Extraña entre los lobos
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Prólogo · Las dos cunas
Veinte años antes
Mór era joven el año en que el norte estuvo a punto de devorarse a sí mismo.
Lo recordaría siempre por el olor, que es como recuerdan las cosas los que han visto demasiadas: a humo mojado, a hierro, a la dulzura mala que echan los cuerpos cuando llevan días al raso.
Lobos y Sorne llevaban una generación matándose por una afrenta que ya casi nadie recordaba bien, y aquel último verano habían dejado de pelear como pelean los hombres para pelear como pelean las bestias acorraladas: sin cuartel, sin honra, sin parar.
Mór había caminado por lo que quedó de una aldea de la costa y había contado lo que no se cuenta.
No quedaba botín que repartir. No quedaba ya casi nada que romper.
Cuando dos pueblos llegan a ese punto, solo les quedan dos caminos: desaparecer del todo, o pagar un precio tan monstruoso que ninguno se atreva a romperlo nunca más.
Eligieron el precio.
A Mór, que era la bandruidh, le tocó ponerle palabras.
* * *
El trato se selló en el vado, una noche de luna nueva, que es la luna que eligen los hombres para lo que no quieren que vean ni las estrellas.
Llegaron las dos comitivas a la vez, cada una por su orilla, calladas, contándose con los ojos a través del agua negra.
Por los lobos venía el joven Domhnall, que aún no era el laird cansado en que lo convertirían los años, con la fíbula del clan al hombro —el oro viejo, la piedra roja, lo único que brillaba en toda aquella oscuridad—.
Por los Sorne venía Reynold, delgado y quieto, con esa cara de no enseñar nunca lo que piensa que Mór aprendería a conocer demasiado bien.
Entre los dos cabían cien años de odio y los muertos de un verano entero.
Y cada uno traía un bulto pequeño en brazos.
No lloraban, las criaturas. Eso fue lo que más se le quedó a Mór de aquella noche, más que el frío del agua o el peso de las palabras que tuvo que decir: que ninguna de las dos lloraba.
Como si supieran, con esa sabiduría que tienen los muy pequeños antes de que el mundo se la quite, que llorar no iba a servirles de nada allí.
El intercambio fue rápido. Tenía que serlo; estas cosas, cuanto menos se piensan, mejor salen.
En mitad del vado, con el agua por las rodillas, los lobos le entregaron a los Sorne lo suyo y los Sorne le entregaron a los lobos lo suyo, dos cunas cruzándose en la corriente, dos vidas pasando de unas manos enemigas a otras para sellar una paz que no era paz, solo una tregua con forma de niño.
Así de sencillo. Así de monstruoso. Dos clanes que no habían sido capaces de dejar de matarse por nada se detenían, al fin, por esto: porque cada uno tendría en su poder a un hijo del otro, y ningún padre rompe una tregua si la rotura se la cobran en la cuna.
Cuando los dos bultos estuvieron cada uno en su orilla equivocada, le tocó a Mór.
Levantó la voz sobre el rumor del agua, y la voz le salió firme, porque para eso la habían criado, para sostener sin temblar las palabras que nadie más se atreve a pronunciar.
—Queda sellado —dijo—. Sangre por sangre, cuna por cuna, mientras dure la palabra dada.
Y oídme bien todos, lobos y Sorne, que esto no lo digo yo, lo dice una ley más vieja que vuestros nombres: lo que se rompe por traición se paga con un hijo de la cuna.
El que falte a esto, que no llore después por lo que el precio venga a llevarse. Está dicho. Está oído. Está hecho.
Nadie contestó. No hacía falta. Las dos orillas se dieron la espalda en la oscuridad y empezaron a deshacerse, cada una con su tregua viva en brazos, dejando el vado vacío y la luna nueva sin nada que alumbrar.
* * *
Mór se quedó la última, como se quedan siempre los que tienen que cargar con lo que han dicho.
Vio alejarse hacia el sur a la comitiva de los Sorne.
Y vio, en los brazos de Reynold, el último bulto que cruzó aquella noche: una niña, una cría loba de pelo claro, casi rubio a la luz que no había, que se iba con el enemigo a una tierra que no era la suya, con un nombre que aún era el verdadero y que pronto dejaría de serlo.
La niña no lloró tampoco. Volvió la cabeza, ya en brazos del que se la llevaba, y por un instante —Mór se lo inventaría mil veces después, seguramente, porque una cría de pecho no hace esas cosas— le pareció que aquellos ojos diminutos buscaban atrás, hacia la orilla de la que la arrancaban, como si preguntaran algo que nadie iba a contestarle.
Mór la sostuvo con la mirada hasta que la oscuridad la borró del todo.
Y pensó, con el frío del vado subiéndole por las piernas y la palabra recién dicha pesándole ya en la boca como una piedra: ¿qué será de esa niña?
No lo sabía. No podía saberlo. Las que ven el futuro lo ven siempre demasiado tarde, o demasiado pronto, nunca a tiempo de cambiar nada.
Pero algo, esa noche, le dijo a la joven Mór que el precio que acababa de pronunciar no se había terminado de pagar.
Que las deudas escritas con sangre de cuna tienen mala memoria para olvidar y muy buena para volver.
Y que aquella niña rubia que se perdía hacia el sur, en brazos del enemigo, no había hecho más que empezar a deberle algo al agua negra de la que la sacaban.
Tardaría veinte años en averiguar cuánto.