CAPÍTULO 165
Aurelio Ibort salió en libertad condicional en enero y volvió a Bujaraloz, que era lo que más miedo le daba.
El primer domingo entró en el bar de Casa Longás y se hizo un silencio de cuatro segundos.
Después, un hombre de la barra, jubilado, nieto de un preso de la colonia, le puso un vaso delante y se lo llenó.
—Tú hablaste —le dijo.
—Tarde.
—Tarde, pero hablaste. —Chocó el vaso—. Aquí, en ochenta años, no ha hablado nadie.