El azúcar y la sal Capítulo 26
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Capítulo 26

El horno de Amparo eligió para plantarse la peor noche de todas, que es lo que hacen los cacharros con carácter, esperar al momento en que más falta hacen. La víspera de la Virgen del Salce. Con la masa del roscón comunal levando en la artesa grande. A las once de la noche.

Lo había encendido yo a las diez, como siempre, con el gesto de siempre, y prendió con su ruido sordo y subió de temperatura, y a los veinte minutos hizo algo que no había hecho en cuatro años: un chasquido seco, un olor a quemado que no era de pan, y se apagó.

La llama azul desapareció. Le di al mando.

Nada. Otra vez. Un clic hueco y ningún fuego.

— No — dije en voz alta, al horno, a la cocina vacía—. Hoy no. Hoy no me hagas esto.

Marina bajó al oírme trastear. Venía en camiseta, con el pelo suelto todavía de la cama, y se paró en seco al verme la cara.

— ¿Qué pasa?

— Que se ha muerto. — Le di una palmada en el flanco de hierro, la de Satur, la que a veces lo revive—. El horno. La víspera de la fiesta, con trescientas raciones levando. Se ha muerto.

Marina se acercó, miró el mando, miró la llama que no salía, y le vi encenderse por dentro la contable, la de las soluciones, la de los planes B. Sacó el móvil.

— Llamo a un técnico. Habrá alguien de guardia en la capital, o en...

— Marina. — La corté con suavidad—. Son las once de la noche de la víspera de las fiestas.

En cincuenta kilómetros a la redonda no hay un técnico despierto.

Y aunque lo hubiera, este horno no lo arregla un técnico.

Este horno es de leña reconvertido, tiene cincuenta años y más maña que un político.

No lo entiende nadie que no lo haya sufrido.

— Entonces qué hacemos.

— Llamar a Satur.

Satur vino en pijama, con una chaqueta por encima y la gorra, porque Satur no sale a la calle sin la gorra ni para un incendio.

Se arrodilló delante del horno con una linterna entre los dientes y estuvo media hora hurgando en las tripas de hierro, hablándole por lo bajo, insultándole con cariño, cabrón, viejo cabrón, ahora te pones tú tonto.

Marina y yo esperábamos de pie, sin tocarnos, con la frontera todavía puesta pero temblando, las dos con el mismo miedo por primera vez del mismo lado.

— El quemador está frito — dijo Satur al fin, saliendo de debajo con la cara tiznada—. La pieza esa no la encuentras hasta septiembre. — Se limpió las manos en el pijama—. Pero.

— Pero — repetí yo, que conozco los peros de Satur.

— Pero se puede tirar con el segundo quemador, el viejo, el que tu abuela no dejaba usar porque calienta desigual.

— Miró a Marina—. Ese sí arranca. Le he dado maña.

El problema es que no tiene termostato. La aguja no marca.

Vas a ciegas, niña. — Se cruzó de brazos—.

Ese horno, con el quemador viejo, no te dice a cuántos grados está.

Lo sabes por el color de la llama, por cómo te da el calor en la cara al abrir, por cómo huele el aire dentro.

A ojo. Como lo sacaba Amparo cuarenta años. Sin números.

Y ahí se hizo el silencio.

Porque Marina lleva toda su vida haciendo pan con números.

Doscientos veinte grados. Cuarenta minutos.

La báscula antes que el cuenco. El termómetro clavado en la masa.

Marina no cocina, Marina calcula, y le sale perfecto, y así aprendió a no perder nunca.

Y ese horno, esa noche, le estaba pidiendo justo lo único que no sabe hacer: fiarse de lo que no se puede medir.

La miré. La vi mirar el horno sin números, la aguja muerta del termostato, la masa levando en la artesa, trescientas raciones para todo un pueblo que al día siguiente iba a bajar a la plaza esperando el roscón de la Virgen del Salce en memoria de Amparo.

La vi calcular que no había cálculo posible.

Y la vi llegar al borde del vértigo, ese borde donde Marina siempre da media vuelta y saca la báscula.

— No sé hacerlo sin termómetro — dijo, muy bajo. Y era verdad, y le costó decirlo, porque Marina no admite jamás que no sabe algo.

— Yo sí — dije.

Marina me miró.

— Yo sé leerle el color a la llama — seguí—.

Y Satur sabe darle maña al quemador. Y tú sabes de masa más que nadie de los tres, aunque la peses.

— Di un paso, crucé un poco de la frontera, no toda—.

Sácalo a ojo, Marina. Por una vez. Yo te digo cuándo el horno está, tú me dices cuándo la masa está, y entre los dos...

entre los tres, lo sacamos. O nos estrellamos juntos, que también es una manera de hacer las cosas.

Nos quedamos las dos mirándonos en la cocina, con Satur en medio fingiendo que se limpiaba la gorra para no molestar, y el horno viejo carraspeando su fuego desigual, y la masa de todo el pueblo esperando.

Y Marina hizo una cosa que no le había visto hacer en once meses.

Apartó la báscula. La cogió, la que tiene siempre a mano, la que agarra antes que el cuenco, y la puso en el estante de arriba, lejos, de espaldas, con la pantalla contra la pared. Como quien guarda un arma que ha decidido no usar.

— Vale — dijo, y le tembló la voz, y respiró hondo—. A ojo. Dime qué hago.

Fue la noche más larga y más bonita de mi vida.

Amasamos los tres en la artesa grande, la masa madre del roscón que llevaba fermentando desde la mañana, con el agua de azahar de doña Fina, la ralladura de naranja y la miel del tío Ramiro.

Y Marina metió las manos en la masa por primera vez sin pesar el agua.

Sin cronometrar el amasado. Guiándose por lo que le decían los dedos, por cómo la masa le pedía harina o no se la pedía.

Al principio con los ojos muy abiertos, aterrada.

¿Así? ¿Está? ¿Le falta? Cada dos minutos.

Y yo, métele el dorso del dedo, como Amparo, y nota si te devuelve o si se queda.

Y ella metía el dorso del dedo con esa cara de tirarse a una piscina a oscuras.

— No sé si está — decía.

— ¿Te huele a domingo? — le pregunté, la primera vez, casi sin pensarlo, la frase de Amparo, la de la libreta, hasta que huela a domingo.

Marina se paró. Se inclinó sobre la artesa. Cerró los ojos y respiró el olor de la masa, el azahar, la naranja, la levadura viva, todo el domingo del mundo metido en un cuenco de trescientas raciones.

— Sí — dijo, y abrió los ojos, y le brillaban—. Huele a domingo.

— Pues está.

Y estaba. Vaya si estaba.

Boleamos el roscón enorme sobre la mesa de mármol enharinada, entre los tres, dándole la vuelta, formando la corona gigante que iba a alimentar a un pueblo entero, y en algún momento de la madrugada dejamos de trabajar cada uno en su zona y empezamos a trabajar juntos, hombro con hombro, cruzándonos las manos en la masa, y la frontera que llevaba tres meses entre Marina y yo se fue borrando sola bajo la harina, sin que ninguna dijera nada, porque hay cosas que no se hablan, se amasan.

El horno era el infierno. El quemador viejo calentaba fuerte de un lado y flojo del otro, y había que ir girando el roscón cada poco, y abrir la puerta y meter la cara y leer el aire, y Satur decía ahora, o espera, o gíralo, y yo miraba el color de la llama y le decía a Marina está a punto, o le falta, y Marina, que no podía mirar un número, aprendió esa noche a mirarnos a nosotros.

A fiarse. A depender. Lo que más le cuesta en el mundo.

La vi hacerlo hora tras hora, soltar el control gramo a gramo delante del fuego, preguntar sin vergüenza, equivocarse y no venirse abajo, volver a probar.

A las cinco de la mañana, la hora a la que se murió Amparo amasando, metimos el roscón definitivo en el horno viejo y cerramos la puerta.

Y esperamos.

No había número que mirar. Solo el olor que empezó a salir por las rendijas, primero a masa cruda, luego a corteza, luego a azahar tostado, y Marina, arrodillada delante de la puerta del horno con la cara pegada al hierro caliente, olfateando, me miró desde el suelo con una cara que no le había visto nunca, una cara sin aristas, sin puertas, abierta de par en par.

— Huele a domingo — dijo.

— Ábrelo.

Lo abrió. Y salió el roscón más grande y más dorado que ha visto aquella cocina en cincuenta años, subido, brillante, perfecto de un lado y con una sombra tostada del otro, la sombra del quemador viejo, la firma de que se había hecho a ojo, a mano, a pulso, como los de Amparo.

No era perfecto de báscula. Era mejor. Era de verdad.

Marina se echó a llorar en el suelo de la cocina, con las manos enharinadas y la cara enharinada, de rodillas delante del horno, y no se escondió, y yo me arrodillé a su lado y la abracé, las dos hechas un desastre de harina y azahar y madrugada.

Y entonces pasó lo de Satur.

Satur, que llevaba once meses midiéndome a Marina contra su abuela y encontrándola siempre corta, que le había hecho la vida imposible con su tu abuela lo hacía, se fue al perchero del fondo, ese perchero donde colgaba un mandil viejo, descolorido, con una mancha de mora que no salió nunca, el mandil de Amparo, el que nadie se había puesto desde octubre porque nadie se atrevía.

Lo descolgó. Se acercó a Marina, que seguía en el suelo. Y sin una palabra, sin su tu abuela lo hacía, sin nada, se lo tendió.

Marina lo cogió con las dos manos. Miró el mandil, la mancha de mora, y luego miró a Satur, y Satur solo asintió una vez, con la gorra, y se dio la vuelta y se puso a fregar la artesa para que no le viéramos la cara, que Satur tiene cuarenta y un años de horno en las manos y ni uno solo de saber llorar delante de la gente.

Marina se puso el mandil de Amparo. Le quedaba grande.

Se ató las cintas a la espalda, despacio, y se quedó de pie en mitad de la cocina, al alba, con el mandil de su abuela puesto y el roscón de todo el pueblo enfriándose en la mesa de mármol, y por primera vez desde que la conozco, desde que la vi al fondo de la notaría mirándome como a una intrusa, Marina Salcedo estaba, entera, en su sitio.

De aquí.

La miré desde el otro lado de la mesa, con el sol de agosto entrando ya por el ventanuco, y pensé que a lo mejor Amparo tenía razón, la muy bruja.

Que a lo mejor cada una teníamos la medicina de la otra.

Que a lo mejor, contra todo pronóstico y contra toda mi vida de billetes de ida, aquello iba a salir bien.

Y me asusté de pensarlo, claro. Pero por primera vez no fui a por la bolsa.