Llegó como enemiga. La reclamaron como suya.

A Isobel se la entregaron de niña a la casa enemiga y la criaron para una sola cosa: odiar a los lobos del norte y servir el día que hiciera falta. Le enseñaron a sonreír mientras miente, a contar las salidas de cada cuarto, a esperar quieta en lo oscuro hasta que una mano la suelte sobre la presa. La hicieron un arma con forma de mujer.

Veinte años después llega el día. La mandan de vuelta a la fortaleza de Clan MacFhaoláin —una roca batida por el mar que ninguna marea ha sabido tomar— con una misión sencilla de decir e imposible de cumplir: ganarse a sus dueños, encontrar la única debilidad de aquella puerta y abrirla desde dentro.

Pero Lachlan, el lobo al que ha venido a destruir, la reconoció antes de que ella supiera siquiera su propio nombre. Y entre los muros que debería estar entregando, Isobel empieza a tropezar con lo único que no le enseñaron a fingir: un sitio donde no tiene que mentir, una vieja canción que creía no recordar, un hombre que la mira como si supiera quién es por debajo del arma.

Cuando descubra de dónde sale de verdad —y el precio de sangre que una costumbre muy antigua lleva veinte años esperando cobrarse—, ya será tarde para no haber elegido. Porque hay traiciones que no se deshacen. Y hay deudas que el mar no perdona.

Tendrá que decidir entre la casa que la convirtió en arma y la manada que ha empezado a llamarla por su nombre verdadero. Sabiendo que, elija lo que elija, alguien va a pagarlo.

Romance histórico épico de las Tierras Altas: amor, guerra entre clanes y un juramento que se paga con un hijo de la cuna.

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