueva, ganada, con cicatriz. Ya no había salida guardada. Había elegido. Se lo había demostrado con el cuerpo, que es donde Candela cree, no en las palabras.
Y entonces, en la penumbra, ella habló, despierta también, sin moverse.
— Esto de aquí dentro me lo creo — dijo, muy bajo, contra mi hombro—.
Casi. Pero de puertas afuera, Marina, sigo siendo la de Tere.
La que se quedó a cuidar a la vieja. La de paso.
Todo el pueblo sabe lo del contrato, lo de tu ex, lo de tu madre.
Y aquí arriba tú me eliges de maravilla.
— Se incorporó sobre un codo y me miró en la penumbra—.
Pero abajo, delante de todos, tú sigues siendo la Salcedo que no quiere que la vean.
Y yo necesito que me elijan también donde lo vea la gente.
No solo en tu cama. No me vale solo en tu cama.
No supe qué contestar, porque tenía razón. Yo, que me pasé la vida temiendo que me vieran, que volví al pueblo con el pelo tirante para que nadie me leyera la cara, seguía queriendo a Candela a oscuras, de noche, con la puerta cerrada. Lo privado no bastaba. Ella lo sabía antes que yo, como todo.
Y en ese momento, a las siete de la mañana, alguien aporreó la puerta del obrador.
Era Tere, en bata, con el móvil en la mano y una cara que no presagiaba nada bueno.
— La comisión de fiestas — dijo, sin saludar, cuando bajé a abrir—.
Que este año quieren el roscón grande, el comunal, el de la Virgen del Salce, como siempre lo hacía Amparo.
Para todo el pueblo. Trescientas raciones.
Para pasado mañana, el día de la patrona, en la plaza.
— Me miró de arriba abajo, y luego miró a Candela, que bajaba las escaleras abrochándose la camisa, y a Tere no se le escapa una—.
Y como el año pasado ya no estaba Amparo y no se hizo, este lo quieren por todo lo alto.
En su memoria. — Levantó una ceja—. Así que ya me diréis las dos cómo lo hacéis.
Porque ese roscón solo sabía sacarlo tu abuela. Y ahora tu abuela sois vosotras.