1 · La jaula dorada
El halcón llevaba toda la mañana a oscuras y no se quejaba.
Isobel le pasó la yema del pulgar por el pecho, a contrapelo, y el ave aguantó en el guante sin un temblor, ciega bajo el capirote de cuero, a la espera de una orden que ella todavía no tenía permiso para darle.
Le tendió el cebo. El pico encontró la carne antes que la vista, porque no había vista; la rasgó dos veces, limpio, y un hilo rojo le quedó colgando como un lazo mal puesto.
—Le das demasiado —dijo Reynold desde la puerta.
—Le doy lo justo.
—Le das lo justo y un poco más, que es como das tú las cosas. —Cruzó el aposento sin prisa, con esa manera suya de ocupar una habitación sin levantar la voz, y se detuvo a un palmo del posadero—. Un halcón gordo no vuela. Un halcón con hambre, sí.
—Este vuelve igual.
—Eso lo dices porque te quiere. —Le rozó el cuello al ave con el dorso de un dedo, y el ave inclinó la cabeza hacia él como hacia ella—. No te fíes del cariño de las cosas que pueden marcharse volando.
Isobel le quitó el guante y se lo entregó.
Lo había aprendido de él, todo: cómo se calza el capirote para que no apriete, cómo se anudan las pihuelas, cómo se conoce por el peso de un cascabel si el ave está lista o solo nerviosa.
Tenía nueve años la primera vez que un halcón le abrió el dorso de la mano de un picotazo y Reynold, en vez de retirárselo, le sujetó la muñeca y la obligó a no soltarlo.
«No grites. Si gritas, aprende que gritas, y entonces ya nunca es tuyo.»
No había gritado. No desde entonces.
—¿Lo suelto hoy? —preguntó.
—Hoy no. —Reynold miró por el ventanuco, hacia el patio, donde algo empezaba a moverse: cascos, voces, el chirrido del rastrillo subiendo—. Hoy tenemos visita, y la visita no ha venido a ver halcones.
—¿Quién?
—Un hombre del rey. —Lo dijo igual que se anuncia la lluvia: sin alarma y sin alegría—. Ponte el vestido bueno y baja al salón. Y no abras la boca a menos que te pregunte yo.
—Nunca la abro.
—Ya. —Le tomó la barbilla un instante, con dos dedos, y la soltó—. Esa es mi niña.
Lo siguió con la mirada hasta que desapareció escaleras abajo. En el posadero, el halcón se había quedado quieto otra vez, ciego y paciente, esperando el momento en que alguien decidiera por él que ya tocaba ver.
* * *
El salón de Sorne no era el salón de los lobos del norte, y de eso vivía Reynold: de que se notara.
Aquí había piedra labrada y no troncos; tapices flamencos en los muros y no pieles; copas de plata, vino traído de muy lejos, un capellán que rezaba en latín a una hora fija.
Su padre —porque así lo llamaba ella, padre, aunque no lo fuera de sangre— había construido aquel orden piedra a piedra para que un día un hombre del rey cruzara la puerta y entendiera, sin que nadie se lo dijera, que los Sorne ya no eran un clan más de las montañas. Eran gente con quien se podía hablar.
El hombre del rey cruzó la puerta.
Era alto, enjuto, vestido de un negro caro que no llamaba la atención hasta que uno se daba cuenta de lo que costaba teñir así.
No miró los tapices. Miró la sala entera de una vez, como se mira un tablero, y a Isobel —de pie junto a la chimenea, con el vestido bueno y las manos quietas— la incluyó en el tablero sin detenerse en ella más de lo que se detiene uno en una pieza que aún no le toca mover.
—Sir Hugo de Bréos —anunció el senescal—, justicia del rey.
—Lord Sorne. —Hugo inclinó apenas la cabeza—. Me han hablado de vuestra hospitalidad de aquí al Forth. Veo que se quedaban cortos.
—Os han mentido por exceso. —Reynold le indicó la silla junto al fuego, la buena—. Sentaos. Lleváis tres días de camino en la cara.
—Cuatro. —Hugo se sentó, aceptó la copa, no bebió—. El rey ha empezado a mirar al norte, Lord Sorne.
—El rey siempre ha mirado al norte. Es lo bueno de ser rey, que uno mira donde quiere.
—Antes lo miraba como se mira un mal tiempo.
Ahora lo mira como se mira un campo. —Hugo dejó la copa intacta sobre el brazo de la silla—.
Hay tierras allá arriba que no rinden cuentas a nadie.
Que no pagan, que no juran, que se gobiernan solas desde antes de que hubiera reyes a quien no jurar.
Eso a un rey joven le sienta como una piedra en la bota.
—Tierras de lobos —dijo Reynold.
—Lobos. —Hugo dejó que la palabra se quedara un momento en el aire, como si la sopesara—.
Sí. Eso me han dicho que se llaman a sí mismos.
Los MacFhaoláin. —Pronunció el nombre extranjero con cuidado, sin acabar de pronunciarlo bien—.
Inexpugnables, dicen. Un nido en la roca al que solo se llega cuando el mar lo permite.
Una de esas cosas que la gente cuenta junto al fuego hasta que se las cree.
—Yo me las creo —dijo Reynold—. He visto el sitio.
—Por eso he venido a vos y no a otro. —Por primera vez, Hugo bebió: un sorbo corto, mirándolo por encima del borde—. Los lobos también se cazan, Lord Sorne. Lo que pasa es que hay que cazarlos con paciencia, y con alguien que conozca el bosque.
—Conocer el bosque no basta —dijo Reynold—. A un nido en la roca no se entra por fuera. Se ha intentado. Se han dejado los huesos en el intento.
—Por fuera, no. —Hugo asintió despacio, como ante un alumno que por fin dice lo que se espera de él—. Una puerta no se derriba si hay alguien dentro dispuesto a abrirla.
—Dentro de los lobos no hay nadie que no sea lobo. Esa es la gracia. No dejan entrar.
—Dejan entrar cuando creen que ganan algo. —Hugo dejó la copa—. Y los que se tienen por los más listos del bosque siempre creen que ganan algo.
Reynold no contestó a eso. Le hizo una seña al senescal para que avivara el fuego, y en el silencio el chasquido de la leña sonó más fuerte de lo que era.
Fue entonces cuando Hugo volvió la cabeza hacia la chimenea. Hacia ella.
—¿Y la doncella?
—Mi pupila.
—Vuestra pupila. —Lo repitió sin matiz, y aun así el matiz estaba—. Tiene el pelo del norte.
—Tiene el pelo que tiene.
—Y los ojos. —Hugo la estudió ahora sí, despacio, de arriba abajo, como había estudiado los tapices que no había mirado—. No es de aquí, esta.
—Es de aquí desde que tenía días de vida.
—Eso no es lo mismo que ser de aquí. —Sonrió, y la sonrisa no le llegó más arriba de la boca—. ¿Cómo te llamas, muchacha?
Reynold habló antes de que ella pudiera.
—Se llama Isobel.
—Le he preguntado a ella.
El fuego restalló. Isobel sostuvo la mirada de aquel hombre el tiempo justo que la cortesía permitía y ni un latido más, porque lo otro que Reynold le había enseñado, además de los halcones, era a no dejar que nadie supiera qué pensaba mientras lo pensaba.
—Isobel, mi señor —dijo—. Como ha dicho mi padre.
—Tu padre. —Hugo volvió a Reynold sin borrar la sonrisa—. Qué afortunada.
Y ahí lo dejó. No volvió a dirigirle la palabra ni a mirarla; la apartó del tablero igual que la había metido, sin avisar.
Pero algo había quedado dicho en aquel rincón del salón sin que ella supiera el qué, una frase entera pronunciada por encima de su cabeza en una lengua que conocía sin entender, y se quedó allí de pie junto a las brasas mientras los dos hombres bajaban la voz y se inclinaban el uno hacia el otro, hablando de tierras y de lobos y de paciencia, dándole la espalda como se le da la espalda a un mueble bueno.
En toda su vida no había visto un lobo. Había nacido, le habían dicho, en algún sitio del norte que no recordaba porque no había nada que recordar, y de allí la habían traído de pecho a esta casa de piedra que era la única que conocía.
Hablaba como se hablaba aquí. Rezaba como se rezaba aquí.
Y, sin embargo, le bastaba que entrara un desconocido por la puerta para que lo primero que viera en ella fuese el norte.
No de aquí. No de allá. De Reynold. Eso era lo único que sí sabía de sí misma con certeza.
* * *
Crisdean la esperaba al pie de la escalera del salón, medio tapado por la sombra del arco. Había heredado de Reynold la costumbre de estar en los sitios antes de que se notara.
—Te ha mirado como se mira un caballo antes de comprarlo —dijo.
—Me ha mirado como mira a todo el mundo.
—No. A todo el mundo lo mira por encima. A ti te ha mirado por dentro. —Salió de la sombra—. ¿Qué quería el cuervo?
—Hablar de lobos con tu padre.
—Nuestro padre.
—Tu padre. —No lo dijo con acritud. Era un juego viejo entre los dos, la única raya que él se empeñaba en borrar y ella en volver a pintar—. A mí no me hereda nada y lo sabes.
—Hereda quien él quiera. —Le tiró de la punta de la trenza, como a los diez años, y la soltó—. Ándate con ojo con el del rey. Quien cabalga cuatro días por una conversación no viene a conversar.
—Eso mismo he pensado.
—Pues por una vez piénsalo más bajo. —Y se marchó silbándole al perro, con esa ligereza suya que nunca acababa de creerse del todo.
* * *
Lo encontró después en lo alto de la torre, donde solía retirarse a darle vueltas a las cosas a solas.
—¿Quién es? —preguntó ella desde el último peldaño.
—Ya lo has visto. Un hombre del rey.
—Un hombre del rey que ha venido cuatro días a caballo para hablar de un nido en una roca.
Reynold se rió por lo bajo, sin volverse. Estaba apoyado en el alféizar, mirando hacia donde se ponía el sol, allí donde la tierra buena se acababa y empezaba lo otro, las montañas azules amontonadas como una promesa o como una amenaza, según el día.
—Eres demasiado lista para esta casa —dijo—. Siempre lo has sido. Es un defecto que te perdono porque me lo enseñé yo.
—No me has contestado.
—No. —Se apartó del alféizar y por fin la miró, y en su cara había algo que ella no le había visto poner nunca para nadie más: una especie de cansancio tierno, como el de quien lleva mucho tiempo cargando una cosa frágil y empieza a notar el peso—. Ven aquí.
Fue. Él le puso una mano en la nuca, como hacía con el halcón, y la dejó ahí, caliente, un momento más largo de lo que duran esas cosas.
—Te he criado bien —dijo—. Mejor que a un hijo. ¿Lo sabes?
—Lo sé.
—Y todo lo que te he enseñado ha sido para algo. Hasta lo de los halcones. Sobre todo lo de los halcones.
—¿Para qué?
Reynold le soltó la nuca. Miró otra vez hacia el norte, hacia las montañas que se tragaban la última luz, y cuando habló lo hizo despacio, eligiendo, como quien quita el capirote a un ave y aún no está seguro de hacia dónde la va a lanzar.
—Un halcón no se posee, niña. Eso te lo dije esta mañana y no me escuchabas. Se presta. Le quitas el capirote, lo sueltas al viento, y rezas por haber hecho bien tu parte para que vuelva. —Se quedó callado un instante—. Mañana hablaremos tú y yo. A solas. Hay algo que necesito de ti.
—Me lo puedes decir ahora.
—Ahora no. —Le dio la espalda, devuelto al horizonte, y su voz bajó hasta hacerse casi de otro—. Vete a dormir, Isobel. Mañana tienes un día largo.
Bajó las escaleras a oscuras, palpando la piedra fría, y pensó, sin saber bien por qué le venía justo entonces, en el halcón que había dejado en el posadero.
Ciego bajo el cuero. Quieto. Esperando, con esa paciencia terrible de las cosas amaestradas, a que alguien que lo quería decidiera por él que ya tocaba ver.