El azúcar y la sal Capítulo 22
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Capítulo 22

En casa de Tere hay un reloj de cuco al que se le rompió el pájaro hace veinte años.

Da la hora con un chasquido seco, sin cantar, y esos primeros días yo lo oía desde el sofá cama del cuarto de arriba, encima del bar, y pensaba que un reloj sin cuco es lo más honesto del mundo.

Marca el tiempo y no promete nada. No te engaña con el pajarito que sale a decirte que todo va bien.

Yo debería haber sido siempre un reloj así.

Tere me abrió la puerta la primera noche sin preguntarme nada.

Me señaló el cuarto con la barbilla, dijo que las sábanas estaban limpias y que al grifo del baño había que darle maña, y bajó a cerrar el bar.

Subió luego con dos platos de sopa de ajo y una tortilla partida por la mitad, y cenamos delante de la tele apagada, sin hablar. Cuando terminé, recogió los platos.

— Aquí te quedas los días que haga falta — dijo, secando un vaso que ya estaba seco—. Y no me cuentes nada, que yo de líos ajenos no quiero saber. A mí no me metas.

Se metió hasta el fondo, claro. Tere se mete siempre.

Pero lo hace por la puerta de atrás, sin pedirte que hables, dejándote un café al lado del codo por las mañanas y no cobrándotelo, y en cuatro años yo había aprendido que ese café sin cobrar era la manera que tenía Tere de decir lo que no decía.

Aquella mujer se enteraba de todo el pueblo antes que nadie y lo repartía con la excusa de que a ella qué le iba, pero cuando de verdad se rompía algo, cerraba la boca y abría la casa.

La bolsa la dejé en un rincón del cuarto, hecha.

Entera. Por primera vez en cuatro años no la deshice ni a medias.

No saqué los jerséis, no colgué nada, no puse el neceser en el baño.

La dejé cerrada, con la cremallera echada, en el suelo, junto a la pared, y cada vez que la miraba me decía a mí misma que así estaba bien, que así era como tenía que estar, que las maletas deshechas solo sirven para que duela más el volver a hacerlas.

Porque yo ya lo sabía. Lo había sabido siempre. Se me quiere mientras hago falta.

Me lo repetí esos días como se reza un rosario.

En el obrador hacía falta, y me quisieron.

Amparo me necesitaba. Me quiso. Me hizo de la casa.

Y luego se murió, y en cuanto dejé de hacer falta, en cuanto llegó la de sangre con sus básculas, resultó que yo era prescindible.

Un mueble más del inventario. Algo que se vende con el edificio.

La mentira encajaba tan bien que casi daba gusto.

Todo cuadraba otra vez. Marina no era distinta.

Nadie lo es. Yo era la de paso, siempre lo había sido, siempre lo sería.

Cuatro años haciéndome la tonta, jugando a las casitas en una casa prestada, con un jersey de Amparo por los hombros para engañarme, como si un jersey te hiciera de un sitio.

Me acordaba mucho de Amparo esos días, y acordarme me hacía daño.

Del primer invierno, cuando entré a pedir trabajo de temporada con la bolsa al hombro y ella me miró de arriba abajo por encima del mostrador y me preguntó si sabía madrugar.

Le dije que sabía irme, que era lo único que se me daba bien.

Y Amparo se rió, con esa risa suya de lija, y me contestó: pues aquí vas a aprender lo contrario, criatura.

Toma un mandil. Me dio un mandil, un cuarto caliente y cuatro años de ser de un sitio.

Y luego se murió amasando a las cinco de la mañana y me dejó otra vez a la intemperie.

Eso rumiaba yo en el cuarto de Tere. Que Amparo también se había ido.

Que al final se van todos, hasta los que te eligen.

Que lo más seguro es no dejar que nadie te elija, porque el que te elige un día se muere, o firma un contrato, o coge la carretera, y te deja peor que antes, porque antes no sabías lo que se siente teniendo un sitio, y ahora sí.

Lo peor de tocar fondo es que ahí abajo hay una especie de calma.

Una calma fea, de rendición, pero calma.

Cuando das por perdido lo que querías, deja de dolerte que se caiga, porque ya lo has soltado tú antes.

Es el único truco que sé. Irme primero. Soltar antes de que me suelten. Al menos así el último gesto es mío.

Esos días bajé al bar a echar una mano, que no sé estar quieta.

Puse cafés, fregué vasos, aguanté las miradas de reojo de las señoras del dominó, que sabían, claro que sabían, en Valdesalce lo saben todo, y ninguna me dijo nada porque a nadie le dice nada Tere si Tere no da permiso.

Vino Lito una tarde, con la bici, y se quedó plantado en la puerta del bar mirándose las zapatillas.

— Candela — dijo—. ¿Vuelves al obrador? Es que... la señora Marina no saca las magdalenas iguales. Y el horno hace un ruido. Y... no sé. Voy y vengo.

— No sé, Lito — le dije, y le revolví el pelo para no llorar—. A lo mejor no. A lo mejor tú tienes que aprender a hacer las magdalenas para cuando yo no esté.

Se puso colorado, se le humedecieron los ojos, y se fue en la bici pedaleando de pie sin despedirse, y yo me metí en la cocina del bar a fregar cazuelas para que Tere no me viera la cara.

Marina vino dos veces. La primera me la crucé al salir del portal y ella venía calle arriba, y las dos nos paramos en seco en mitad de la calle del Horno, a tres metros, sin saber qué hacer con las manos.

Tenía mala cara. Ojeras. El pelo sin recoger, que en Marina es señal de derrumbe, porque Marina se recoge el pelo tirante como quien se cierra una puerta y llevarlo suelto es tener las puertas abiertas de par en par sin querer.

— Candela — dijo—. He roto el contrato. Lo he tirado. No voy a...

— No me lo cuentes en la calle, Marina.

— ¿Entonces dónde te lo cuento? No me dejas subir, no me coges el teléfono...

— No hay nada que contar. — Me temblaban las manos y las escondí en los bolsillos—.

Has roto un contrato. Vale. ¿Y el de dentro de un mes?

¿Y la próxima vez que tu madre llame y te diga tú vales para más?

¿Y el día que Nerea vuelva a aparecer con otro sobre?

No es el contrato, Marina. Es que tú siempre vas a tener una maleta hecha por dentro.

Como mi madre. Y yo no puedo vivir esperando a ver qué día la coges.

Se le llenaron los ojos. Abrió la boca. Y yo no me quedé a oír lo que iba a decir, porque si me quedaba a oírlo me la creía, y ya me la había creído demasiadas veces.

Pasé por su lado y entré en el portal de Tere y subí las escaleras de dos en dos y me senté en el sofá cama al lado de la bolsa hecha, temblando, y me repetí el rosario.

Se me quiere mientras hago falta. Se me quiere mientras hago falta.

La segunda vez que vino fue de noche, tarde, y llamó al timbre del bar, y Tere bajó en bata, le abrió, hablaron algo que no oí y Tere subió sola.

— Que dice que te dejes de tonterías y que subas a hablar con ella — me dijo Tere desde la puerta del cuarto—. Que ha roto el contrato de verdad, que se lo ha dicho a su madre, que no vende. — Se cruzó de brazos—. Yo te lo transmito y ya está. A mí no me metas.

— ¿Tú te la crees? — le pregunté.

Tere se quedó callada un rato, apoyada en el marco de la puerta, con su bata de flores y sus zapatillas de andar por casa, y por una vez no soltó una de las suyas.

— Yo me creo lo que veo — dijo al final—.

Y llevo cincuenta y cinco años viendo a esta gente.

— Descruzó los brazos—. Esa mujer ha venido dos veces con una cara que no se la deseo a nadie.

La gente que finge no pone esa cara, Candela.

La gente que finge duerme de un tirón. — Se dio la vuelta para irse a la cama—.

Pero yo qué sé. Tú sabrás. Duérmete, anda.

Yo qué sé. Tú sabrás.

No dormí. Me pasé la noche mirando el techo del cuarto de Tere, oyendo el reloj sin cuco marcar las horas una a una, y por dentro se me peleaban dos voces.

La de Tere, esa cara no la pone quien finge.

Y la mía, la vieja, la de siempre, la de mi madre poniendo la radio alta en el coche.

Márchate tú primero, Candela. Es lo único que controlas. Que el último gesto sea tuyo.

Y a las cinco de la mañana, esa hora en que el pueblo no respira, la misma hora a la que se murió Amparo amasando, la voz vieja ganó. Como gana siempre. Porque lleva ganando desde que yo tenía seis años.

Me levanté. Me vestí a oscuras. Cogí la bolsa, que estaba hecha, entera, lista, como llevaba estando toda mi vida.

Bajé las escaleras del bar sin encender la luz, dejé una nota en la barra para Tere, gracias por todo, cuídate, ya te escribiré, la clase de nota que dejan los que no piensan escribir, y salí a la calle del Horno con la bolsa al hombro y el frío de la sierra metiéndose por el cuello.

El primer autobús salía a las siete y veinte de la plaza del Olmo. Me sobraba tiempo. Y me quedaba una cosa por hacer.

Fui hasta la Confitería Salcedo. La fachada de azulejo azul desvaído, el mostrador de mármol que se veía por el cristal, oscuro, dormido.

Cincuenta años dando de comer al pueblo.

La casa que me hizo de aquí, la única, la de Amparo, la que llevaba cuatro años siendo lo más parecido a un hogar que había tenido nunca.

Saqué la llave del bolsillo. La llave que Amparo me dio el primer invierno, cuando me dijo toma, que esta ya es tu casa también, la que llevaba cuatro años calentándome en el bolsillo como una brasa pequeña.

Abrí. Entré. No encendí la luz. Olía a levadura fría y a azahar, olía a todos los amaneceres de mi vida adulta.

Me acerqué al mostrador de mármol, el mismo donde encontraron a Amparo con las manos en la masa, el mismo donde Adrián Losa había puesto sus renders de apartamentos con encanto sin enterarse de lo que pisaba.

Dejé la llave sobre el mármol. Sonó un clic pequeño, metal contra piedra, el sonido más definitivo que he oído nunca.

Y me fui, sin mirar atrás, porque si miraba atrás no me iba, y a la parada del autobús, con la bolsa entera al hombro y toda mi vida de aquí quedándose a oscuras a mi espalda.