Un ahogado en el Ebro con agua salada en los pulmones. En Aragón no hay mar.
Sábado, 10 de octubre. Un pescador de setenta y dos años encuentra un cuerpo entre las eneas del galacho de La Alfranca, a las puertas de Zaragoza. El muerto es Elías Monterde, historiador, cuarenta y un años, y llevaba meses buscando una fosa en los Monegros.
La inspectora Nadia Bergua, del Grupo de Homicidios de Zaragoza, tiene un cadáver sin cartera, un ordenador borrado a distancia y una caja de archivo vacía con una sola palabra escrita a mano: Valdealjez.
Y tiene algo que no encaja: el agua que el muerto respiró es sesenta veces más salada que el Ebro.
Para entenderlo necesita a Íñigo Casamayor, hidrogeólogo, cuarenta y dos años, el hombre que conoce las saladas de Bujaraloz una por una: lagunas sin salida al mar donde el agua entra, se evapora y lo deja todo apuntado.
Lo que empieza como una colaboración incómoda entre dos adultos escaldados acabará siendo lo único cálido de un otoño de cierzo.
Porque debajo de aquella cantera de alabastro abandonada hay una sima tapada con hormigón de 1944.
Y en el fondo de esa sima hay catorce hombres de la colonia penitenciaria de Belchite que, según el parte oficial, murieron en un hundimiento que nunca existió.
Y una chica de veintitrés años que en 1996 bajó a fotografiarlo.
Y, encima de todo, un parque solar de doscientos ochenta millones de euros cuya única escritura de propiedad es un papel falsificado.
Tres muertes, tres épocas, un solo agujero y una sola idea repetida durante ochenta años: que ese agujero no se abra.
Sal amarga es una novela negra de investigación minuciosa y paisaje enorme: el cierzo, las ruinas de Belchite, las lagunas rosadas de los Monegros, el alabastro que se enciende a contraluz y las grullas de Gallocanta.
Una historia sobre lo que el agua se lleva y sobre lo que se queda, para lectores de Dolores Redondo, Víctor del Árbol y Eva García Sáenz de Urturi.






