Capítulo 27
La plaza del Olmo el día de la Virgen del Salce es otra plaza.
La conocía vacía, con el olmo dando sombra a cuatro gatos y a los viejos del banco de piedra, y aquella mañana estaba irreconocible, con guirnaldas de papel de un balcón a otro, las mesas largas montadas en fila desde la iglesia hasta el bar de Tere, la megafonía escupiendo un pasodoble y medio pueblo que yo, la de fuera, empezaba por fin a poner cara y nombre después de once meses.
Sacamos los roscones en tablas, entre Candela, Lito y yo, cruzando la plaza a las nueve en punto.
Y pasó una cosa que no me esperaba. La gente aplaudió.
Al vernos aparecer con las tablas cargadas de roscón dorado, la plaza entera se puso a aplaudir, y no era un aplauso de cortesía, era de los otros, de los que se le hacen a alguien que ha cumplido.
Se me subió el calor a la cara. Yo no sé recibir aplausos.
Sé recibir facturas y críticas, pero un aplauso me deja las manos sin saber qué hacer con ellas.
Pusimos el roscón grande en la mesa de honor, delante de la iglesia, con un cartelito que había escrito Lito con su letra de crío: Roscón de la Virgen del Salce, en memoria de Amparo Salcedo.
Y la gente se fue arremolinando, y el cura dijo cuatro palabras, y luego subió al pequeño estrado el alcalde, don Prudencio, que lleva de alcalde desde antes de que yo naciera, a decir lo suyo.
Habló de la fiesta, de la patrona, del año que había sido, y en algún momento nombró a mi abuela.
— Todos sabéis que Amparo nos dejó el otoño pasado — dijo, con la voz cascada por el micrófono—.
Y que el año pasado, por primera vez en no sé cuántas décadas, no hubo roscón de la Virgen.
Se nos hizo raro a todos. Como si faltara alguien en la mesa, que faltaba.
— Carraspeó—. Este año lo tenemos otra vez.
Y lo tenemos gracias a su nieta Marina, que ha vuelto a la casa, y a Candela, que nunca se fue de ella.
— Levantó su vaso de mosto—. Por Amparo.
Y por que la Confitería Salcedo siga abierta muchos años.
La plaza levantó los vasos. Por Amparo. Y me buscaron con la mirada, trescientos pares de ojos buscándome, a mí, la que se fue, la que volvió a vender, la que se pasó once meses queriendo ser invisible con el pelo tirante.
Y ahí estaba mi último miedo, el de verdad, el que me quedaba por vencer.
Que me vieran. Que toda esa gente me mirara y me leyera y decidiera si yo era de aquí o no.
Y al lado de la mesa de honor, medio escondida detrás de las tablas, Candela repartía raciones con la cabeza gacha.
Candela, que ama pertenecer a este pueblo más que nada en el mundo, que se sabe el nombre de los trescientos, y que aquella mañana se hacía pequeña detrás de una tabla de roscón porque de puertas afuera seguía siendo, en su cabeza, la de paso, la que se quedó a cuidar a la vieja, la que cualquier día cogería la carretera.
Me eliges de maravilla aquí arriba, me había dicho.
Pero abajo, delante de todos, sigues siendo la Salcedo que no quiere que la vean.
Tenía razón. La había tenido siempre. Y de pronto lo privado, lo de la cama, lo de a oscuras, me pareció una cobardía más, la última casa de media pared que me quedaba por tirar.
Don Prudencio iba a bajar del estrado. Y yo, que no sé de dónde saqué el valor, que llevo toda la vida contestando con una cifra para no contestar con lo que siento, subí los tres escalones del estrado y le pedí el micrófono.
— Un momento, don Prudencio. Que quiero decir una cosa.
Se hizo un silencio raro en la plaza. Un silencio de qué va a decir la Salcedo.
Vi a Tere quedarse quieta con la jarra en la mano.
Vi a Satur, al fondo, apoyado en la fachada, cruzarse de brazos.
Vi a mi madre, que había bajado a las fiestas, de pie junto a la fuente, mirándome con una cara que no le conocía.
Y vi a Candela levantar la cabeza detrás de las tablas, alarmada, sin saber qué iba a hacer yo.
Cogí aire. El micrófono me devolvió mi propia respiración, amplificada, delante de todo el pueblo.
— Muchos me conocéis de cría — dije, y me temblaba la voz, y por una vez no la disfracé—.
Y sabéis que me fui. Y sabéis que volví, en octubre, a enterrar a mi abuela y a vender la casa y a marcharme cuanto antes.
Eso también lo sabéis, que en este pueblo se sabe todo.
— Alguna risa floja. Tere no se rió—. Pues bueno.
Ya no vendo. La Confitería Salcedo no está en venta.
Ni este año ni nunca. Se queda. Y yo me quedo con ella.
Un murmullo. Algún aplauso suelto que no cuajó, porque la gente notaba que yo no había terminado.
— Y hay otra cosa que quiero decir aquí, delante de todos, porque me lo han pedido y porque es de justicia.
— Busqué a Candela con los ojos, la encontré detrás de las tablas, blanca como la harina—.
Este roscón que os estáis comiendo no lo he hecho yo.
Yo sé de básculas y de grados. Pero el roscón de Amparo, el de verdad, el que se hace a ojo hasta que huele a domingo, ese lo sabe una sola persona en este pueblo. Y no soy yo. Es Candela.
La plaza entera se giró hacia ella. Trescientas caras. Y Candela se quedó clavada detrás de la mesa, con el cucharón en la mano, roja, expuesta, vista.
— Candela Morán llegó aquí hace cuatro años — seguí, y ya no me temblaba la voz, ya no—.
Y lleva cuatro años diciendo que está de paso.
Cuatro años con la bolsa medio hecha en el armario, no me digáis que no lo sabíais, que la conocéis mejor que yo.
— Bajé del estrado, con el micrófono, cruzando la plaza hacia ella, y la gente se abría a mi paso—.
Pues se acabó lo de paso. Esta mujer es de aquí más que yo.
Es de aquí más que nadie. Amparo la eligió, y este pueblo la quiere, y yo...
— Me planté delante de ella, a un metro, con el micrófono todavía en la mano y todo Valdesalce mirando—.
Yo la quiero, Candela. Delante de todos.
A plena luz. Sin puertas cerradas. Te quiero, y quiero que te quedes, y quiero quedarme contigo, y me da igual quién nos mire.
Candela soltó el cucharón. Le caían las lágrimas y no se las limpiaba.
— Marina...
— Déjame terminar, que esto me está costando la vida.
— Solté una risa mojada, y la plaza soltó otra, con nosotras—.
Tú me dijiste una vez que Amparo decía que hay quien se queda porque no puede irse y quien se queda porque quiere.
Y que yo aún no sabía cuál era. — Me acerqué otro paso—.
Ya lo sé. Podía irme, Candela. Tenía el comprador, tenía a Nerea, tenía Madrid, tenía la salida hecha, doblada en el cajón.
Podía irme perfectamente. Y me quedo. Elijo quedarme.
Contigo, en esta casa, en este pueblo que me miraba y al que yo tenía miedo.
Soy de las que se quedan porque quieren.
Me ha costado treinta y cuatro años y una abuela muerta enseñármelo, pero ya lo sé.
No hubo música de violines. Hubo una plaza de pueblo en agosto, con olor a roscón y a pólvora de los cohetes, y una mujer llorando delante de mí con un delantal manchado, y trescientas personas conteniendo la respiración, y mi madre junto a la fuente con la mano en la boca, y Satur apartando la vista para que no le vieran, y Tere, la primera que lo supo, la que lo vio antes que nosotras, secando un vaso que no existía con el trapo del hombro para tener las manos ocupadas.
Miré a mi madre un segundo, junto a la fuente.
Esperaba encontrarme su cara de siempre, la del rencor, la del tú vales para más.
Y no estaba. Estaba otra, una que no le había visto nunca, con la mano en la boca y los ojos húmedos, mirándome como se mira algo que a una le habría gustado atreverse a tener.
No dijo nada. No hizo falta. Por una vez las dos entendíamos lo mismo sin discutirlo: que quedarse porque quieres no es la condena que ella creyó toda su vida.
Que a lo mejor la condena era irse creyendo que no te quedaba más remedio.
Candela me agarró de la cara con las dos manos enharinadas, las manos rápidas que se queman y no se cuidan, y me besó.
Me besó delante del pueblo entero, a plena luz, el día de la Virgen del Salce, y la plaza estalló, y esta vez el aplauso sí cuajó, cuajó del todo, con silbidos de Lito y algún viva que soltó no sé quién, y yo, que me pasé la vida entera queriendo que no me vieran, dejé por fin que me vieran querer a alguien, y no me morí.
Al revés. Fue lo más vivo que he estado nunca.
Cuando nos separamos, con las frentes juntas y el pueblo todavía aplaudiendo, Candela me susurró, solo para mí, entre las risas y los silbidos:
— Espérame aquí. No te muevas. Que tengo que hacer una cosa.
Y se soltó, y cruzó la plaza corriendo, entre la gente que le daba palmadas en la espalda y le decía cosas, y se metió en el portal de la Confitería Salcedo, y subió las escaleras, y yo me quedé en mitad de la plaza sin entender nada, con el micrófono todavía en la mano, hasta que Tere me lo quitó y me dijo, seca como siempre, con los ojos brillantes:
— Anda, dame eso, boba. — Y luego, más bajo—: Ha ido a por la bolsa.
Candela tardó un cuarto de hora. Cuando volvió a bajar a la plaza, cruzándola despacio esta vez, traía en las manos la bolsa de viaje.
La de siempre. La de lona gris. La que llevaba cuatro años medio hecha en el armario, la que se llevó a casa de Tere hecha entera, la que no había deshecho del todo en veintinueve años de mudanzas y billetes de ida.
Estaba vacía. Abierta. Sin nada dentro.
La había deshecho. Del todo. Arriba, en el cuarto, mientras el pueblo aún aplaudía, había sacado los jerséis y el neceser y el lápiz que no usa y lo había guardado todo en el armario, en su sitio, para quedarse, y había bajado con la bolsa vacía a la plaza para que yo lo viera, para que lo viera todo el mundo.
Me la puso en las manos, la bolsa vacía.
— Ya no la necesito — dijo—. Guárdamela tú, si quieres.
O tírala. Me da igual. — Se encogió de hombros, con esa sonrisa suya que ya no mentía—.
Yo me quedo, Marina. Deshecha del todo. Sin salida.
Como una gilipollas. Como la única de este pueblo que ha deshecho la maleta. — Me cogió la cara otra vez—. Contigo.
Y allí, en mitad de la plaza del Olmo, con una bolsa de viaje vacía entre las dos y todo Valdesalce de testigo, las dos que nos pasamos la vida guardando salidas nos quedamos, por fin, sin ninguna.